El Rioja

El balcón de Sonsierra

Rafa Usoz, enólogo de Bodegas Sonsierra. | Fotos: Leire Díez

Un corto paseo entre pinares es la primera puerta de bienvenida a un balcón sobre la Sonsierra. Ya entonces las rocas y losas aparecen de entre la tierra dibujando una alfombra que conduce hasta este enclave rodeado de árboles que hacen las veces de murralla, así como multitud de hierbas aromáticas como tomillo y lavanda y algún que otro almendro como elemento diferenciador entre tanto pinar. Al frente, imponente el Castillo de Davalillo sobre la cumbre, y a sus pies, en un primer plano, menos de una hectárea de cepas de tempranillo tinto y malvasía creando un puzle que, llegadas estas fechas otoñales y con las primeras heladas de la temporada aún sin aparecer, convierten en un lienzo de rojos, naranjas, amarillos, ocres y verdes intensos este paisaje. Pese a lo inusual que resulta, esta será de las pocas parcelas en todo San Vicente que no está lindando con más cepas. Como si de un refugio protegido se tratara.

El artífice de mantener en pie esta viña en las últimas décadas ha sido José Luis, viticultor de San Vicente que llegado el momento de jubilarse se desprendió de todas sus viñas excepto de esta esta, la más preciada. Son ya trece años los que Sonsierra viene trabajándola para embotellar esta singularidad, aunque el dueño sigue visitándola siempre que puede. Esos dos chozos de piedra o guardaviñas que lucen en la entrada de la viña son obra de José Luis, al igual que esas piedras perfectamente dispuestas para sostener los brazos de madera de unas cepas ya viejas (la viña fue plantada en 1947 y mantiene su disposición al cuadro) que se aferran a seguir erguidas. También hay que atribuirle a este veterano del campo esas pequeñas zanjas excavadas alrededor de las cepas para favorecer que se retenga el agua de lluvia y esta se infiltre poco a poco en el suelo.

Y es que este terreno con ligera pendiente y de escasa profundidad, suelos de arena formada por la degradación de la piedra arenisca y mucha losa sobresaliendo en diferentes puntos de la parcela hace que la humedad apenas penetre en la tierra, perdiéndose en gran medida y dejando como resultado unos suelos pobres y unas cepas con poco vigor. Bien lo saben desde Bodegas Sonsierra, la cooperativa de San Vicente, que lleva elaborando esta viña desde la vendimia de 2017 bajo el nombre de El Rincón de Los Galos, conformando así una de las seis joyas de vinos bajo la categoría de Viñedo Singular. Los rendimientos son escasos y este año se han sacado unos 2.500 kilos, algo menos que el año anterior (si bien en el cómputo global la bodega ha recogido algo más de uva que de la cosecha 2024). «En 2023 elaboramos cinco barricas y en 2024 nos salieron cuatro, mientras que este año yo creo que sacaremos tres barricas», apunta el enólogo y director técnico de Bodegas Sonsierra. Una viña que forma parte del proyecto de recuperación de parcelas que impulsó la bodega para dar una salida a esas viñas sin relevo generacional que cuentan con un gran potencial vitivinícola a través de un servicio de arrendamiento y cuidado de las fincas. Una iniciativa que ya aglutina cerca de 40 hectáreas en el territorio de San Vicente.

Usoz sortea las cepas de blanco y las de tinto mientras avanza sobre la arena y las rocas, con un viento que bambolea todos los sarmientos. Esta ha sido la primera viña de la bodega en vendimiarse esta campaña, antes incluso que el blanco (que algún año ha llegado a vendimiarse incluso en agosto). Aunque tiene su porqué y es que el tempranillo blanco, que apenas se vendimió un día después a El Rincón de los Galos, está a una altitud mayor. El pasado 14 de septiembre Usoz dio por inaugurada la vendimia a unos 480 metros de altitud, desde este paraje conocido como Gallocanta. «Es un viñedo que con la sequía sufre mucho y solemos recogerla de las primeras para que no se nos pase la fruta, que este año ha sido la protagonista en general gracias al final de ciclo que hemos tenido con noches frescas, si bien el verano no ha sido muy caluroso, y que ha permitido mantener bien la hoja. Pero la clave de este vino es ese suelo y, cómo no, el entorno, en una terraza cara sur donde las plantas que lo conforman aportan unos matices balsámicos y mentolados. Hemos conseguido que sea uno de los vinos más especiales y uno muy diferencial dentro de la gama de Singulares». De ello también depende mucho elegir muy bien la fecha de vendimia y hacer una buena selección, aunque aquí la sanidad está garantizada año tras año gracias a ese viento que sopla desde el balcón de Sonsierra.

La vendimia en Sonsierra ha seguido su ritmo pese a las lluvias que llegaron por San Mateo, en torno al 20 y 21 de septiembre, y que paralizaron durante unas dos semanas la maduración de la uva. «Pensaba que ese agua iba a sentar mejor a la viña, pero nos ha tocado desaprender para volver a aprender. Lo normal en cualquier otro año es que se frene durante unos cuatro o cinco días y se diluya un poco el grado alcohólico para después volver a subir, pero este año se frenó el ciclo durante dos semanas. Pero lo cierto es que tampoco nos interesa ya vendimiar con un grado alcohólico elevado, además de que el mercado también te demanda lo contrario. La media de alcohol que hemos sacado es de 13 grados, algo más baja que otros años, pero preferimos sacar vinos así que con 13,5 grados», apunta el director técnico. Un parón en la maduración alcohólica, sin embargo, que no afectó a los viñedos singulares, que han rondado los 13,5 o 14 de grados. «Son viñas que se comportan de diferente manera porque ya son más viejas y, por tanto, no sufren grandes alteraciones ante cambios meteorológicos».

Las uvas de tempranillo tinto de El Rincón de Los Galos ya han culminado la fermentación alcohólica y en un par de semanas pasarán a barrica para hacer la maloláctica (las uvas de malvasía se elaboras por separado desde 2022, yendo a parar a un blanco parcelario diferente que no entra en la gama de Singulares). «Siempre intentamos ser lo menos intervencionistas posible y empleamos barricas de segundo o tercer uso. Solo el primer año, el 2017, lo hicimos con barrica nueva, pero vimos que necesitaba menos aporte de madera para que aflorase más esa fruta y lo característico de este territorio. El resto del proceso de elaboración se mantiene igual desde el inicio», apunta. Pasados entre 14 y 18 meses en barrica, llegará el turno del embotellado y ahí abrigado por el vidrio, este vino aguardará mínimo tres años antes de salir al mercado.

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