El Rioja

El dominio de Diego Magaña, del Bierzo a Rioja sin desprenderse de Navarra

Diego Magaña, en la viña de San Ginés (Laguardia) que marcó su incursión en Rioja. | Fotos: Leire Díez

«Si vamos, vamos con todo». Esta es la filosofía que ha acompañado al tudelano Diego Magaña desde que en 2013 dejó la bodega familiar en Navarra para empezar a cumplir sus sueños. Es enólogo, pero poco a poco va profesionalizándose más para que la calificación de viticultor también le represente. Porque en este oficio nunca se deja de aprender. Lo hizo en la bodega de su padre, pero necesitaba nuevos escenarios, nuevas elaboraciones, nuevos retos y también tocar más la viña. Tras un paso rápido por Burdeos, Borgoña y Argentina, el conocido como el mago del vino lo apadrinó en el Bierzo para revitalizar esta denominación de Origen con apenas 2.400 hectáreas. «En 2014 Raúl Pérez me dijo que tenía que hacer algo aquí y ahí fui».

Al salir de Navarra, donde recuerda esos vinos más musculosos, con madera, llegó a un Bierzo donde los vinos que se buscan son más finos, más frutales. «Era algo totalmente desconocido e iba con miedo al fracaso, a equivocarme, a hacerlo mal». Pero ese miedo cambió conforme iba obteniendo buenos resultados de esos pasos dados. Un miedo convertido en seguridad con el paso de los años y con la suma de proyectos exitosos fuera de su Navarra natal.

Apenas dos años después, en 2016, su sueño de asentarse en Rioja se cumplió gracias a la compra de una viña vieja en el barranco de San Ginés, en Laguardia. «Esta viña la compré por estética dentro de las posibilidades que tenía. Me ofrecieron dos viñas, para sorpresa de muchos que me decían que iba a ser imposible hacerme con tierra en esta zona, pero esta me encantó por la roca, el marco de plantación». En este caso, su ‘padrino’ fue David Sampedro, de Bodegas Bhilar, quien le puso en contacto con un viticultor de la villa amurallada y a raíz de ese momento dio con la parcela. «Todas las demás viñas que he comprado después ha sido ya en base al factor situación y por el sabor de la uva», añade. Su camino por Rioja estaba ya dibujado en su mente, sabía la uva que quería sacar de aquí y los vinos que quería elaborar de ellas. «Yo quería, y necesitaba, acabar en Rioja y lo que he comprado no tiene precio», sentencia. No concreta si este será su último destino porque Saint-Émilion siempre ha estado en su cabeza, pero ahora vive el presente. Y lo hace con una filosofía clara: «La vida no es una empresa y no hay que entenderla únicamente desde ese plano».

Su vendimia en Rioja acabó el 2 de octubre, después de que comenzara a cortar uva un 17 de septiembre, si bien su campaña 2025 empezó a mediados de agosto en Bierzo, prolongándose también durante un par de semanas. Este año, además, ha vuelto a la bodega familiar para encargarse de la gestión y también de la campaña, pero lo de compaginar vendimias en unas regiones y otras está ya perfectamente estructurado en el calendario de Magaña: «El Bierzo siempre es antes, excepto el año pasado que se solapó un poco con Rioja. Pero al final esta zona de Rioja Alavesa, la que está pegada a la sierra, es de las más tardías. Además este año se ha podido esperar aunque al principio parecía que todo venía muy rápido». Y menos mal, porque la elección de la fecha de vendimia, la más importante, es únicamente tarea suya. Aquí no influye el grado alcohólico, la acidez o cualquier otro parámetro que se mida en un laboratorio. Aquí no se decide en base a una receta. «Aquí decido cuándo cortar la uva cuando veo que está en su mejor momento, basándome en su sabor porque este es directamente proporcional a cómo sabrá el vino después, así que tengo que probarla», remarca durante una ruta por territorio de Rioja Alavesa, divisando sus dominios donde ya cuenta con 4,7 hectáreas de viña propias (más la uva que compra para completar sus elaboraciones).

Es precisamente todo lo que queda dentro del perímetro que conforman Laguardia, Páganos y Elvillar lo que más gusta a este enólogo. «Para mí esta zona es mucho más fina para los vinos. También hago un vino de San Vicente, La Canoca, pero me gusta más Laguardia y todo lo que le rodea, este rincón pegado al monte». Pero esa pasión se reparte a partes iguales entre Rioja y Bierzo y  es que pese a que su sueño siempre ha sido ser productor en la DOCa, reconoce que en estos momentos sería muy difícil que abandonase el proyecto en la región leonesa: «A mí el Bierzo me ha dado mucho en cuestión de apertura de mente, me identifico mucho con la uva y me encanta el paisaje. Es una región donde no hay recetas y todo funciona muy al detalle». Son sus inicios en la aventura del vino, pero también su presente.

Aunque son zonas completamente diferentes, Magaña reconoce que sí hay un hilo conductor entre sus vinos de Bierzo y los de Rioja: «Aquí la finura es común a ambos y también hay un concepto común en lo que a buscar el territorio y elaborar por parcelas se refiere y es que esto es clave para conocer mejor una viña en concreto y decidir luego sobre ella cuando llega el momento de elaborar. Tanto de una zona como de otra elaboro unos vinos más cristalinos, más transparentes». Lo dicho, sin recetas, comprendiendo el territorio y también cada añada.

Lo que empezó con unas primeras 2.000 botellas en Bierzo en 2014, ahora ya se ha convertido en unas 18.000 de Dominio de Anza (con Selección de Parcelas y Finca el Rapolao), mientras que en Rioja alcanza ya las 28.000 bajo sus marcas Anza, Anza San Ginés, Anza La Canoca y Anza Carramonte. Reconoce que los vaivenes del mercado son más palpables ahora, cuando los cambios en el consumo también están afectando a la ventas. Un escenario que le ha enseñado que no hay que dar nada por hecho y que de vez en cuando toca reinventarser. «Ahora mismo las puntuaciones de críticos y prescriptores de vino ya no te aseguran las ventas», sentencia el enólogo al referirse a «un impás» en cuanto a la comercialización.

Puesto a cumplir sueños, el año pasado Magaña logró un huevo hito para él: elaborar un blanco. Eligió para ello Rioja y no fue nada mal en su primera incursión con este tipo de vinos: Robert Parker (‘The Wine Advocate’) dio la máxima puntuación a Anza Blanco 2023 (96 puntos), «situándolo a la par que el blanco de Viña Tondonia», recuerda orgulloso. Un reconocimiento que le ha impulsado a seguir en la senda de los blancos (el de este año ya está terminando de fermentar en barrica).

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