El Rioja

Las legendarias comportas de López de Heredia

La estampa de los trabajadores de López de Heredia llevando la uva a la tolva en comportas es singular. Toda una tradición

Resulta curioso ver el lento y ordenado deambular de los operarios de López de Heredia por el patio de la bodega transportando la uva que llega de la viña. Cuidadosamente dispuestos formando una fila de comportas, en una disposición que lleva repitiéndose desde que en 1877 se fundara la bodega por Rafael López de Heredia y Landeta.

Algunos de ellos con multitud de cosechas a sus espaldas… Pero ahí siguen ellos, orgullosos de los racimos que traen a casa, «mira, mira», me dice uno mientras me enseña los racimos con los que se hará el Viña Tondonia, «¡mira qué uva viene este año!». Y se entiende, porque en las comportas transportan algunas de las mejores uvas de Haro, lo que equivale a decir algunas de las mejores uvas de La Rioja.

En boca de Pedro López de Heredia, el legendario patriarca, la vida en octubre cambia en la bodega. Así lo contaba: “Durante la vendimia, la bodega de López de Heredia vive un trepidante ritmo de trabajo, perfectamente organizado, para poder acoger sin ninguna dilación la uva que llega en los remolques de los tractores, cargada en las comportas, con objeto de que no se produzca ningún retraso en el comienzo de la vinificación, ya que esa espera podría dar lugar a fermentaciones muy perjudiciales en dichos recipientes”.

Y en ese trajín de comportas y uvas en dirección a la tolva, Jose Mari Sáez, tonelero de la bodega y padre de la mayoría de ellas. Porque es él, junto al otro tonelero Juan Ramón Urraca, quien doma las duelas de chopo terrero con las que se construyen, las somete, las ensambla y termina la labor de darles su peculiar forma troncocónica.

El nombre de comportas o comportones viene, me cuenta Jose Mari, «de cuando se compartían entre dos personas para poder manejarlas con mayor facilidad. Se abrazaban a ellas uno por detrás y otro por el culo y así las subían y bajaban. En principio eran comportones, pero como esta madera es muy frágil no era raro que se rompieran por la base, entonces se cortaban para arreglarlas y se hacían más pequeñas».

La razón de su forma llega buscando el máximo cuidado de la uva en su transporte de la viña a bodega. La depositada en el fondo apenas sufre el peso de la superior, con lo que el riesgo de la rotura de la baya y, por tanto, de la pérdida de sanidad y de fermentaciones indeseadas se reduce. «Las utilizamos sólo en vendimia, cuando acaba se limpian y se guardan. Tienen una capacidad de unos 100-110 kilos, pero no se llenan más allá de 80; pesan unos 15 kilos porque el chopo es ligero y para unir las duelas, que suelen ser unas 25 más anchas por arriba y estrechas por abajo, se utilizan 6 anillos», detalla el maestro tonelero.

Ya prácticamente no ocurre, pero en las antiguas bodegas cuando alguna daba muestras de fatiga se echaba al río para que se hinchara la madera y darle una segunda juventud. La madera de chopo es floja y a veces se rompen porque «en vendimia llevan mala vida». Un martillazo por aquí, un ajuste de anillos por allá, ¡y a por la próxima añada!

«En López de Heredia tenemos unas 700 comportas y renovamos cada cosecha unas cuantas, este año hemos estrenado casi 80. Nuestra bodega siempre ha respetado mucho las tradiciones y traer los racimos así es una de ellas, pero además tiene efectos muy buenos como el cuidado de las uvas y el aporte de las levaduras indígenas que se alojan en la madera. Todo ayuda a hacer las cosas de forma lo más natural posible», apostilla Jose Mari. Y así llevan 141 años en el Barrio de la Estación de Haro, y los que quedan…

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