Mentes Abiertas

Entre la ansiedad y la ilusión: la montaña rusa emocional de volver a clase

FOTO: EFE/ Luis Tejido

Desafortunadamente para todos, los días de verano ya forman parte del pasado. Septiembre ya está aquí con sus mochilas, libros y uniformes que nos hacen volver a lo que ‘soltamos’ en junio. Para muchos niños, volver al colegio significa reencontrarse con amigos, recuperar rutinas conocidas y estrenar material. Para otros, en cambio, septiembre es sinónimo de nervios, miedos y una sensación de nudo en el estómago difícil de explicar.

«La vuelta al cole va mucho más allá de comprar cuadernos o ajustar el despertador. Tenemos que atender a las necesidades emocionales que se despiertan en los niños en este momento del año», explica Marta Santarén, directora académica del Máster en Intervenciones Psicológicas en Niños y Adolescentes de UNIR, y protagonista de este nuevo episodio del podcast Mentes Abiertas (disponible en Ivoox, Spotify y Apple Podcast).

El regreso a la rutina activa una respuesta de alerta natural. «Se trata de un estrés adaptativo que en la mayoría de los casos ayuda a organizarse y ponerse en marcha», señala Marta. El problema aparece cuando esa respuesta se prolonga o se intensifica y ya se convierte en un factor de riesgo para la salud mental del menor».

Los síntomas pueden ser variados. En el plano físico, los más frecuentes son dolores de cabeza, molestias abdominales, alteraciones del sueño o cambios en el apetito. En lo emocional, la especialista menciona la irritabilidad, el llanto más fácil en los pequeños y la preocupación excesiva o inseguridad en niños de primaria. En los adolescentes, en cambio, suele aparecer apatía o retraimiento social, es decir, la tendencia a alejarse de las interacciones sociales y a evitar situaciones que requieren un compromiso emocional.

La edad marca la diferencia. Los más pequeños, sobre todo los que empiezan Infantil, suelen recibir septiembre con entusiasmo. «Son los que menos son conscientes de la libertad del verano. Normalmente te dicen: ‘Sí, quiero ver a mis compañeros o a mi profe’. Lo viven con ilusión», asegura Santarén. El colegio en esas primeras etapas mantiene el juego en el centro, y eso suaviza el impacto. «Las competencias se trabajan de una manera muy lúdica, sin la presión académica que aparece más adelante».

Pero a medida que crecen, el regreso a las aulas se tiñe de otras preocupaciones como el rendimiento, la imagen social o incluso el propio autoconcepto académico. El salto al instituto suele ser uno de los momentos más delicados. «La preocupación más común es el sentimiento de pertenencia. Más allá de las asignaturas, lo que más pesa es la necesidad de tejer vínculos, de ser tenido en cuenta en la participación de las actividades grupales».

El papel de los padres

Los expertos coinciden en que la familia es clave en la forma en que los niños atraviesan la vuelta al cole. Para Santarén, lo primero es escuchar sin trasladar las propias angustias. «Como adultos tenemos miedos legítimos, pero no debemos contagiar esa inquietud. Ellos decodifican muy bien nuestros gestos y nuestras expresiones».

En adolescentes, recomienda crear un espacio de comunicación horizontal —por ejemplo, en la cena— donde puedan expresar preocupaciones y pactar rutinas. «Siempre que sea posible, las decisiones deben consensuarse. No es lo mismo negociar con un niño de 8 años que con uno de 16, pero implicarles les da sentido de responsabilidad y motivación».

Marta Santarén

Entre las pautas más prácticas, Marta reconoce que el orden es un aliado claro frente a la ansiedad. «Contar con una agenda, un calendario visible en casa o incluso aplicaciones digitales adaptadas a la edad puede ayudar a los niños a anticipar lo que viene y a sentirse más seguros. Cuanto antes les enseñemos a planificarse, menos dependerán de la supervisión adulta y más autonomía ganarán». En la práctica, se trata de marcar horarios de estudio, tiempo para jugar, para descansar y también para socializar.

Otro aspecto clave es cómo se gestionan los fallos. Marta insiste en que equivocarse es parte natural del aprendizaje y que conviene transmitirlo así. «Equivocarse forma parte del aprendizaje. Como padres podemos usar nuestras propias experiencias para mostrarlo». Relatar a los hijos cómo uno mismo superó un suspenso, un mal examen o un tropiezo laboral puede convertirse en una lección poderosa. «Los niños necesitan entender que el error no es un fracaso, sino una oportunidad para mejorar».

El regreso a la rutina requiere normas. Horarios de estudio, de descanso y de uso del móvil deben estar claramente establecidos, pero sin caer en rigideces que generen rechazo. «Los límites son necesarios, pero también hay que ser flexibles. Se trata de pactar con ellos, no de imponer». Negociar, por ejemplo, cuánto tiempo dedicar al teléfono tras acabar las tareas o qué días son más propicios para alargar el rato de ocio fomenta la responsabilidad compartida.

FOTO: EFE/ Javier Cebollada.

Finalmente, Marta recomienda escuchar y dar valor a las inquietudes de los niños y adolescentes es esencial. Sus amistades, sus aficiones, incluso su manera de vestir o de expresarse, son piezas de identidad que merecen respeto. «Validar sus intereses significa reconocerlos como individuos con voz propia». No se trata de estar de acuerdo en todo, sino de mostrar apertura y comprensión. «Apoyar sus elecciones, aunque nos parezcan triviales, fortalece su autoestima y favorece una relación de confianza».

Para los más pequeños, los preparativos también importan. Anticipar con cuentos, visitar el colegio antes del inicio de curso o ajustar poco a poco horarios de sueño y alimentación puede marcar la diferencia.

Tiempo para la adaptación

El proceso de adaptación no es lineal, pero suele debilitarse en torno a las dos primeras semanas. «Puede que al cuarto día un niño deje de llorar y al séptimo vuelva a hacerlo. Es normal. Lo importante es observar si, poco a poco, explora espacios, se relaciona o come con normalidad», explica Marta.

Por ello, la comunicación entre familia y colegio es fundamental. Los profesores ofrecen información valiosa sobre cómo está el niño cuando los padres no están presentes: si juega, si se integra o si descansa.

A pesar de los nervios y el estrés, la psicóloga insiste en que el colegio es un contexto protector. «Más allá de lo académico, es un espacio de desarrollo personal, de amistades, de regulación emocional y de vocaciones futuras».

Para concluir, Marta advierte de que no conviene que los niños vivan septiembre solo como una pérdida de privilegios. «Es importante mantener huecos de juego y ocio para que la rutina escolar no se perciba como un castigo».

Mentes Abiertas, un podcast de NueveCuatroUno que cuenta con el patrocinio del Gobierno de La Rioja y la colaboración de Caja Rural de Navarra y la Universidad Internacional de La Rioja (UNIR).

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