El abuelo, sentado alrededor de su mesa camilla, con el brasero encendido a sus pies, se acomoda, se cubre las piernas con las faldas que visten la mesa, y espera a que le pongan su desayuno. Después se irá hasta la pieza para ver si medra el trigo. La pequeña bombilla colgada del cable pelado ilumina levemente el salón, en una escena, entonces, habitual; y que ahora, pasadas las décadas, se califica por costumbrista.
El abuelo espera con calma. Va sin prisa. Porque las horas se las marca el sol, que aún no ha salido por el horizonte. Ajusta la radio, y escucha las noticias que llegan desde Madrid. Aunque sus problemas están cruzando el río a través de un viejo puente que nadie parece cuidar, en las eras de enfrente. Ahí están sus problemas y también su paraíso. Para él está empezando un día más. Saca su chaira. La abre. Pasa el dorso de su filo por su pantalón de pana. Listo. Se acerca la hogaza de pan al pecho. Surgen, entonces, finas lascas de pan duro, que van cayendo sobre el cuenco de leche con azúcar. No habla, tampoco se detiene. Lo hace todo con precisión. Como quien respira. La nata navega por la superficie. «Esto es lo mejor», dice. Sigue pensando en las tareas del día. Luego irá a sacar las cabras, y a mirar cómo están las ovejas recién paridas.

Lasca a lasca, el plato de leche caliente y nata gruesa se va llenando de pan del día anterior. Mete el cucharón, lo renueve para que todo se vaya empapando… Es su desayuno. Siente frío. Se dobla hacia un costado para atizar los rescoldos de la noche anterior. Ya está listo. El abuelo se aplica sus sopas de leche, el desayuno de a diario en un pueblo cualquiera de La Rioja durante el siglo pasado. El desayuno continental, el de los campeones serranos, se deja para los domingos: la rebanada de pan untada con vino y azúcar. «Esto, hijo, es teta de novicia». El nieto no entendía nada, pero pasadas las décadas tiene todo el sentido.
«Lo más bonito de cocinar es poder transmitir emociones a través de un plato». Es lo que siente Ignacio Echapresto, que se esmera en fotografiar una de sus últimas creaciones. Sabe que no siempre sucede lo que ahora mismo está sintiendo. Lo mira por un lado, por el otro. Y asiente de puro placer. «Ha pasado». Y lo que ha pasado es que ha logrado revisar con éxito uno de los platos de la cocina riojana más modestos, menos valorados, y al mismo tiempo más importantes porque las sopas de leche han quitado mucha hambre, han dado muchas oportunidades, han aliviado muchas penas, y han permitido arrancar muchas mañanas de intenso frío. Las sopas de leche.

«Es un plato que refleja las costumbres olvidadas de Daroca de Rioja y de muchos pueblos pequeños y no tan pequeños», apunta Ignacio Echapresto, chef de Venta Moncalvillo, el dos estrellas Michelin -más la estrella Verde- que trabaja en nuevas propuestas como la que ahora presenta. «Acudía el lechero a traer leche fresca recién ordeñada», recuerda el chef. En otros pueblos directamente bajaban a la cuadra ubicada en la parte inferior de las casas -las bestias calentaban el piso superior-, cogían un poco de leche, la hervían ya en la cocina, y comenzaba el desayuno del abuelo.
«Recuerdo cómo los sábados mi madre añadía rodajas de pan del día anterior a esa leche recién llegada y hervida», rememora. «Era nuestro desayuno». El chef recuerda «cómo al hervir quedaba una capa de nata en la parte superior, y con azúcar y pan… ¡Era la ostia de bueno!». «Recuerdo que en el fondo de la cazuela quedaba leche agarrada, caramelizada con sabor a caramelo de leche».
Es un recuerdo que ha querido rememorar el chef con este plato. «Y mis recuerdos son los de muchas personas que cuando prueban estas sopas de leche vuelven a su infancia, a la casa del pueblo, a la cocina económica de leña, a lo cotidiano y a lo sencillo». Es la cocina auténtica de Venta Monclavillo. La de la memoria, la de los costumbres, la del cariño con la que la abuela le calentaba la leche al abuelo, que les explicaba a los nietos que eso que ahora miran con cara de repulsa en unos años será uno de los mejores recuerdos de su infancia, y por tanto, de su vida.


