El Rioja

De la patera a la viña pasando por el duro asfalto de la ciudad

La vendimia sigue su curso. Miles de agricultores y temporeros madrugan cada día para ir a trabajar a todas las viñas que pueblan la región de La Rioja. Pero todavía sigue llegando gente que quiere faenar en la vid durante esta temporada. Este martes, sin ir más lejos, ha llegado hasta Logroño un autobús con más de veinte temporeros a bordo, con la esperanza de poder completar esta vendimia.

Bajan del autobús con una sonrisa en la cara, cruzando los dedos para poder encontrar trabajo en pocos días y seguir así con sus vidas. Y es que muchos de ellos van sobreviviendo con los euros que ganan con estos trabajos esporádicos, no saben lo que es ahorrar y, lo que es peor, algunos no saben lo que es tener una casa.

La sonrisa se difumina en el momento en el que se juntan con otros compatriotas que ‘residen’ estos días en la explanada principal de la estación de autobuses. Caras de desesperación, hartazgo, tristeza y, sobre todo, mucha decepción. «Llevo aquí cinco días, esperando a que venga a recogerme mi jefe en una furgoneta. Me había prometido trabajo y comida y aquí estoy, durmiendo en el suelo y muerto de hambre», cuenta a NueveCuatroUno un joven senegalés.

Los peones se van agolpando en un par de bancos laterales de la puerta de la estación. Bolsas, maletas, mochilas y un sinfín de bultos que traen desde Lérida, de donde llega la mayor parte de los viajeros del último bus que ha aparcado en la terminal.

El sentimiento más destacado es la desconfianza. Nadie quiere hablar. Sienten miedo y no expresan exactamente a qué. Pero sus temores son reales. Nadie les conoce aquí, su familia vive lejos, pero no se fían. Algunos huyen al descubrir la presencia de periodistas. Solo unos pocos sonríen.

Uno de ellos es Moussa, un maliense de 53 años que acaba de llegar de Cataluña, donde ha estado trabajando durante el último mes en la recogida de la fruta. «Cinco años llevo en España», me cuenta. «Toda esta gente trabaja de ciudad en ciudad, pero para mí es mi primer año». Moussa relata apenado que antes trabajaba en una fábrica de agua en Mallorca: «Estaba bien, vivía en un pequeño piso con mi cuñado y otros dos compañeros. Trabajábamos mucho, pero las condiciones eran buenas y el jefe nos cuidaba».

En cuestión de segundos sus ojos comienzan a ponerse brillantes. Un mal recuerdo le viene a la mente: «Un día un señor con corbata vino a la fábrica. Nosotros no sabíamos qué pasaba, pero notamos que las cosas no iban bien. En menos de una semana la empresa cerró y nos fuimos a la calle».

A partir de ese momento, lo que para Moussa era una vida relativamente tranquila se convirtió en un caos. «Mi mujer y mis cuatro hijos siguen en África. Ahora mismo estaba hablando con ella para decirle que acabo de llegar a un pueblo a buscar trabajo. Antes podía mandar dinero a mi familia pero ahora ¿qué? Llevo un año trabajando muchas horas y ganando lo justo para llevarme algo a la boca», explica.

«Así estamos todos», grita de repente un joven. Se trata de Oumar, otro senegalés que habla muy rápido y parece algo nervioso. No lo duda un segundo y empieza a contar su historia. La primera frase advierte de la crudeza de su discurso: «Yo nunca he dormido en una cama».

Un trágico viaje

23 años, alto, y con un llamativo corte de pelo. Su relato comienza y lo que podía parecer que iba a ser una historia dura se convierte en algo peor. «Hace tres años me subí a una patera con mi cuñado, que era mi mejor amigo. Queríamos salir de Dakar. La vida era muy mala y pensamos que todo lo que fuera salir de allí sería mucho mejor», detalla.

Pero, ahora, tres años después, sigue sin saber lo que es una cama e incluso ha pasado varios días sin comer. Su amigo y cuñado murió en sus brazos, durante el viaje en patera. «Era de noche, todo parecía ir bien pero una fuerte tormenta tumbó la barca y caímos al mar. Nos salvamos todos menos mi cuñado y otro joven que viajaba con nosotros».

Tras muchas idas y venidas acabó en Cádiz, donde «he estado vendiendo cosas por la calle: collares, gafas y muchas cosas más, pero eso tampoco daba para vivir». Oumar llega ahora de La Coruña, donde lleva malviviendo dos meses: «Aquí me han dicho que hay trabajo, así que aquí estoy, ¿dónde está la uva?».

Moussa y Oumar son dos ejemplos de los cientos de historias que conviven estos días en la estación de autobuses de Logroño. Personas que llegan con la esperanza de algo mejor, aunque ‘mejor’ no signifique ‘bueno’, pero más próspero de lo que ya tienen. Personas que solo quieren trabajar para sobrevivir. Personas que, si no encuentran nada en La Rioja seguirán viajando hasta, probablemente Jaén, donde está a punto de comenzar la recogida de oliva. Y si allí no encuentran un mínimo de certidumbre, volverán a coger las pocas cosas que tienen y seguirán caminando hacia algo desconocido pero esperanzador. Es la otra cara de una vendimia que algunos ya han calificado de ‘Excelente’.

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