La Rioja

La Rioja ‘con altura’, o cómo explorar lo inexplorado

¿Sabéis esa sensación en la boca del estómago cuando vas hacer algo nuevo y desconocido? Esa sensación se pasa cuando tienes que madrugar para viajar desde Logroño hasta Haro porque has quedado a las 7.00 de la mañana con el grupo de la XIX Regata Internacional de Globos Aerostáticos ‘Crianza de Rioja’.

Cuando llegas todavía es de noche y empiezas a conversar con los demás pasajeros para buscar la empatía en primerizos como tú. Así, hablando con uno y con otro mientras ves amanecer parece que te contagian de entusiasmo y el miedo se disipa. Oyes a una mujer que dice que ha intentado volar en globo muchas veces, pero siempre han surgido contratiempos; descubres que un matrimonio de Calahorra sufre unas horas de separación porque ella no se va a subir. “Me da pánico, pero para él es su sueño” dice refiriéndose a su marido. Y un poco más lejos, un matrimonio logroñés de unos 70 años se encuentra un poco más separado del grupo haciéndose fotos. También es su primera vez y están entusiasmados. “Ya lo intentamos en la Capadocia, pero no pudo ser” dice la mujer. “Haro nos pilla más cerca” bromea él. Les miro y no puedo evitar que me venga a la cabeza el matrimonio de la película infantil de Disney y Pixar ‘Up’. La casa flotando con los globos hacia las Cataratas del Paraíso donde una de sus frases es ‘¡Hay que explorar lo inexplorado!’

Y así vamos, a explorar una experiencia nueva. De la mano de Óscar Ayala, presidente del Club Riojano de Aerostación, nos dividimos en diferentes globos, nos explica las medidas de seguridad y ayudamos a crear ese gigante de 37 metros de altura, unas diez plantas de alto: el globo aerostático. “¡Rápido, subid a la cesta!” nos grita Óscar y en menos de un minuto estamos despegados del suelo.

Ya está. Esa tensión ha pasado. Los músculos se relajan y la mente se tranquiliza. Volar en globo no se trata de una actividad de adrenalina, sino de todo lo contrario. Ahora solo queda flotar. La sensación es de bienestar, te sientes cómodo. Desde tan arriba, entre unos 900 y 1000 metros, los problemas se ven tan pequeños y tan lejanos que sólo respiras paz.

La vista es el sentido que más disfruta. Vemos los colores y matices que ofrece el paisaje de La Rioja alta. Haro y sus alrededores. El cielo y las nubes. Los múltiples globos multicolores que invaden el cielo. Todo es un espectáculo. A intervalos se escucha el rugido de los quemadores, pero durante el vuelo reina el silencio. Los pasajeros estamos disfrutando de un sueño cumplido.

“Una vez me estaba quedando sin gas y tuve dos opciones: jugármela en aterrizar en el centro de Haro o en la carretera; obviamente elegí la carretera”, me cuenta Óscar mientras esboza una sonrisa. Finalmente, aterrizamos cerca de Bañares. Maniobra de aterrizaje, todos a una, como grupo que ha compartido experiencia bajo el mando de Óscar. Tomamos tierra sin problema. Y con menos problemas en la cabeza que cuando despegamos.

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