El Rioja

Los diamantes en bruto de Sonsierra

Viñedos de Sonsierra es la única bodega de España construida para vinificar vinos de ‘Viñedo Singular’

Félix Mato, presidente de Bodegas Sonsierra, en El Manao, en uno de los viñedos singulares de Bodegas Sonsierra. | Foto: Leire Díez

Es de primero de carrera de Cultura Popular que las mejores esencias se guardan en frascos pequeños. Será por eso de conservar bien el aroma o por mantener la máxima de que menos es más. Porque cuando algo escasea, se revaloriza. Se le da un mimo especial para asegurar su permanencia durante el mayor tiempo posible. Para Félix Mato, presidente de la Bodega Cooperativa de San Vicente de la Sonsierra, las viñas viejas que abundan en este territorio son poco más que diamantes en bruto, algunos sin pulir, que solo deben caer en las mejores manos. Unas que las mimen y les den la atención que requieren.

Fruto de ese afán por tener bajo su amparo los diamantes de la Sonsierra, la Bodega Cooperativa de este municipio monocultivo levantó hace tres años los cimientos de lo que es hoy el museo de esas joyas, no ocultas entre rocas como las piedras preciosas, pero sí invisibles a ojos de la mayoría. Viñedos de Sonsierra se constituye como una bodega con identidad propia donde nueve parcelas ya certificadas como ‘Viñedo Singular’ por el Consejo Regulador de la DOCa Rioja se vinifican bajo unos exhaustivos criterios de calidad para embotellar la máxima expresión de este terruño. Estos son: El Manao, El Rincón de los Galos, Duermealmas, Quitasueños, Las Enlazadas, Gastasuelas, Horizonte Sonsierra, El Muérdago y Soltierra (además de Sonsierra Gran Reserva, Pagos y Perfume, que también tienen cabida en estas instalaciones).

La idea inicial no recaía en una bodega exclusiva para comercializar estos vinos, sino en una bodega experimental donde trabajar con esas uvas de cepas viejas para ver qué resultados daban, aunque solo fuera para conocimiento propio. Pero llegó 2017 y las nuevas categorizaciones de Rioja en busca de esa diferenciación: Viñedo Singular, Vino de Zona y Vino de Municipio. «Así que solo tuvimos que dar un paso más. De ahí que nuestros nueve viñedos fueran de los primeros en ser reconocidos ‘Singulares'», recuerda Mato.

Félix Mato, presidente de Bodegas Sonsierra. | Foto: Leire Díez

Acaban de descargar los últimos 400 kilos de estas uvas singulares desde que el pasado 13 de septiembre iniciaron la vendimia de blanco con el temprano Rincón de los Galos. Los racimos que esperan su turno para pasar ahora por la despalilladora proceden de la finca El Muérdago y, tras un recorrido de despalillado y selección láser, irán a parar a uno de los depósitos reservados exclusivamente para este viñedo funcionando así como una máquina perfectamente engrasada. Con su gas inerte y con la recogida de CO2 producido por la fermentación para soltarlo después por debajo y hacer los remontados antes de pasar a la nodriza, donde se almacena el vino que va de la mano con cada depósito.

«Esto es una verdadera pasada de bodega, dedicada exclusivamente a vinificar las creaciones más selectas de una denominación. Algo, además, único en Rioja y en España que representa el máximo de calidad que se puede alcanzar en el sector. Lo mejor es que aquí se pueden hacer maravillas porque la selección va más allá de la viña y la tecnología empleada es de última generación. La trazabilidad es increíble, aunque así lo fija el pliego de condiciones del Consejo Regulador», remarca Mato.

Félix Mato, presidente de Bodegas Sonsierra. | Foto: Leire Díez

En total, una treintena de estos depósitos de fermentación, que van desde los mil litros (a los que van a parar exclusivamente los Viñedos Singulares) hasta los 12.000, y otros tantos de almacenamiento conforman una bodega con capacidad para 13 millones de litros, aunque por el momento solo elaboran dos millones y medio. Y todo con uvas procedentes de San Vicente, al igual que ocurre con la bodega cooperativa. «Podríamos elaborar hasta 60 vinos singulares de este municipio porque tenemos las viñas suficientes para hacerlo, pero ¿de qué serviría? Al final no se podrían diferenciar unos vinos de otros y en el plano comercial volveríamos loco al mercado», valora el presidente.

De la edad de las parcelas, mejor no hablar. El registro de estos nueve viñedos data del 86, así que una de las condiciones para ser ‘Viñedo Singular’ la cumplen sin objeción. Pero basta con echar un ojo al suelo para corroborar que todo esto es merecedor de un sello. Con esa hierba segada entre cepas plantadas al cuadro y esos brazos que se entrelazan entre sí y que tienen infinidad de nudos y marcas que bien podrían servir para calcular la edad real de la planta. «Y si te pones a contar, aquí salen muchos, muchos años».

El Manao es uno de esos diamantes de Sonsierra. En este caso, su propietario, Emiliano, recuerda que esta viña la heredó de su abuelo, pero quién sabe si fue él y no su bisabuelo quien hincó esos injertos de tempranillo que han combatido en los frentes más duros en tiempos de reinos y revueltas sin que ni si quiera las riadas del Ebro, que discurre a menos de diez metros de la parcela, se los lleven por delante. Es en honor a la historia de esta villa riojana que adquirió privilegios de la mano del rey Carlos II de Navarra, gracias a la valentía de sus habitantes que se enfrentaron a Enrique de Trastámara, que cada uno de los vinos que de estos viñedos sale con un escudo diferente en sus etiquetas.

El Manao, uno de los viñedos singulares de Bodegas Sonsierra | Foto: Leire Díez

Muestra de esa bravura son también los brazos de las cepas que, a día de hoy, se sostienen con valor. Aferrándose a la vida, algunos con ayuda, obviamente, porque los años ya pesan, y nunca está de más echar mano de un ‘bastón’ de hierro para aguantar lo más erguido posible. Es la misma bravura que ha contagiado a sus dueños que, aunque todavía no necesiten un apoyo físico para avanzar, ya van notando en sus carnes el paso de los años. Pero eso no les aleja de su misión: «Lo entienden como una manera de vivir y de mantener vivo aquello que dejaron sus padres para que sus hijos lo puedan disfrutar y cuidar al mismo tiempo. Ellos han recuperado una tierra que valía poco y solo hace falta que los que vienen por detrás le den el mismo valor y la mantengan».

¿Y lo hacen? Pues ahí está el asunto… «Si los que están ahora no ven futuro por ningún sitio, ¿cómo les van a inculcar esa pasión que les movió a ellos a invertir en este territorio? Nosotros invertimos en esta bodega dedicada exclusivamente a nuestras mejores joyas vitícolas y las mejores creaciones porque confiamos en el valor que tiene la zona, singular y diferente incluso a las que le lindan, pero poco nos están ayudando», remarca Mato.

Mientras tanto, el quipo de Bodegas Sonsierra sigue adelante con el proyecto de recuperación de viñas viejas que hace escasos meses el responsable de la cooperativa contaba a este periódico y con el que ya abarcan 53 hectáreas. Hace tres años pusieron en marcha un servicio de arrendamiento y cuidado de aquellas viejas fincas cuyos dueños, sin relevo generacional, no querían despojarse de sus viñas, pero tampoco que se quedasen abandonadas. Y así fue. Gracias a la mano de obra prestada por los propios socios de la bodega. “Queremos mirar a la viñas y seguir viendo historia y patrimonio de un pueblo que no quiere dejar perder su belleza y su signo de identidad, porque lo que hay en San Vicente es único», insistía. Una vez más, Bodegas Sonsierra demuestra su compromiso por no dejar que este buque se hunda con todos sus tripulantes dentro.

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