El día amaneció gris en Logroño. Llovía sin tregua y, unos kilómetros más arriba, la nieve remataba el paisaje en la sierra. Fue un día de febrero que Guillermo recuerda como una pantalla en tonos apagados: cansancio, silencio, frío. «Lo que sentía era agotamiento —dice—. Un agotamiento muy profundo. El mero hecho de levantarme de la cama ya era un suplicio». No era el dolor lo que más pesaba, ni siquiera la tristeza. Era la fatiga de una mente exhausta.
Todos sabemos que la salud mental sigue siendo uno de los grandes retos de nuestra sociedad. Hablar de depresión, ansiedad o de suicidio no es fácil, pero es necesario para romper el silencio y los estigmas que aún pesan sobre estas realidades. Cada historia personal tiene un valor incalculable, porque escuchar a quienes han atravesado la oscuridad nos recuerda que no estamos solos y que siempre hay salida.
Hoy, con 25 años, Guillermo habla despacio pero sin titubear. Ha decidido contar su historia en el podcast Mentes Abiertas (disponible en Ivoox, Spotify, Apple Podcast) «por si puede ayudar a alguien». En su voz no hay épica, hay humanidad. No busca conmover, aunque lo consigue. Busca poner palabras a lo que tantas veces no se nombra: la depresión que ahoga el pecho, la ansiedad que araña al amanecer, el pensamiento oscuro que se instala cuando todo parece demasiado. «Quería apagar el cerebro. Necesitaba parar, descansar». Y así lo hizo, aunque, afortunadamente, el sueño no fue eterno.
Una familia desestructurada; un trabajo en el que se sintió humillado; el vértigo de quedarse sin ingresos y de que la ansiedad no se fuera. «Pensé que al dejar ese trabajo iba a mejorar, pero no. Seguía teniendo que pagar el coche, el alquiler. Apareció otro trabajo, el de alguacil en Nieva de Cameros, y aquello me dio algo de calma». Aun así, por dentro Guillermo estaba roto.
En diciembre de 2023 le diagnosticaron un trastorno ansioso-depresivo y comenzó un tratamiento. Sus amigos ya estaban alerta: «Sabían por lo que pasaba y estaban pendientes de mí. Pero yo vivía solo, comía solo, dormía solo y esa soledad pesa mucho». También estaban sus abuelos paternos, su ancla en medio de la tempestad. «Ellos han sido un apoyo brutal. Siempre me han querido sin condiciones».
El testimonio de Guillermo duele. Y eso que no lo cuenta con morbo ni recreándose en el detalle, porque lo importante viene después, lo importante es el despertar. «Abrí los ojos en el hospital y la primera persona que vi fue mi mejor amiga, Lucía. Me cogió la mano y se puso a llorar. Ese fue el único momento en el que yo también lloré». En ese mismo instante, Guillermo decidió que no quería volver a herir así a los suyos: «No puedo hacerle esto a mi gente. Por ellos decidí tirar hacia delante: por mis amigos, por mis abuelos, por mis chavales de los scouts».
El camino de regreso a la vida no está siendo, ni por asomo, un camino de flores. «La recuperación no es lineal. Mejoras, luego recaes un poco, ajustas medicación, vuelves a terapia. No pasa nada si no es todo hacia arriba. Hay que tener paciencia y entender que esto es muy jodido y requiere mucho esfuerzo cuando menos energía tienes». Encontró sostén en la terapia, -«mi psicóloga me dio pautas concretas, desde trucos para afrontar la ansiedad hasta herramientas para entenderme»— y en el deporte. Se apuntó a cross training: «No sé qué pasa en la cabeza después de practicar deporte, pero baja la ansiedad. Y, además, he hecho amigos maravillosos».

También aprendió la fuerza de decirlo en voz alta. «Hablar ayuda. Cuando lo compartes, la carga se reparte. Mis amigos siempre hablaban en plural: vamos a quedar, vamos a salir, vamos a poder con esto. Esa palabra me salvó». Ahora, cuando piensa en los adolescentes con los que trabaja como voluntario, lo tiene claro: «No hay que tener miedo a hablar con ellos de salud mental. Educar en valores, empoderarles, enseñarles que son válidos. Las redes sociales aprietan mucho con vidas perfectas irreales; hay que hacerles sitio para ser imperfectos y auténticos».
En cuanto al debate social, Guillermo siente que hemos avanzado hablando de depresión o ansiedad, pero que el suicidio sigue siendo un tabú: «Se pasa de puntillas porque incomoda. Y, sin embargo, necesitamos conversaciones incómodas para aprender como sociedad». Rechaza los juicios simplistas: «Cuando tienes una enfermedad en la cabeza, el suicidio no es un capricho. Igual que una cardiopatía puede llevar a una insuficiencia, la depresión puede llevar a un intento. Por eso hay que tratar, acompañar y no esconder».
Hay pasajes de este podcast que cortan y otros que curan. Uno de ellos llega al final, cuando le pregunto por el presente. «Estoy bien», dice, y la frase, tan sencilla, pesa lo que pesa un regreso. «Sigo con una dosis baja de medicación y, de vez en cuando, alguna sesión de terapia. No lo veo como un paso atrás, sino como los últimos coletazos. Valoro muchísimo a mis abuelos —hicieron 50 años de casados y montamos una fiesta preciosa—, a Mauro, mi pareja; a mis amigos; y valoro mucho la vida».
Y ahí Guillermo hace una pausa y coge aire. «La vida es la hostia. Tiene cosas muy jodidas, sí, pero también ratos maravillosos. He aprendido a disfrutar de lo pequeño: saludar a la panadera, ayudar a una señora a cruzar, preguntar cómo va la mañana. La vida no es guay solo cuando te vas de viaje, es todos los días. A veces cuesta verla y está bien pedir ayuda para verla».
A quien hoy está cansado, Guillermo le diría que se puede salir. Que hable, que pida ayuda, que deje que otros digan «vamos» con él. Y a quienes rodean a alguien que sufre, les pide paciencia y presencia: «Necesitan fuerza justo cuando no la tienen. Prestársela. Un poco puede salvarles».
Al despedirnos, una frase resuena en la sala. Una frase que no suena a consigna o lema, sino a una verdad ganada: «La vida es muy guay».

Mentes Abiertas, un podcast de NueveCuatroUno que cuenta con el patrocinio del Gobierno de La Rioja y la colaboración de Caja Rural de Navarra y la Universidad Internacional de La Rioja (UNIR).


