En una sociedad donde las redes sociales son la principal fuente de información para más de la mitad de los jóvenes mayores de 14 años, el discurso de odio se ha convertido en un fenómeno cotidiano, persistente y, lo que es más preocupante, en muchas ocasiones, invisible. Así lo revela el proyecto Hatemedia, desarrollado por UNIR y que después de cuatro años de investigación se ha transformado en un Observatorio Digital del Odio con el objetivo de medir, clasificar y combatir la proliferación del odio en los entornos digitales ligados a los medios informativos.
Las cifras hablan por sí solas: casi 6 de cada 10 mensajes en plataformas como X (antes Twitter) y Facebook contienen algún tipo de odio, según los análisis del proyecto. Además, en los foros de comentarios de los medios digitales, la cifra ronda el 50 por ciento, y de ese volumen, un 63 por ciento está dirigido a colectivos vulnerables como mujeres, migrantes o personas LGTBI+.
Según Elías Said, investigador principal del proyecto, «seguimos asociando el odio solo con amenazas graves, sin embargo nosotros lo analizamos con cuatro niveles de intensidad: mensajes incívicos, malintencionados, insultantes y amenazantes. La mayoría no suenan violentos, pero promueven narrativas cargadas de prejuicios».

Más de 19 millones de datos recabados y más de 9 millones de datos analizados de X, FB y web han permitido saber que «no son bots ni perfiles falsos. Son personas comunes que llevan años muy activas en redes y que operan bajo patrones de publicación muy claros y coordinados», explica Said. «Hemos identificado estrategias como el ‘astroturfing’, donde hay usuarios ‘alfa’ que lanzan mensajes y otros ‘beta’ que los replican». Se trata de una estrategia de manipulación de la opinión pública en la que una organización o grupo utiliza técnicas encubiertas para crear la ilusión de un apoyo popular genuino o de un movimiento de base, cuando en realidad se trata de una campaña diseñada y financiada por intereses ocultos.
Este tipo de discursos de odio no siempre se lanza de forma directa contra los colectivos vulnerables. A menudo, los mensajes se dirigen a periodistas, políticos o medios que funcionan como puente hacia el objetivo real. «Se ataca al periodista o al político por su orientación ideológica, pero el verdadero blanco son las mujeres, los migrantes, o quienes representan cierta diversidad. Es una forma de golpear sin parecer que golpeas».
Las redes sociales —según Said— no son buenas ni malas en sí mismas. El problema es cómo se han diseñado y hacia qué tipo de interacciones orientan. «Las redes no fomentan la diversidad, sino la reafirmación de lo que ya piensas. Yo busco gatos y me dan más gatos. Nunca me enseñan perros. Esto refuerza burbujas ideológicas y estereotipos».
A esa lógica de reafirmación se suma un segundo factor: la viralidad de lo emocional. «La emotividad negativa —como el enfado o el desprecio— genera mucha más interacción que la positiva». Y eso es lo que alimenta el odio.
Además, Said denuncia la falta de transparencia y compromiso de las plataformas: «Desde 2023, X desmontó sus sistemas de moderación. En 2025, Meta hizo lo mismo. Las redes alegan defensa de la libertad de expresión, pero dejan al usuario una tarea para la que no está formado ni preparado», advierte. «No hay una cultura ciudadana digital sólida. La mayoría de la gente no participa, y los que sí lo hacen, muchas veces lo hacen para reforzar esos discursos hostiles».
Una herramienta contra el odio y tres guías para combatirlo
Para combatir esta realidad, el equipo ha desarrollado el Monitor de Odio, una herramienta capaz de detectar y clasificar mensajes según su tipo (xenófobo, misógino, sexual, político o general) y su nivel de agresividad.
«Actualizamos tres veces el algoritmo porque el odio también se reinventa. Hay que acompañar el trabajo automático con supervisión humana. El algoritmo no capta todos los matices, ni detecta eufemismos o insultos encubiertos», explica Said.

Además, el proyecto también ha publicado tres informes dirigidos a docentes, periodistas y medios informativos, para ayudarles a reconocer e intervenir ante discursos de odio. «A un profesor se le enseña a dar clase, no a detectar estereotipos entre su alumnado. A un periodista se le forma para informar, no para moderar espacios contaminados de odio. Por eso queremos dotarles de herramientas y competencias».
Sin embargo, el odio no se queda en X o Facebook. Said y su equipo están explorando nuevos espacios donde los jóvenes consumen contenido: Twitch, Discord, Kick o entornos de videojuegos. «Hay una laguna inmensa de estudios en estos espacios, y sin embargo es donde están los chavales. El odio también circula por ahí, y muchas veces sin ningún tipo de control», afirma.
Por ello, el equipo ha propuesto nuevos proyectos sobre odio oculto, discursos disfrazados y análisis de patrones cortos. El reto ahora es reconocer esos mensajes que no parecen odio a simple vista, pero que refuerzan estereotipos igual.
Según Said, no hay una única solución, pero sí muchas líneas de acción urgentes. «Hace falta una regulación más clara que obligue a las plataformas a participar activamente en la moderación, y no escudarse en algoritmos que solo sirven a intereses económicos».
Además, este experto destaca que hay que desarrollar modelos de moderación híbrida, con algoritmos y personas reentrenados constantemente. Y fomentar competencias ciudadanas para que la gente sepa distinguir qué contenido es fiable y qué no. «Hoy hay mucho contenido pobre en calidad informativa. Por lo que hay que aprender (enseñar) a identificar y reconocer contenido que si aporte críticamente al ciudadano».


