San Millán de la Cogolla ha vuelto a convertirse en el corazón simbólico de La Rioja. Esta vez, sin el frío del año pasado que obligó a trasladar el acto al interior, el sol ha acariciado con calidez los muros del monasterio sin robarle protagonismo a lo esencial: la celebración de una tierra que sabe quién es, de dónde viene y hacia dónde quiere ir. Ha sido, más que un acto institucional, una jornada para alardear de riojanismo: de su cultura, de su lengua, de su historia, de su vino, de sus paisajes, de sus gentes… y, cómo no, también de unas buenas patatas a la riojana y chuletillas al sarmiento. Porque La Rioja se celebra también con el paladar.
En un ambiente festivo, con corrillos al sol, abanicos en movimiento y rostros emocionados —especialmente los de quienes venían por primera vez—, el acto ha sido un homenaje a lo que somos como comunidad. La música de la Orquesta de Cámara de la Rioja Filarmónica ha envuelto con suavidad los silencios, mientras una gran lona blanca ha protegido del sol a los asistentes. En primera fila, todos los presidentes que han sido de La Rioja a lo largo de la historia. Y, sobre el escenario, la voz del actual, Gonzalo Capellán, que ha hablado con firmeza. «Caminamos convencidos hacia lo que queremos ser».
Capellán ha aprovechado su intervención para reivindicar el valor de las convicciones compartidas, esas que nos hacen fuertes y nos unen, y también para lanzar una reclamación que suena tan antigua como las piedras del propio monasterio: más y mejores conexiones para La Rioja. Una tierra que aporta mucho y merece poder desplegar todo su potencial. Su discurso ha combinado memoria, orgullo y ambición, defendiendo que La Rioja, pese a su tamaño, es inmensa en valores. «Solo quien sabe quién es, puede decidir hacia dónde va». Y aquí, ha añadido, lo que todos tenemos claro: somos hijos del Ebro y herederos del español, de la piedra y de la palabra.

SAN MILLÁN DE LA COGOLLA (LA RIOJA), 09/06/2025.- El presidente del gobierno de La Rioja, Gonzalo Capellán (3i), el guionista y dramaturgo Bernardo Sánchez (d), la neurocientífica María Trinidad (2d), la presidenta del Parlamento regional, Marta Fernández (3d); la presidenta del Teléfono de la Esperanza, Magdalena Pérez (2i), y su sustituta en el cargo, Cristina Díez (i), posan tras el acto institucional del Día de La Rioja este lunes en San Millán de la Cogolla. EFE/Raquel Manzanares
El momento más emotivo ha llegado con la entrega de los reconocimientos. El Teléfono de la Esperanza ha recibido la Medalla de La Rioja 2025 por su labor silenciosa, constante y salvadora. «Escuchar es amar», han dicho desde el escenario, reivindicando el valor de la escucha anónima, de los voluntarios que acompañan a quienes no tienen a nadie más. Trinidad Herrero Ezquerro, nombrada Riojana Ilustre, ha subido al estrado con la voz quebrada por la emoción. Ha recordaddo a sus padres, a su Calahorra natal, y a todos los lugares que ha recorrido persiguiendo el conocimiento. Catedrática, académica, médica, soñadora… pero sobre todo, una mujer riojana que nunca ha dejado de hablar bien de su tierra allá donde ha ido.
También ha sido homenajeado Bernardo Sánchez Salas, premiado con el Galardón a las Artes y la Cultura Riojanas. Con su estilo cercano y poético, recordó a su abuela que lo llevó por primera vez al cine, a sus padres, a Teresa, que le cambió la vida en París… y habló de guiones, de luces de teatro, de niebla e infinito. Porque en sus palabras, el arte se siente vivo. Porque como dijo él mismo, aún hoy, se ilusiona «como el primer día» en los ensayos, entre bambalinas, viendo cómo late el escenario antes de abrirse el telón.
El Día de La Rioja ha sido, al final, lo que debía ser: una celebración serena, alegre y profundamente humana. De la Rioja que trabaja la vid, que enseña, que cuida, que crea, que innova. Una tierra moderna que no renuncia a sus raíces, que mira lejos sin olvidar lo que la sostiene. Y que, en días como este, sabe reconocerse y celebrarse. Porque sí: si volviéramos a nacer, lo haríamos, sin dudarlo, una y mil veces en La Rioja.


