Salud

Las hospitalizaciones por depresión en adolescentes se multiplican por doce

Hace dos décadas, 173 adolescentes fueron hospitalizados en España por depresión. Hoy, esa cifra supera los 1.800, es decir, en solo veinte años el incremento ha sido de un 1.200 por ciento, una estadística que no solo alarma, sino que exige respuestas. El reciente estudio publicado por la Universidad Internacional de La Rioja (UNIR) pone cifras a un problema que lleva tiempo respirándose en aulas, pasillos escolares, urgencias y consultas de psiquiatría infantil.

«La depresión se ha convertido en una de las principales causas de ingreso hospitalario en adolescentes españoles. Y, lo que es más preocupante, los casos son cada vez más jóvenes», advierte Hilario Blasco-Fontecilla, psiquiatra, investigador de UNIR y director general de Emooti, plataforma de salud emocional juvenil.

El estudio, que ha analizado la evolución de las hospitalizaciones por depresión entre 2001 y 2021, identifica dos periodos especialmente críticos: el primero comienza a partir de 2010 y el segundo estalla tras la pandemia de COVID-19. «Aunque el estudio no establece causas directas, parece bastante claro que hay dos detonantes: la expansión masiva de las redes sociales y el aislamiento forzoso del confinamiento», explica Blasco.

Por poner un ejemplo, el iPhone salió al mercado en 2007. A partir de ese momento, los adolescentes comenzaron a socializar en entornos digitales, sustituyendo el cara a cara por likes y notificaciones. Y durante la pandemia, eso se multiplicó: los adolescentes, privados de contacto real, se refugiaron aún más en el mundo online. «Y el coste emocional ha sido altísimo».

Tal y como señala Blasco-Fontecilla, el 74 por ciento de los ingresos hospitalarios por depresión en adolescentes corresponden a chicas. La diferencia de género es clara y, según el experto, responde a un fenómeno ampliamente conocido en la psiquiatría infantil: «Hasta los 10-12 años, los niños tienen más prevalencia de trastornos del neurodesarrollo, como TDAH o TEA. Pero con la llegada de la pubertad y los cambios hormonales, son las chicas las que presentan más ansiedad y depresión».

Sin embargo, no se trata solo de biología. También hay una carga sociocultural. «Las chicas, por educación y por expectativas sociales, están expuestas a una mayor presión estética, emocional y de rendimiento. Y las redes sociales agravan esto al establecer modelos de perfección inalcanzables».

El estudio también revela un dato preocupante: la edad media de ingreso se sitúa en los 16 años, pero ya hay hospitalizaciones desde los 11. «No solo estamos detectando mejor los problemas, es que realmente están apareciendo antes. La infancia se ha acortado, y nuestros adolescentes tienen que enfrentarse a más cosas antes de tiempo: acoso escolar, ciberbullying, aislamiento, consumo precoz de pornografía, exigencias académicas…».

Sin embargo, no todos los adolescentes con depresión requieren ingreso hospitalario. Entonces, ¿qué lleva a tomar esa decisión? «El ingreso suele venir cuando hay un riesgo vital: intentos de suicidio, ideación suicida persistente o una situación familiar que impide garantizar la seguridad del menor», explica Blasco. Y añade: «A veces el miedo de los padres también juega un papel fundamental. Hoy tenemos menos hijos, y más miedo a equivocarnos. Y eso lleva a hospitalizar donde antes se habría manejado de forma ambulatoria».

Los ingresos suelen durar alrededor de una semana, aunque no siempre es suficiente. «Los antidepresivos tardan unos 15 días en hacer efecto. Pero el ingreso puede servir para contener la crisis, regular el sueño, reevaluar la situación o activar medidas de protección. Muchas veces, la estancia sirve para reorganizar la vida del adolescente y la de su entorno».

Señales que no hay que ignorar

Cambios bruscos de humor, aislamiento, vestimenta que oculta posibles autolesiones, descenso del rendimiento escolar, irritabilidad, alteraciones del sueño. Las pistas están ahí. «Uno de cada cuatro adolescentes se autolesiona. Muchos lo ocultan. Hay que estar atentos, hablar, observar. Y sobre todo, actuar a tiempo», insiste Blasco.

Pero subraya un aspecto esencial: la socialización. «Un adolescente puede discutir con sus padres y estar mal en casa. Pero si está integrado en su grupo de iguales, eso me preocupa menos. Lo peligroso es el aislamiento social. Los adolescentes necesitan sentirse parte de algo».

Hablando de recursos, tanto humanos como materiales, para hacer frente a esta problemática, Hilario Blasco-Fontecilla destaca que «no tenemos suficientes psicólogos, ni psiquiatras, ni enfermeras. España ha hecho esfuerzos muy importantes invirtiendo en salud, pero faltan muchas cosas por hacer».

El psiquiatra reconoce que la demanda sanitaria es ilimitada, con lo cual los recursos nunca serían suficientes. Por ello, propone una salida que «mejoraría mucho la situación: llevar la salud mental a los colegios. «Desde Emooti estamos implantando programas en más de treinta centros en Madrid. Llevamos psicólogos, logopedas, terapeutas. Y si vemos que algo no se puede manejar en el colegio, derivamos a la clínica. Pero tenemos que intervenir en los lugares donde los adolescentes están. La escuela tiene que transformarse en un centro socioeducativo-sanitario. Esa es la revolución que necesitamos».

¿Y en casa, qué se puede hacer? Blasco lo resume en varias claves: garantizar el sueño, fomentar el deporte (sobre todo en equipo), reducir la exposición a pantallas, acompañar emocionalmente y, sobre todo, poner límites. «Decir ‘no’ también es amar. Los padres no somos colegas. Somos referentes y educadores». En definitiva, se trata de recuperar el tiempo. Tiempo de calidad, presencia, escucha. Porque, como recuerda Blasco, «los adolescentes no están hechos para crecer solos».

¿Quieres recibir a primera hora del día toda la información de La Rioja en tu e-mail?

* campo obligatorio
To Top