El procedimiento por el conocido como crimen de Cuzcurrita encara ya su recta final. Este viernes concluirá el acto del juicio con prueba -para el lunes y el martes restan las conclusiones definitivas de las partes y la entrega del objeto del veredicto al jurado popular-, pero este jueves el tribunal ha podido ver al detalle cómo se desarrolló la reconstrucción de los hechos el pasado 26 de enero en Cuzcurrita del Río Tirón a instancias de la jueza instructora.
Han sido alrededor de dos horas en las que se ha podido ver en el escenario del crimen a los dos acusados de matar a Guillermo Castillo (de 78 años) durante la madrugada del 2 de mayo de 2023: Carlos R. M. (de 38 años) y Antonio G. D. (de 54). Durante aquella fría mañana de enero en Cuzcurrita, los dos presuntos asesinos cruzaron acusaciones, reproches e insultos en presencia de los investigadores de la Guardia Civil, la jueza de instrucción y las diferentes partes personadas en el juicio (Fiscalía, acusaciones particulares y defensas). Pero sobre todo, incurrieron en una decena de contradicciones respecto a lo que dicen que ocurrió en la vivienda de la víctima y lo que la investigación ha podido demostrar que sucedió en realidad.

La Guardia Civil conduce a los dos presuntos asesinos de Guillermo Castillo hasta el escenario del crimen. FOTO: EFE/ Raquel Manzanares.
Cabe recordar que las versiones de los dos acusados son radicalmente distintas: mientras que Carlos asegura que Antonio le acompañó contra su voluntad a la vivienda y atacó sorpresivamente a Guillermo hasta acabar con su vida, este mantiene que en ningún momento se apeó del vehículo en el que los dos procesados acudieron a Cuzcurrita. Por tanto, esa reconstrucción de los hechos -practicada el 26 de enero a instancias de la jueza de instrucción- se ciñe casi en exclusiva a la versión aportada por Carlos -también conocido como ‘el portugués’ por su país de procedencia-, que está trufada de contrariedades que trataremos de señalar en las siguientes líneas.
Las contradicciones en la versión de Carlos
La primera de ellas se produce justo en el momento en el que la víctima abrió la puerta de su casa a los presuntos asesinos, ya que el relato de Carlos y las evidencias recogidas en el lugar del crimen difieren sobre los lugares exactos en los que se produjo la agresión. Las explicaciones de ‘el portugués’ indican que Guillermo retrocedió unos metros en el hall al percatarse de la presencia de Antonio, al que no conocía, y ubica la agresión en torno a un metro de distancia de donde los restos de sangre revelan que ocurrió realmente.

También refiere el reo que, tras los primeros golpes de Antonio, Guillermo logró reincorporarse, algo que desmiente el servicio de Criminalística de la Guardia Civil gracias a los restos de sangre ‘por proyección’ encontrados a baja altura en el hall del domicilio. Estamos, por tanto, ante una segunda contradicción en la versión de Carlos.
‘El portugués’ explica también que la luz del hall de la vivienda estaba apagada en el momento del crimen, pero al mismo tiempo manifiesta que intentó proteger de los golpes a Guillermo hasta que Antonio le mostró -«con cara de loco, ‘desmozao'»- una navaja «de color negro» con la que estaría golpeando a la víctima «por todo el cuerpo». Pues bien, en el cadáver no se apreciaron lesiones más allá de las producidas por puñetazos y patadas. La oscuridad que le impediría ver una navaja negra y el ataque con arma blanca que nunca se produjo supone la tercera contrariedad en la versión de Carlos.
La cuarta discordancia (en este caso, con las propias explicaciones del acusado) también está relacionada con la iluminación de la vivienda. Carlos afirma que mientras se produce el ataque en el recibidor solo están encendidas las luces de las escaleras (al fondo de la estancia) y del salón (al fondo a la derecha), pero cuando explica que acudió a ese mismo salón a buscar objetos de valor «la luz estaba apagada, la encendí yo».

Carlos, con chaquetón blanco, relata su versión de los hechos ante la puerta de acceso al domicilio de Guillermo. FOTO: Guardia Civil.
De ese encendido de luces se desprende una nueva contradicción. Carlos asegura que, para evitar dejar huellas en el interruptor, «tiré pa’lante las mangas de mi jersey», negando en todo momento que usara guantes durante el asalto. Más allá de la dificultad de abrir con esa metodología los pequeños cajones que había en uno de los muebles asaltados, la inspección de Criminalística no solo permitió confirmar el uso de guantes por parte de los asesinos, sino que además debían de ser textiles (no de látex o de nitrilo, pues se habrían roto), semejantes a los mismos guantes que Carlos empleaba en sus labores agrícolas y que llevaba también en su coche.
La sexta disonancia en la versión de ‘el portugués’ aflora al comparar su relato durante la reconstrucción de los hechos con el que ofreció el pasado 4 de noviembre en el interrogatorio de la primera sesión del juicio. Entonces, Carlos explicó que al salir del salón «subí por las escaleras y Antonio y Guillermo seguían allí (en el hall); estaban entrando a una especie de cuartillo (el distribuidor que conduce al cuarto de baño en el que apareció el cadáver), pero no les hice caso».
En cambio, durante la reconstrucción de los hechos el reo señaló que al salir del salón «la puerta de la despensa estaba abierta, me asomé un poco pero no los vi; escuché dos respiraciones fuertes y algunos ruidos, di por hecho que estaban ahí y subí por las escaleras». Es decir, el acusado asegura en una declaración que vio a Antonio introducir a Guillermo en la despensa, pero lo niega en otra.
Las contradicciones en la versión de Antonio
Aunque prácticamente todo el protagonismo de la reconstrucción de los hechos recayó sobre Carlos -al tener que ofrecer más explicaciones al situar a ambos acusados en la escena del crimen-, el breve relato de Antonio tampoco estuvo exento de contrariedades.

La primera de ellas no se sitúa en Cuzcurrita, sino antes de llegar al municipio: en el domicilio de su hermana en el barrio logroñés de La Estrella, donde pernoctaba durante su permiso penitenciario. En el relato de Antonio, Carlos se personó de imprevisto en la vivienda («antes de presentarse en mi casa no nos llamamos», explica a la jueza), si bien los registros de llamadas mostrados por la Guardia Civil durante la celebración del juicio señalan que ‘el portugués’ le llamó desde Laserna -a las 20:42 horas, para ser exactos-, antes de desplazarse en su coche hasta La Estrella.
Ya con ambos juntos en Logroño, Antonio sostiene que emprendieron rumbo directamente a Cuzcurrita del Río Tirón, sin pasar por el ‘narcopiso’ de Lardero en el que compraron droga antes y después del crimen. Aunque el acusado, recordemos, tomó la precaución de apagar su teléfono entre las nueve de la noche y las nueve de la mañana (lo que impide que se le pueda situar físicamente en Cuzcurrita), sí reconoce que viajó en el coche de Carlos como copiloto en todo momento. Y las triangulaciones mediante antenas de telefonía sí ubican el teléfono de Carlos en las inmediaciones del ‘narcopiso’ en un momento intermedio entre la llegada a Logroño desde Laserna y el posterior desplazamiento a casa de Guillermo. Pese a ello, Antonio aseguró durante la reconstrucción de los hechos que «yo no estuve en Lardero, estaría él; vinimos directamente aquí».

Antonio, dando explicaciones a la Guardia Civil durante la reconstrucción del crimen. FOTO: Guardia Civil.
Una tercera contradicción en la versión de Antonio: aunque antes de viajar a Cuzcurrita apagó su teléfono móvil y así lo mantuvo desconectado hasta la mañana siguiente (algo acreditado por la Guardia Civil), el reo asegura que en la parada que efectuaron para «echar una fumadita» durante el trayecto de regreso a Lardero «mi hermana me llamó, pero a mí el teléfono se me apagaba y encendía; luego llamó a Carlos por la radio del coche».
Y otro último hecho discordante entre lo que Antonio asegura que pasó y lo que tuvo que ocurrir realmente aquella noche. También sucedió durante esa «fumadita» en el coche a las afueras de Cuzcurrita. A pesar de las características del brutal asesinato, que implican necesariamente la transferencia de sangre entre la víctima y su agresor, en el interior del vehículo -explica Antonio-, «encendimos la luz» pero no apreció nada extraño en Carlos: «En ningún momento lo vi nervioso; no llevaba guantes, no lo vi sangre ni nada de eso».
Son, por tanto, diez las contradicciones que se pueden identificar en las versiones de los dos presuntos asesinos de Guillermo, para los que la Fiscalía solicita una pena de 27 años de cárcel, que las acusaciones particulares elevan a prisión permanente revisable al tomar en consideración la vulnerabilidad de la víctima. Las defensas, por su parte, reclaman la libre absolución de cada uno de los acusados, al descargar sobre el otro la autoría del crimen.


