La Rioja

Tres mostradores logroñeses con más de un siglo

Hay mostradores sin los que ya no se entiende la ciudad. Quienes atienden tras ellos han visto crecer a sus clientes y cómo la costumbre de ir a su local ha pasado de generación en generación. Son comercios que han vivido varios cambios de régimen, de siglo y de maneras de vivir. Y han sabido adaptarse a todos los cambios que van de la mano con el inexorable paso del tiempo.

Sombrerería Dulín: desde 1896 vistiendo cabezas

Sagasta perdía las elecciones frente a Cánovas el año que la sombrerería Dulín abría. Tras más de 120 años, no se concibe la calle Portales sin su icónica fachada. Desde su apertura, ha sido un negocio familiar, aunque cambió de manos en 2017: pasó de la familia Dulín a la familia Albero, de origen valenciano y que lleva vistiendo cabezas desde hace más de dos siglos, que se dice pronto.

«El traspaso fue fácil. También trabajamos distribuyendo sombreros y Dulín era cliente nuestro de muchos años atrás. Nos conocíamos tanto que fue muy fácil llegar a un acuerdo para continuar», cuenta Rafael Albero, el actual dueño de la sombrerería.

El nombre se mantuvo por petición de Rafael: «No me parecía adecuado el cambio de nombre de una empresa centenaria con tanta tradición y con la reputación que tiene Dulín en Logroño». Y es algo que los logroñeses le han «agradecido» que mantuviera el nombre y está «muy orgulloso de haberlo hecho».

Pero, ¿cómo se mantiene un negocio tan antiguo? «Al final simplemente es estar atento y pendiente de los cambios que va teniendo la sociedad. Los sombreros de ahora tampoco son como los de antes. Cuando voy por ahí voy pendiente y, a lo mejor, veo bolsos y pienso que esos remaches los puedo usar para una cinta de sombrero». Está claro que la inspiración aparece cuando menos lo esperas y que atreverse a innovar es fundamental para sobrevivir al paso del tiempo.

Curtidos Domínguez: «Sigo apostando por el comercio de toda la vida»

El olor a cuero embriaga a todo el que cruza el umbral. Las estanterías están repletas de productos: bolsos, maletas, mochilas, carteras, cinturones y un largo etcétera. Algunos más modernos, otros más tradicionales, pero todos elegidos con la misma atención.

Cristina Domínguez lleva detrás del mostrador de Curtidos Domínguez desde 1997, un comercio de más de un siglo que no siempre se ha llamado así: «Eulogio Pastor fue quien abrió la tienda en 1918 y el comercio se llamaba como él». Eulogio puso al frente del comercio a su cuñado, Vicente Ibáñez, casado con la tía abuela de Cristina y tras la guerra, se quedó con la tienda.

Así, Curtidos Eulogio Pastor pasó a llamarse Curtidos Ibáñez, nombre que se mantuvo hasta que Cristina tomó las riendas y decidió poner el apellido familiar. Aun así, más de 25 años después, muchos logroñeses se siguen refiriendo a la tienda por su anterior nombre. «Voy por la calle y me dicen: Hasta luego, Ibáñez», comenta entre risas Cristina.

Tras el fallecimiento de su tía abuela, se hicieron cargo de la tienda el padre y el tío de Cristina, Julián y Vicente Domínguez, quienes estuvieron al frente hasta su jubilación. «Me daba mucha pena que cerrara la tienda, así que me lancé a la piscina y me quedé aquí», cuenta Cristina recordando cómo comenzó su andanza tras el mostrador.

Aunque es «una responsabilidad muy grande», el trato con la gente hace que todo esfuerzo valga la pena: «Sigo apostando y apostaré por mis clientes y por el comercio de toda la vida».

Óptica Cadarso: «Soy la cuarta generación»

En un principio, la familia de Gonzalo Cadarso se dedicaba a «la venta de relojes de pulsera y despertadores». Entonces, ¿por qué terminaron montando una óptica? «Antes no había ópticas, ibas al médico y te ponía unas gafas que ya venían montadas con tu graduación. Se preguntaron qué hacían con las ópticas y decidieron dárselas a los relojeros porque estaban acostumbrados a trabajar el cristal y eran muy minuciosos», cuenta Gonzalo. Y así, nació Óptica Cadarso, que lleva en funcionamiento desde antes de que estallara la Primera Guerra Mundial.

Hace 25 años , Gonzalo tomó la decisión de meterse de pleno en el negocio familiar, no porque su padre se fuera a jubilar, sino porque es algo que lleva en el ADN. «Soy la cuarta generación», señala orgulloso Gonzalo Cadarso. A él, le precedieron su bisabuelo, su abuelo y su padre.

«Yo aquí he hecho desde repartir folletos de propaganda por todas las calles, a estar aquí en verano, a recoger, a limpiar, a estar en el taller aprendiendo y bueno, poquito a poco pues te va gustando y ves que es un negocio que va bien y que tiene ese ese halo un poco más romántico por estar desde tu bisabuelo», explica.

«Como los tiempos van avanzando, nosotros nos vamos formando». Pero, ser tan antiguos, casi históricos, tiene alguna que otra ventaja: «Sabemos hacer cosas de taller que igual las ópticas nuevas, las cadenas, ni se plantean. Lo que es poner embutir una charnela o soldar una gafa o tal, son cosas que ya no se hacen más que en en sitios antiguos que tenemos esas capacidades, esos conocimientos».

Son tres comercios que han sabido desafiar al paso del tiempo, han sabido reinventarse para no ver morir lo que sus predecesores montaron con tanto esfuerzo. Y, aunque es verdad que la pereza muchas veces gana y hacer la compra desde el sofá está bien, está mucho mejor ver la ciudad viva. Como afirma Cristina: «No somos conscientes de lo que se está perdiendo con el cierre del comercio».

¿Quieres recibir a primera hora del día toda la información de La Rioja en tu e-mail?

* campo obligatorio
To Top