El Rioja

Sobre cepas viejas y raíces italianas reposa el secreto de Santalba Amaro

Santiago Ijalba junto a sus hijos Laura y Roberto.

Octubre se despide y Santalba Amaro comienza su bazuqueo manual en bocoyes de roble francés por sexto año consecutivo. Hace algo más de un mes que los racimos de tempranillo se vendimiaron en viñas de Gimileo plantadas en ecológico con más de 120 años de antigüedad para pasar a reposar sobre finas cañas de bambú donde pasificarse. Pero no será hasta mediados de noviembre cuando comience la elaboración de esta joya de Bodegas Santalba.

Sosiego y minuciosidad para dar a luz a un proyecto con tintes italianos pero muy riojano, que en 2014 alcanzó su potencial tras varios años de pruebas y errores. Única en la Denominación en el empleo del método de vinificación amarone (procedente de la región de Valpolicella, Verona), Bodegas Santalba aplaude el nivel de calidad y éxito comercial que ha alcanzado este vino que aterrizó en Rioja Alta de la mano de Roberto Ijalba, copropietario de la bodega, gracias a uno de sus viajes al extranjero donde deleitó a su paladar con un amarone tradicional.

Ya lo apuntaba el cabeza de familia a NueveCuatroUno el pasado mes de julio, y es que Santalba Amaro es el resultado del “dejar hacer”, del “confiar en las mentes jóvenes para poder seguir creciendo, una manera de diferenciarse dentro de Rioja”. Y un vino “de volverse locos”, coinciden Roberto y Laura, hijos de Santiago. Aunque la materia prima no sea la de un amarone cien por cien (en Italia se emplean uvas autóctonas que en Rioja no están permitidas), la esencia se mantiene en un vino potente con gran capacidad de guarda.

Roberto Ijalba.

Solo mantiene en común con el supurao la técnica de pasificación, porque el estilo amarone representa vinos secos, no dulces. Pero Santalba Amaro tampoco puede considerarse totalmente seco porque guarda azúcar residual, así que en su casa de Gimileo prefieren denominarlo semi seco. En nariz, motas de ciruela, uva pasa, canela y tomillo («el aroma tradicional»); en boca, muy carnoso, redondo y bien estructurado con acidez, taninos y tintes tostados. El resultado: «Un vino con 15,5 grados de alcohol y bastante capa de color y lágrima que, a pesar del paso de los años, mantiene esa juventud con un tono rojo rubí», destaca Roberto.

Bazuqueos continuos a ritmo de pisadas mientras comienza la fermentación de la uva hasta que, pasadas unas semanas, la cantidad de azúcar alcanza los seis o siete gramos y el vino macera, momento en el que se aprecian las peculiaridades de la pasificación. Entonces lega la hora de prensado y crianza en barrica durante 15 meses. Después, dosificación, embotellado y a esperar unos cuatro o cinco años para lanzarlo al mercado. Es el único vino en bodega inoculado, ya que se emplean levaduras comerciales porque la carga de azúcar es elevada y, por tanto, la fermentación, complicada.

Por el camino se pierde más del 30 por ciento de peso debido a la deshidratación, pero debido a la capacidad de los bocoyes, el vino apenas coge influencia de la madera. Podría ser perfectamente un reserva, pero porta la etiqueta de genérico porque el Consejo Regulador solo permite la crianza del vino en barricas de 225 litros. Los Ijalba tenían algo claro: “Preservar en la medida de lo posible el antiguo método amarone”.

Presente en 32 países y con un nivel de exportación que ronda el 75 por ciento, la bodega comercializa ahora la añada de 2015 y 2016. En las palabras de quienes crean Amaro cada temporada se aprecia ilusión y orgullo por haber depositado la confianza en un vino diferente y único, «porque Rioja no se puede quedar en los crianza, reserva y grandes reservas». «Se trata de innovar, mirar más allá de lo clásico o el viñedo singular, dar más opciones al consumidor. Y es aquí donde aplicamos nuestra pizca de locura en pequeños proyectos que acaban dando sus frutos, como el vino natural, el de sin sulfitos o el Cotas Altas elaborado con garnacha a más de 700 metros de altitud», señala Laura.

La vendimia 2020 ha venido marcada por un profundo desajuste en la producción motivada por la incidencia del mildiu. Santiago asegura que en alguna viña han llegado a perder el 90 por ciento de la cosecha y las cepas de Santalba Amaro tampoco se han librado. “Este año la cantidad de uva destinada al vino se queda en unos 3.000 kilos, mientras que otros años igual hemos hecho 5.000, y de ellos saldrán unas 2.000 o 2.200 botellas». Pero Santalba Amaro siempre sale.

No así otras creaciones de la bodega familiar que por ser este un año complicado en campo se han quedado a las puertas de la vinificación. «De momento se nos han caído tres, el blanco y rosado fermentado en barrica y el blanco reserva», apunta Laura. «Y ahora tenemos entre manos el espumoso de Santalba, donde entra en juego la discusión de si hacer brut nature o semi seco», añade su hermano. La cuestión es no cesar nunca en el intento, algo que la familia Ijalba tiene bien estudiado.

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