Hay personas en esta vida que han nacido para ser funcionarios. Pero no funcionarios de ventanilla sino de esos que ocupan altos cargos en instituciones que, a su vez, ocupan monstruosos edificios de Madrid. Tienen cara de funcionario, pelo de funcionario, ropa de funcionario, corbata de funcionario, postura de funcionario, andar de funcionario… incluso agitan los brazos como si llevaran consigo una maleta de cuero carísima que guarda todos los secretos del Estado. Algo así como cuando ves imágenes del 78 y todos los políticos tienen pinta de personas nacidas para ser políticos.
El mejor ejemplo a la riojana es el de Alberto Galiana, un hombre de fe licenciado en Derecho (1994) y Ciencias Económicas (1995). Desde 1997 es técnico de la Administración General y desde 2011 ha ocupado diversos cargos en el Gobierno regional (salvo el paréntesis 2019-2023 en el que gobernó Concha Andreu y la «persona funcionaria» pasó a ser Celso González). Actual consejero de Educación, el pasado miércoles dio una lección en el Parlamento de lo que, al menos para mí, debería ser el discurso político que llenara nuestros telediarios y nuestras sobremesas. Y no ese que justamente criticábamos aquí hace una semana. Si llega a ser un diputado en el Congreso, el asunto hasta podría haberse vuelto viral.
Puede que sus pulsaciones de funcionario se disparen hasta las veintitrés por minuto cuando se pone nervioso y que su voz alcance los cinco decibelios. Esto le ayuda a afrontar cualquier problema del día a día y a que sus rivales políticos estén más preocupados por encontrar un médico que en el enfrentamiento dialéctico. De hecho, no es casualidad que sea el único consejero que mantiene su acta como diputado en el Parlamento, otorgándole el título de «sucesor designado» en caso de repentino fallecimiento o dimisión del presidente Gonzalo Capellán.
A cuenta de los menús escolares (se encontraron larvas de gusano en la pasta integral de las cocinas de ocho colegios riojanos) y los cambios en los contratos, el funcionario Galiana dijo lo siguiente:
Hay que ser humildes en política. ¿Hay que serlo? ¿Es un desideratum? ¿Una idea? ¿Un ideal al que dirigirnos? Por supuesto. ¿Es dificilísimo de conseguir? También. ¿Ahí nos vamos a encontrar? Sí. Decían ustedes: «Usted no ha hecho autocrítica». Sí. A mí me encantaría haber contado con más presupuesto y, por supuesto, me encantaría que esto lo hubiéramos tenido solucionado. No en diciembre de 2024 sino en diciembre de 2023, pero la realidad que me encontré fue incontestable. Y mira, ahí sí que les agradezco que usted ha hecho un atisbo de autocrítica. Y se lo agradezco sinceramente porque me parece también una lección de humildad que yo también me intento aplicar porque la realidad que nos encontramos de ese contrato era mala.
Pero también si me permite un poco de desahogo, cuando yo estuve hace un año aproximadamente aquí ese famoso 28 de diciembre, ustedes no tuvieron mucha empatía con nosotros. No la tuvieron porque desde el minuto uno estuvieron intentando decir como que esa responsabilidad era nuestra y tan solo en una parte muy pequeña porque estábamos aplicando un contrato que ustedes firmaron. Y esa empatía que usted me pide no la percibí tan intensamente en aquel momento aunque sí que es verdad que le creo cuando me dice que usted me creyó. Y créame también a mí entonces en este momento de que mis deseos en aquel momento respondían a la verdad.
Ahora bien, usted me dice que luego el establecimiento de los lotes, esa aspiración de cocina de cercanía y esa búsqueda de empresas pequeñas no se ha materializado. Es lo que tiene la economía de mercado. Yo tengo la capacidad de mejorar las condiciones del contrato para que puedan acceder más empresas, pero yo no soy Kim Jong-un de Corea del Norte que digo qué empresas se tienen que presentar. Y por lo tanto, si estamos en una economía social de mercado, pues evidentemente me reconocerá usted que aunque a mí me hubiera podido gustar que hubiera habido más competencia y que los precios hubieran sido inferiores, pues la realidad del mercado es incontestable. Y es lo que tenemos y ahí también hago una autocrítica, pero también un ejercicio de humildad política porque los consejeros de Educación, aunque tengamos aparentemente mucho poder, tenemos que respetar la ley y las reglas del mercado. Y señores, me alegro de que sea así porque eso limita mi capacidad de equivocarme y también limita los desmanes que pudiera llegar a cometer.
Esto es como en el mito de la Odisea cuando Ulises se ata el palo mayor del barco y dice que las sirenas si no se atan se tira al mar y pide a la tripulación que le ate. Pues a mí me atan la economía de mercado y la ley. Y tengo que vivir con eso. Y lejos de ser un peso yo lo vivo como una liberación y creo que tiene que ser así porque creo en el mercado, creo en la libertad y creo que tengo que mejorar dentro de las reglas que nos hemos dado entre todos.
Palabra del funcionario Galiana, Amén. Por muchas más explicaciones así desde las instituciones públicas.


