El Rioja

Más allá de la vendimia: el mimo de la cepa, de principio a fin

FOTO: EFE/ Raquel Manzanares.

Desde la poda a la labranza, pasando por la espergura, el desniete y deshojado, la viña requiere de cuidados en toda época del año. Al menos, si lo que se busca es una buena cosecha. Y es que, para una buena uva criar, afanado en la viña uno ha de estar.

Aunque la vendimia acapare todas las atenciones (sobra decir que en apenas dos meses el sector se juega el trabajo de campo de todo un año), no habría uvas de calidad si no fuera por el esmero en el que se han de realizar las diferentes prácticas agrícolas que mantienen ocupados a los viticultores desde las primeras semanas de noviembre en las que ya se empiezan a ver algunas cepas ‘desnudas’, con sus sarmientos dibujando una alfombra en los renques.

Para que llegue ese momento y dar por inaugurada una campaña vitícola más todavía quedan unas semanas en la DOCa Rioja, hasta que comiencen a caerse esas hojas de parra que ya van tiñéndose de los rojos y demás tonalidades otoñales. Todo ello mientras aún queda uva en las viñas, aunque sea poca.

La poda

Mientras los podadores se visten con varias capas de abrigo, la viña comienza a ‘desnudarse’. La poda de la vid sirve para regenerar esa madera vieja, a veces dañada incluso, y dar pie a un nuevo crecimiento con una planta más rejuvenecida. Pero no es un mero proceso de renovación. La poda del viñedo es un arte en sí mismo. Un arte en el que se mira el pasado para saber dotar a la planta de un buen presente para que pueda disfrutar de su mejor futuro. Un arte porque se diseña la estructura de la cepa, esa formación, en base al propósito que se espera de ella porque esto también va de esculpir el futuro del vino. Un diseño, además, personalizado porque cada viñedo tiene su propia idiosincrasia, su propia identidad, materializada en la edad, la variedad, el tipo de suelo, el sistema de conducción y, sobre todo, en el destino que tendrán sus uvas. De ahí que sea esencial la observación, pero también la experiencia y conocimiento para asegurar un buen equilibrio vegetativo y productivo.

Poda en un viñedo en Cárdenas este pasado invierno. | Foto: Leire Díez

Esta labor, que mantiene a los viticultores ocupados durante todo el invierno (con parte del otoño e incluso de la primavera incluidos) agradeciendo el frío durante la parada vegetativa de la planta, es una acción esencial, determinante. Y es una acción que, además, merece respecto a la hora de realizarla y es que de ella depende la calidad del fruto final. Cada corte, una decisión. Cada corte, una calidad. Cada corte, una manera de preservar el patrimonio vitícola.

Una poda de respeto implica hacer el menor numero de cortes y lo más limpios posibles para que la savia circule de manera fluida por la planta, haciendo de esta una más resistente. Así mismo, esta poda de respeto es clave para evitar la proliferación de enfermedades ya que se reducen las heridas en la madera. Enfermedades que en muchos casos son irreversibles y que pueden provocar daños en la estructura de la planta. Por eso, como bien dicta el sabio refranero, «del buen podador, el buen viñador».

La espergura

Con esa viña aún en reposo, antes de que empiecen a aflorar los primeros signos de yemas, llega el momento de enganchar el cultivador o chisel para preparar la tierra entre chaparrón y chaparrón. El laboreo, otra labor de finales de invierno imprescindible para asegurar esa buena brotación de la vid y es que con él se facilita la penetración de la humedad y demás nutrientes, así como del aire, al mismo tiempo que sirve para hacer una gestión de las malas hierbas y eliminar esa competencia para la planta que que puede alterar su desarrollo preliminar en unas mejores condiciones. Y es que si quieres una viña preciada, entrando en marzo, labrada.

Todo antes de que esas yemas comiencen a hincharse porque será entonces cuando comience una nueva aventura. Si vienen días con Lorenzo de protagonista, la vid acelerará su brotación, mientras que si el frío se asienta en la tierra, esos nuevos brotes se harán más derogar. Un retraso en el ciclo vegetativo tampoco viene mal si eso va a mantener a la cepa más alejada de esas heladas tardías de primavera, que pueden llevarse por delante parte de la cosecha si llegan de manera agresiva. Y es entonces cuando empiezan a notarse esas desigualdades en la evolución entre unas zonas y otras, entre unas viñas y otras, debido a los altibajos térmicos y las reservas hídricas existentes en el suelo (más allá del momento de la poda, que también influye). Al mismo tiempo que algunas viñas ya están listas para empezar esa espergura o poda en verde, en otras apenas se atisban esas primeras hojas.

Espergura en un viñedo en Alcanadre. | Foto: Leire Díez

Poco a poco todos los viticultores se irán sumando a esta segunda poda, también meticulosa, también manual, si bien más ágil de realizar. Una poda, también decisiva y es que esta espergura influye a la hora de ajustar el nivel de producción que luego se busca en el viñedo, enfocándose en el factor calidad y, por supuesto, en los ajustes de rendimientos establecidos (y que en los últimas campañas han marcado el funcionamiento de la denominación). Quitando y dejando brotes, con sabiduría y criterio, valorando vigor y variedad. La escarda, como también se la conoce en otras zonas, supone además un ajuste en la vegetación futura de la parra.

Otra faena que requiere de abundante mano de obra, más si cabe cuando el tiempo juega en contra de los viticultores. A diferencia de la poda, cuando son varios los meses en los que se puede desarrollar, la espergura apenas tiene un mes (siendo mayo el momento de mayor explosión) para ejecutarse antes de que los brotes comiencen a endurecerse y sea más complicado arrancarlos de la madera, dejando además mayor superficie de herida. En lo que coinciden los productores es que aquel que se encarga de la poda es quien mejor puede desempeñar después la espergura «porque ha visto la fuerza de la viña».

El deshojado y desniete

Conforme va fluyendo la savia por la cepa, esos brotes comienzan a formarse creando los pámpanos y ganando vigor. Los racimos ya han aparecido en escena, estando ya en una fase de floración o incluso cuajado, en función de la época y la zona. Lo que viene a partir de ahora en la viña son tareas más mecánicas, como el deshojado y el desniete, favoreciendo la maduración de la uva.

Una cuadrilla deshojando un viñedo en Baños de Ebro. | Foto: Leire Díez

En concreto, se trata de asegurar una buena ventilación de los racimos, que están ya en fase de maduración y, por tanto, son más vulnerables al efecto de hongos y, por ende, podredumbres. La retirada de hojas, además, implica dejar el viñedo más expuesto a la radiación solar, lo que se busca para lograr una maduración más homogénea de las uvas. El desniete es similar al deshojado, aunque en este caso lo que se retiran no son hojas sueltas, sino los nietos de los pámpanos, esos brotes que no tienen uvas pero sí hojas. Con ello se busca que todos los nutrientes vayan a parar a los racimos y no se pierdan en vegetación innecesaria. Es decir, ambas son faenas en pro de la sanidad y la calidad del fruto, aunque no siempre se ejecutan, especialmente cuando la falta de mano de obra o los excesivos costes para ejecutarlas suponen un problema adicional en la gestión vitícola.

A partir de entonces pocas son las tareas manuales que quedan en la viña, como es el aclareo y que tampoco se realiza en todas las parcelas. Su fin último es regular la producción a pocas semanas de empezar la vendimia, eliminando esos racimos que se han quedado a mitad de maduración o bien los racimos dañados por las diferentes inclemencias meteorológicas.

Más allá de ello, las labores de tractor también son parte fundamental en el viñedo, con esa aplicación de tratamientos y despuntes. Finalmente, a pocas semanas de cortar las primeras uvas, toca volver a recorrer las viñas, para hacer los muestreos pertinentes que determinen la fecha correcta de vendimia. Otra minuciosa labor, pero mucho más llevadera y breve que las anteriores. Y así, todo un año mimando la viña, porque «al niño y al vino se tienen que criar con afecto».

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