El Rioja

Sínodo, el triángulo más ‘singular’ de Rioja

De izquierda a derecha, Roberto Monforte, Gorka Etxebarria y Juan Antonio Blanco en el viñedo singular de Villamediana

La identidad o nombre de una nueva creación merece un capítulo aparte en la conformación del proyecto. Y más cuando no hay un apellido o título por detrás. Que comience la lluvia de ideas. «¿Cómo nos podemos llamar?». «¿Qué nos representa mejor?». «Está todo cogido». O no. Un poco de imaginación y rastreo ‘online’ siempre son una buena opción. Y así es como tres amigos enólogos ponen marca e identidad a su proyecto que aúna vitivinicultura y amistad, porque nunca han dejado de caminar juntos. De ahí su nombre, Sínodo, «el mismo camino».

«El vino lo vendemos realmente por su nombre», bromean. Y es que esa evocación a la mitología griega anima a saber más de este producto sostenido sobre tres pilares. Los caminos de Juanan, Roberto y Gorka se cruzaron en 2001 en una clase del Grado de Enología. Desde entonces, aunque su recorrido profesional ha seguido sendas distintas, la relación no ha hecho más que cuajar. Querían compartir un pequeño capricho, pero sin arriesgar, sin grandes inversiones económicas. “Porque una cosa estaba clara y es que nadie se iba a volver loco con este proyecto como para que la amistad, la base de todo, se viera dañada”.

El equipo de Sínodo en el antiguo calado del siglo XII en Villamediana de Iregua.

Los intereses estaban claros. Solo faltaba materia prima y un lugar para trabajar. Y qué mejor manera que echar mano de lo propio. Con un calado del siglo XII en Villamediana de Iregua sostenido por arcos góticos y una entrada renacentista (propiedad de la familia de Roberto Monforte) y una viña centenaria, la diferenciación está asegurada. Así, este trío de enólogos se adentra en el 2014 en el proyecto vitivinícola de su vida. “Pocos medios y menos recursos, pero un objetivo: elaborar un vino lo más fino posible, con métodos tradicionales y siendo partícipes de todo el proceso de principio a fin”.

El antiguo calado ya quedó para el recuerdo como lugar de elaboración por sus dificultades varias a la hora de lavar los depósitos o embotellar, entre otras tareas. «La ilusión es muy bonita por poder mantener algo por donde han pasado tantas generaciones, pero el sacrificio era excesivo», resalta Juanan. ¿La alternativa? La cooperativa de Ausejo. Allí trabaja desde hace años Roberto y los socios no dudaron en cederle a él y sus amigos un espacio en la nave de barricas para mantener en pie el sueño de Sínodo.

Seis años después, son tres los vinos que lucen la firma en sus etiquetas y dos los que están en camino de hacerlo. La categoría ‘Viñedo Singular’ acompaña a dos de los que ya recorren el mercado y se prepara para representar a otro. ‘Los Tollos’ ha sido el primero en portar la distinción (desde 2017). Asentada en la jurisdicción de Villamediana de Iregua desde 1982 y a 430 metros de altitud, esta viña de tempranillo ha pasado de estar al borde del arranque a ser uno de los viñedos singulares de Rioja.

«Cada vez se protegen menos parajes como este, con viñas viejas de poca producción pero con gran potencial, y es una pena. De aquí apenas sacaremos 900 botellas pero es una uva a la que apenas afectan las enfermedades por su buena orientación, bien despejada y en pendiente», explica Roberto. Y es que el día que toca vendimiar (labor que se queda en familia), la jornada se demora más por el almuerzo que por el tiempo que se tarda en cortar la uva. Ya dicen que esto más que un trabajo es un entretenimiento para pasar tiempo juntos…

De la familia de Juanan en Uruñuela, Sínodo se lleva dos viñedos singulares, ‘Raposeras’ y ‘Centales’ (este último recibirá la distinción a partir de este año) a más de 500 metros de altitud, «pero con unas características muy diferentes en cuanto a ubicación y, por tanto, aromas». La revalorización de las parcelas donde surgen estas viñas siempre ha sido el ‘modus operandi’ de este trío vitivinícola, pero se han dado cuenta de que algunas variedades también merecen un reconocimiento aparte.

‘Sínodo Garnacha Graciano’, procedente de una viña propiedad de socios de la cooperativa de Ausejo, es la última creación que ha saltado al mercado (en 2018). Una producción de 2.500 botellas de una mezcla varietal «inusual», comercialmente hablando. Pero el triángulo no se acomoda y busca experiencias. ¿Por qué no un blanco? Ahí está. Viura de viñas al vaso seleccionadas en Ausejo con una fermentación y crianza en barrica. Para su primer año basta con tres barricas para ver el resultado.

¿Cómo es la inmersión en el mercado para unos vinos sin una trayectoria detrás? “Que responda el químico”. Y ahí está Gorka. Tiene claro que, como en todo, la diferenciación es la clave del éxito: “Lo que buscamos en un vino es que, además de esos aromas e intensidad que invitan a beberlo, sea identificable. Es decir, que refleje la historia de esa viña, plantada en una zona concreta y con una edad determinada, porque al fin y al cabo son viñas nuestras o que asesoramos con nuestros criterios. Es justamente el concepto de ‘terroir’ en lo que creemos a ciegas”.

Y así avanza Sínodo, en marchas cortas porque el proyecto no está adaptado a grandes sueños, pero sí a unos que permiten disfrutar, experimentar, preservar valores y aprender. Todo ello de la mano de la confianza y seguridad que otorgan las buenas compañías que perduran en el tiempo porque, como en la viña, los buenos vinos salen de las cepas viejas.

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