Gastronomía

Comer como un cura (de los de antes)

El Monasterio de Valvanera me provoca nostalgias de la infancia, recuerdos de primeros viernes de mayo con flores a María (muchos años después, frente al pelotón de fusilamiento, había de comprender que ni «porfía» era un nombre femenino ni madre nuestra es).

Un lugar remoto y cercano, entre dulces arroyos y frondosas repeladas a los pies de la Demanda, que las nieves de días pasados han convertido en postal. Unas lajas desprendidas de los riscos y la soledad y el silencio en esta fresca y clara mañana de febrero dan a la excursión cierto aire de aventura y misticismo.

Lo primero será saludar -buenos días, padre-, para que se note que hemos ido a colegio de pago. En la recepción de la hospedería nos recibe Andrea, un sacerdote joven y simpático, italiano con el habla argentina que nos cuenta que son cuatro los monjes del Instituto del Verbo Encarnado quienes ahora están al frente del apartado lugar, después de un milenio a la orden de los benedictinos.

Nos dice que entre los cuatro se apañan, con la ayuda de dos cocineras y otro par de muchachos, para dirigir el albergue (a cuyo interior están dando una manita de pintura), llevar la cocina (Dios está entre los pucheros, dijo la santa de Ávila), segar el pasto, bajar a Logroño al «cash & carry» o acercarse al Ikea para renovar mobiliario. Sin faltar a su cita con las horas canónicas desde que a las cinco y media comienzan a entonar laudes y maitines (al que madruga…). Y, sí, en efecto: el prior, el padre Agustín Prado, se ha hecho con una tabla de «snowboard».

Tras la visita al camarín de la Virgen, patrona de La Rioja, sorber las frescas aguas de la Fuente Santa donde una vez bebió Isabel la Católica y acercarnos con temor a resbalarnos hasta la ermita del Cristo, la hora de la verdad: el refrigerio.

Los caparrones

Nos inclinamos por un menú ligero, de dómine Cabra. Por orden de desaparición, que diría Abraham García, el de Viridiana: Caparrones, de primero. Con sus sacramentos y sus guindillas en vinagre. Ración contundente. Salsita espesa. Santos. De segundo, cordero -tal vez pascual- guisado, abundantes tajadas, tierno y doradito. Lástima, ¡ay!, que las patatas fritas fueran congeladas. Pecata minuta, pero en este aspecto me declaro indubitadamente preconciliar.

De postre, cuajada; con miel, claro, que por algo la Valvanera se apareció entre panales. Pan y vino, eso es sagrado. Café y chupito (de Licor de Valvanera, por supuesto, que en mesas más finas llaman «Bénédictine»). Hemos comido como curas. Como curas de los de antes, de los de pueblo o de película de Berlanga.

El corderito

El corderito

Pasan las horas en amena charla y en paz y Gracia de Dios, pasan los peones camineros (ahora reciben otro nombre) en sus camionetas, pasan las rapaces en su vuelo rasante… Es hora de regresar. Atrás quedan cuatro frailes perdidos entre las montañas, lejos del mundanal ruido; cuatro almas boquiabiertas ante la magnificencia de la Naturaleza, esa prueba que la fe no necesita para asombrarse de la Creación. Pero hemos de volver, y a no tardar. Amén.

La «dolorosa»: 16 euros de vellón por boca

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