La Rioja

Adriana y Alicia: dos mujeres inusuales en La Rioja rural

A veces la pasión e ilusión por algo supera con creces el nivel de inconvenientes o la falta de confianza ajena que alguien puede recibir. Hay quienes lo afrontan como un reto y de una dificultad son capaces de lograr un éxito, como es el caso de dos mujeres que decidieron apostaron por vivir y trabajar en el medio rural riojano. Lo más destacable, las profesiones, casi en extinción,  que eligieron como forma de vida.

El mundo de la cantería siempre fue el sueño de Adriana Díaz, así que desde que estudió Bellas Artes nunca ha dejado de lado la talla en piedra, a pesar de ser varias las veces que desistió de continuar con su proyecto. Veinte años después, dispone de su propio taller en la localidad de Ojacastro, aunque critica que el sector no está nada equilibrado en cuestión de género. «Somos una figura muy esporádica, por eso nos tenemos que hacer valer más que ellos, porque nos ven débiles, y el cliente a veces también prefiere sus servicios a los nuestros», sentencia la cantera. «Antes en la ferias, se acercaba la gente y me preguntaba si vendía collares. Al final es una cosa que les choca bastante», añade como anécdota.

Díaz, madre separada con cuatro hijos, tres de ellos a su cargo, insiste en la necesidad de combatir esos roles de género para que las nuevas generaciones «no tengan que luchar tanto en el medio rural, porque además los pueblos son muy cerrados en estos asuntos». A pesar de ello, asegura que la conciliación laboral y familiar no ha sido un gran problema gracias a la facilidad de coordinar los horarios del taller con los de sus hijos.

Actualmente, esta cantera dedica sus días a elaborar vajilla de piedra para el restaurante Echaurren de Ezcaray, entre otros clientes. «A Francis Paniego le gustó la idea de emplear platos de piedra de río para presentar sus truchas, o de madera de olivo para ofrecer catas de aceite», recuerda Díaz.

A casi noventa kilómetros desde Ojacastro se encuentra Ortigosa de Cameros, donde Alicia Fernández también reivindica su papel de mujer rural a través de su reciente quesería ubicada en el monte. «Jamás me he sentido discriminada, ni en el trabajo ni en mi casa -apunta-, sino que el verdadero problema a la hora de conciliar se concentra en la logística y las dificultades de vivir en un pueblo».

Valores diferentes

Con una niña y a la espera de otro bebé, Fernández no duda en que el hecho de crecer en un entorno diferente ya les hace defender unos valores diferentes. «Lo importante es que puedan decidir lo que quieren hacer y dónde, que tengan herramientas para lograrlo con las garantías de que va a ser posible», recalca. Aprovechando la instalación ganadera que gestiona su pareja, ella asegura que supieron aprovechar la oportunidad de negocio porque en la sierra del Camero Nuevo carecían de un comercio similar. «La ganadería de carne sí que está más extendida, pero la lechera conlleva un mayor esfuerzo y trabajo», manifiesta la gerente de la quesería.

Además, otro de los inconvenientes que Fernández destaca es la falta de apoyo institucional. «Tú te centras en que tu negocio prospere pero la Administración no va contigo de la mano y la inversión para instalar una quesería se encuentra entre los 100 y 120 mil euros», señala. Por otro lado, también se encuentra con obstáculos a la hora de acceder a determinadas ferias, «como la de Munilla, donde parece que priorizan a los de fuera que a los que ofrecen productos autóctonos».

Dos mundos geográficamente alejados pero muy vinculados por los valores que defienden. Una unión que se consolida gracias a Federación de Asociaciones de Mujeres Rurales (Fademur), «una herramienta necesaria de promoción, pero sobre todo de apoyo entre mujeres», asegura Díaz.

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