Tinta y tinto

El debate del estado del escaparate

Llega el debate del estado de la ciudad. Un clásico de octubre, como el cambio de color en la viña, la vuelta a las extraescolares o las castañas. Ese momento del año en el que el alcalde se sube a la tribuna a decir que Logroño va como un tiro, mientras la oposición jura que todo es un erial posapocalíptico. Y los vecinos, desde la barrera, miramos todo esto con el mismo entusiasmo que cuando nos llega el aviso de la declaración de la renta.

El ritual es el de siempre: el gobierno presenta una ciudad que «funciona», que «cumple su programa» y que «ha recuperado el pulso» tras el desorden heredado. Todo va sobre ruedas, salvo que salgas a la calle, preguntes en el barrio o busques un piso decente. Entonces ves que hay más distancia entre el relato y la realidad que entre la estación de tren y el CCR, que siguen sin conectarse por carril bici para no jugarte la vida en cada pedalada.

Uno de los mejores ejemplos de esa gestión con capa de optimismo es lo ocurrido con los fondos europeos. No solo no se ha ejecutado todo lo previsto, sino que se han rechazado convocatorias enteras. ¿La excusa? «No todas las convocatorias son apropiadas». Una forma elegante de decir que casi no nos hemos molestado ni en intentarlo. Los últimos dineros rechazados, los fondos EDIL —3,7 millones que sí ha aprovechado Calahorra—. Lo que viene a ser negarse a ir a un restaurante con estrella Michelín que normalmente cuesta 150 euros, pero que hoy te sale por 20. ¿La excusa? Que no tienes hambre. Ya. O que no sabes usar los cubiertos. Gestionar fondos europeos no es pedir la carta del restaurante entera, pero tampoco es salir a cenar con un táper vacío.

Lo peor de este argumento no es solo que se pierda financiación, es que delata el verdadero problema: la falta de visión y gestión. Porque si algo necesita Logroño es justo lo que aportan esos fondos: inversión para modernizar, rehabilitar, transformar. Pero aquí preferimos no complicarnos. Como los malos estudiantes que no se presentan al examen para no suspender y esperan a la siguiente convocatoria. ¿Alguien se acuerda del Logroño para 2050 que ‘pensamos’ en octubre del año pasado?

En materia urbanística, el caso del soterramiento empieza a ser preocupante. La estación vieja, por fin, está en obras. Pero mientras tanto, la gestión del suelo para viviendas en la zona liberada sigue atascada. En una ciudad con una emergencia habitacional creciente, donde los precios del alquiler suben y donde los jóvenes siguen sin poder emanciparse, no se puede permitir que el PERI Ferrocarril siga siendo un páramo urbanístico.

Por si fuera poco, el flamante Logroño Arena —ese gran auditorio de 12.000 personas que iba a revolucionar la agenda cultural y musical— ni está ni se le espera. Un año después de su anuncio en una parcela de El Campillo donde lo más lógico es ampliar el Mundial 82, ya se buscan nuevas ubicaciones y no hay ni una sola fecha sobre la mesa. Un proyecto en papel mojado diseñado con entusiasmo por el PP de Conrado Escobar y apoyado por los genios del PSOE de Luis Alonso, que hoy comparten la paternidad de un fracaso que ni siquiera ha abierto las puertas.

A eso hay que sumar un modelo de ciudad que se diluye mientras se cuida el escaparate. El turismo arrasa cada fin de semana el Casco Antiguo, pero no deja poso. Laurel y las calles aledañas viven una tensión permanente entre su identidad y la rentabilidad. Cada vez hay más bares clónicos, menos cocina de verdad y más turistas sin hambre de cultura. Morir de éxito es otra forma de morir. Y aquí nadie parece tomárselo en serio. Seguimos sin una estrategia clara más allá del eslogan. Sin una apuesta valiente por la movilidad, por el centro, por los barrios. Se sigue gestionando el presente, sí, pero sin una idea clara de futuro. Y en los debates como este, todo se reduce a lo de siempre: unos dicen que todo va bien, otros dicen que todo va mal, y la ciudad sigue sin avanzar del todo.

Porque más allá de los planos, las obras que no llegan -¡ay mi pobre calle San Antón o mis oficinas de Bosonit!- y las convocatorias que dejamos pasar como si fueran invitaciones a bodas de compromiso, lo que realmente está en juego es la identidad de Logroño. Y no hablo de ponerle más letras al Espolón, mantener la doble fila o seguir saliendo de las rotondas sin usar los intermitentes. Hablo de algo más serio: de evolucionar hacia el futuro conservando lo que nos hace diferentes. Las grandes ciudades están al límite —caras, asfixiantes, inhumanas— y debemos aprovechar esa situación para convertirnos en un lugar (aún más) atractivo en el que desarrollar las vidas de miles de personas. Lo adelantaba hace un tiempo el sociólogo Sergio Andrés Cabello en ‘La España en la que nunca pasa nada’: las ciudades como Logroño tienen la oportunidad de ser un refugio frente a la presión global, no un producto más en la estantería. Defender su identidad no es nostalgia: es estrategia de futuro.

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