Alberto Pedrajo y Javier Alonso han cogido unos días de vacaciones en sus respectivos trabajos para ocuparse de otra faena para la que se requiere de calzado cómodo, una vestimenta apta para pringarse de mosto, capacidad para madrugar y pasar el día de aquí para allá y, sobre todo, de mucho afán. Estos dos amigos que se conocieron en un instituto de Santander viven estos días su tercera vendimia en las instalaciones de su propia bodega ubicada en lo alto de Villalba de Rioja, en un enclave al que se llega a través del camino Portillo y donde el viñedo se funde con los pinos del bosque. Un paraje que han denominado Finca La Cala (y que da nombre también a la bodega en sí) porque desde aquí se vislumbra todo ese mar de viñas que les cautivó hace doce años y, con ese toque melancólico, también les recuerda a ese Mar Cantábrico que les ha visto crecer.
El porqué unos cántabros ajenos a Rioja acaban desarrollando un proyecto vitivinícola en esta denominación no es tan extraño si se tiene en cuenta que ambos vienen de familias donde el vino era un elemento más de la dieta diaria. «Nuestros primeros calimochos los hacíamos con vinos reserva y gran reserva que les cogíamos a nuestros padres», recuerda Alonso entre risas. «Nuestras familias siempre han estado al otro lado del mundo del vino, en el lado del consumo desde una manera entusiasta porque en nuestras casas nunca faltaban buenas botellas de vino, había una especie de liturgia en torno a este», añade Pedrajo. Aunque el vínculo real con Rioja llegó a raíz del tío de este último, técnico de sonido que acabó trabajando en la tierra con nombre de vino. «Recuerdo que nos traía garrafones del clarete de Cárdenas y Cordovín, que luego embotellábamos en casa. De hecho fue él quien me recomendó estudiar Ingeniería Agrónoma en Logroño por las posibilidades que tenía luego de cara al sector vitivinícola», relata. Y así fue como transcurrió todo, muy bien hilado, involucrándose pronto y rápido en este mundo. Un mundo al que luego enganchó a su amigo Alonso.

Foto: Leire Díez
El sueño de hacer algo propio en Rioja venía latiendo en las mentes de ambos desde 2010 aunque no fue hasta tres años después cuando se materializó y pasó entonces a ser cosa de cuatro. «Nuestras mujeres, Gema y Vanesa, son partícipes de la bodega también, encargándose más de la gestión administrativa. Al principio estuvimos barajando varios municipios donde instalarnos porque teníamos claro que queríamos altitud para conseguir frescura. Ábalos, Santa Lucía de Ocón y Villalba eran nuestros posibles destinos, pero al final acabó siendo este último por la capacidad de adquirir fincas. Cuando llegamos aquí compramos 7.000 metros cuadrados la primera vez y luego ya fuimos sumando superficie hasta hacernos con una veintena de parcelas adquiridas a lo largo de diez años», relata Pedrajo, quien además reside con su familia en una casa aledaña a las instalaciones de la bodega. Son un total de seis viñas, que juntas suman unas diez hectáreas (siete de ellas en propiedad), las que nutren el proyecto Alonso & Pedrajo Viticultores. Un proyecto, remarcan, que se ha construido para sus hijas, «que a fin de cuentas son las que van a disfrutar de todo esto».
Ambos mantienen sus respectivos empleos (Alonso como comercial en Zara, en Santander, y Pedrajo en ASPA Ingenieros & Consultores, en Logroño), y es que «esto es un sueño que seguimos materializando entre dos familias». «Queremos vivir la viticultura como un modo de vida, queremos recibir aquí a la gente, queremos vivir en este entorno rural. Este es un proyecto de sentir y de vivir al lado del viñedo y comunicarlo de forma real, revalorizando el propio pueblo de Villalba», destacan. Una filosofía que les llevó hace unos meses a conseguir la certificación B Corp y convertirse así en la primera empresa riojana en obtenerla. «La gente sigue viéndonos como unos ‘outsiders’ (forasteros) porque venimos de fuera pese a llevar en este pueblo ya más de diez años. Nadie apostaba por nosotros, pero esto que hemos creado es todo lo que tenemos. Nos hemos volcado con el proyecto al cien por cien».

Foto: Leire Díez
En 2013 comenzaron a comprar los primeros depósitos, que iban guardando en las bodegas donde elaboraban aquellos primeros años hasta que en 2023 se estrenaron en sus propias instalaciones, por lo que afrontan ahora la que será la tercera añada elaborando en Villalba. El volumen medio de producción ronda las 35.000 botellas, con las variaciones por arriba y por abajo propias de los devenires meteorológicos que marcan la campaña. «Nuestro techo está en las 70.000 botellas, aunque no tenemos ninguna prisa en llegar y tampoco sabemos si alcanzaremos ese nivel o no», reconocen, destacando que lo que priman es disfrutar de lo construido y del camino que siguen haciendo.
La maturana blanca, la garnacha tinta, la malvasía riojana, el sauvignon blanc y una futura plantación de graciano que llegará el año que viene son las variedades que rodean las instalaciones de la bodega. La vendimia de blanco ya ha concluido y las primeras tintas se están vendimiando en esta primera jornada de octubre desde la parcela La Tejera, también en Villalba.

Foto: Leire Díez
Esta pequeña bodega cuenta con 150 barricas y es que lo que la caracteriza es se dedica a elaborar reservas y grandes reservas: «Le damos mucha importancia a la crianza, tanto en blancos como en tintos y rosados, porque queremos hacer grandes vinos de guarda. Durante muchos años me ha apasionado mucho la capacidad de crianza que tiene Rioja frente a otras denominaciones y es que cuenta con un parque de barricas enorme porque, según las cifras que se manejan, solo en Rioja hay más barricas que en toda Francia. Lo que me obsesiona es esa evolución y complejidad que adquieren nuestros vinos con el paso del tiempo. Pero lo que nosotros hemos hecho es buscar los elementos que aporta la barrica (tanino, aroma a tostado y oxigenación) pero de una forma menos invasiva: la respiración la conseguimos con materiales porosos; el tanino, con mucha maceración y por eso trabajamos todos con pieles; y la madera la usamos como elemento para potenciar la guarda».

Foto: Leire Díez
Más allá de las barricas, los fudres, los huevos de hormigón y los depósitos de acero inoxidable de diferentes tamaños completan su taller de ensayos. Sin olvidar tampoco el barro como material de crianza. Dos grandes y antiguas tinajas de barro se disponen en fila, conservando una viura recién vendimiada que permanecerá ahí durante seis meses con sus pieles para dar forma a una de las tres elaboraciones que componen Nauda, la gama de vinos naranjas de la bodega (uno de viura, un clarete con siete variedades y otro de garnacha) que refleja la «cero intervención, la pureza». «nos vinos con los que sabíamos que nos estábamos arriesgando en Rioja». Y un laboratorio no sería tal sin sus experimentos. En unas damajuanas de vidrio reposa una maturana «muy bien sellada con el fin de que haya cero oxígeno, trabajando así la hiperreducción», explica Pedrajo.

Foto: Leire Díez
También hicieron una de sus particulares pruebas con aquella añada de 2014 de Suañé, la segunda que elaboraban. «En 2013 hicimos unas 1.300 botellas y al año siguiente sacamos el doble. De esas guardamos en torno al 30 por ciento durante diez años en bodega y es ahora cuando estamos empezando a comercializarlo». Suañé, que simula a la francesa ‘soigné’ (que significa hecho a medida), es el vino con el que buscan rendir homenaje a la tradición vitivinícola de la zona con esos vinos de largas crianzas.
Junto a esta gama se encuentran otros tres parcelarios y La Pequeñita, otro proyecto experimental formado por cinco referencias y que procede de pequeños viñedos y pequeñas ideas. «La Pequeñita es nuestro I+D, aquí probamos con variedades, mezclando unas con otras, para sacar nuestras conclusiones que luego servirán para trabajar en el resto de elaboraciones caracterizadas las maceraciones largas con pieles».



