El Rioja

Al pie del cañón a sus setenta y tantos, con la viña siempre en la cabeza

Compartir unos vasos de vino con estos decanos que han visto crecer esta tierra y la han hecho grande es toda una gozada

Con más de 60 vendimias a sus espaldas, Alfredo Valgañón lo ha visto todo en sus viñas de Villaseca. Como afirma con un deje de nostalgia, «no he salido del campo en toda mi vida». A los 13 años acompañaba a su abuelo y a su padre al viñedo, ahora superados los 70 se lo toma con más calma. Son otros tiempos… «Ahora voy con mi tijerita y hago lo que me da la gana, o lo que me hija me deja, pero es que esta chiguita me va a volver loco. ¿Te puedes creer que deja hierbas en el campo porque dice que es mejor para la uva?».

Y es que recién cumplidos los 73, Alfredo ha pasado el testigo a su hija Berta -que ha emprendido un nuevo proyecto en Cuzcurrita, Bodegas Pretium-, aunque sigue viviendo en el pueblo junto a sus viñas. Ya no baja con la mula a Haro a vender la uva, ni siquiera se acerca con el remolque a Tirgo para dejar la cosecha en la Cooperativa de Tarón, ahora se arrima por la mañana al campo y echa un ojo. De vez en cuando saca su «instrumental» y corta por aquí y por allá lo que bien le parece, las labores duras del campo las deja «para los jóvenes». Eso sí, cuando llega octubre tira de corquete como el que más. Bien hecho.

«Yo he llegado a vendimiar el 11 de noviembre, por San Martín. Muchos días hacía un frío tremendo al llegar al campo, pero había que dejar la uva hasta tan tarde para que cogiera grado. Antes era mucho más duro, sobre todo por la carga y descarga, todo se hacía con comportas y había que subirlas al carro. Y luego hasta Haro, me acuerdo que como calentara el sol al volver a casa todos los cellos estaban en el culo del remolque y, antes de volver a cargarlos de uva, teníamos que arreglarlos». Son los años cincuenta.

Estamos en los sesenta y se produce la revolución en el campo, todo cambia con la llegada de los tractores, «aquello fue tremendo porque hubo que hacer una inversión muy grande y mucha gente decidió vender por no poder pagar la maquinaria. La uva en aquellos tiempos no daba muchas perras, igual era una décima parte de lo que entraba en casa, no como ahora que es de lo que muchos vivimos. Se cuidaban mucho menos: una mano de sulfato que hacíamos en casa por San Pedro y listo, las viñas se quedaban azules como el cielo. Por la zona de Sajazarra mandaba el cereal. Además la parcelaria hizo que se arrancara mucha viña vieja y pequeñita, de la buena, para hacer fincas más grandes».

«Mi padre nunca quiso coger el tractor y a mí me daba igual. Sólo tenía 17 años y no podía conducir, pero como me lo mandaba mi padre… Lo malo era que más de una vez me pillaron los guardias, pero como mi padre era el alcalde del pueblo hacían la vista gorda, aunque de la bronca no libraba». Tiempos difíciles para andarse con chiquitas, «más de una vez bajamos a Haro a vender uva a las 5 de la mañana con el tractor cargado hasta los topes y entrada la noche nos volvíamos a casa con el remolque lleno; no sé, igual el grado o que tenían los almacenes hasta arriba de uva, vete a saber. Para casa con el «recao». Teníamos que limpiar algún lagar viejo o pedir prestado uno y allí echábamos la uva. Hacíamos vino y luego en Navidad intentábamos venderlo por ahí».

Así empezaron algunos de los grandes bodegueros de Haro. «Yo he visto cuando bajábamos a Haro a Isaac Muga en la calle de la Ventilla con la bata y vendiendo sus garrafones de vino, luego construyeron bodega y la cosa cambió, pero sus comienzos fueron así. Estaban Tondonia, Bilbaínas y Gómez Cruzado que me acuerde. CVNE ha sido de siempre una de las que más kilos de uva movía, y también andaba por ahí el famoso Paternina. Martínez Lacuesta trabajaba mucho con sus vermús».

En los años setenta había mucha picaresca. Hablamos casi de economía de guerra y unos duros de más o unos de menos suponían mucho: «Me acuerdo una vez descargando en López de Heredia, un amigo se acercó y me dijo que el del pincho andaba justito de dinero, que cuando subiera al carro para pinchar las uvas para el mosto le dejara 100 pesetas un poco escondidas. Antes no medían ni la acidez ni el pH, sólo el grado. Mecagüen…, ¡qué artista!, con la bolsa llena iba diciendo que aquellas comportas de Villaseca eran de lo mejor».

Otro mundo era la vendimia. Los temporeros, la gente que venía a trabajar avanzado septiembre. «Buffff… los he visto de todos los pelajes, buenos y menos buenos. Muchos gitanos y andaluces al principio, ahora llevan viniendo a casa desde hace 22 años una familia portuguesa. Hay un andaluz que me sigue llamando todos las Navidades, Primitivo se llama, que me decía que venía por no estar con la mujer, que estaba mejor sin ella… Hubo otro que cuando le decía para firmar en el registro daba largas, hasta que al final me dijo que estaba en busca y captura, y que él no firmaba ahí. Muchos años traíamos frailes de La Salle y Maristas, estudiantes de cura y magisterio porque en los años sesenta no había mano de obra».

«Lo mejor era el almuerzo en la viña. El rancho de patatas, y cuando se mataba la oveja para los caparrones, ¡qué comilonas con el porrón de clarete! Pero por la tarde otra vez a trabajar, hasta que se pusiera el sol». Los veteranos iban a lo que iban, a trabajar, pero las mozas y los mozos sabían buscar su momento cuando no los vigilaban: «El agarejo lo llamábamos, sí, sí, el agarejo. Muchos mocetes se manchaban la cara con uvas tintoreras y luego las más bravas aparecían por ahí con todo el pecho negro, ya me entiendes… Aquí venían dos chicas de Santurdejo que eran amigas de mi hermana porque decían que se lo pasaban de maravilla vendimiando, eran otros tiempos».

Así eran aquellos años, por la noche a dormir y a descansar para el día siguiente, aunque había de todo. «Recuerdo una cuadrilla de Cerezo de unos 20 trabajadores que traía mi amigo Cubillas, del Ternero, que daban con todo. Me contaba que les dejaba para dormir el garrafón de cántara para que echaran un trago si tenían sed y a la mañana siguiente aparecía seco. Eso sí, luego en el campo cumplían como si nada».

Y, como siempre, la familia que echaba una mano en los pequeños majuelos de la zona. Llegaba el fin de semana y las familias arrimaban el hombro. Hoy por ti y mañana por mí, «te juntabas para vendimiar con tus hermanos, tus primos y los amigos, quien pillaras era bien recibido. En la cooperativa tuvieron que cortar la recogida de los sábados y los domingos, porque aquello parecía la Gran Vía, filas enormes, colas de tres días. Era tremendo aquello».

Se acaba la botella, miradas de complicidad… ¿Echamos otra? Si por él fuera seguiría contando historias y más historias, pero quedan pendientes para la próxima. Gente como él son los que han hecho posible La Rioja del siglo XXI. Cuenta mucho, calla más. Pero es toda una gozada compartir unos vasos de vino con estos decanos que han visto crecer esta tierra y la han hecho grande. Al pie del cañón a sus setenta y tantos, con la viña siempre en la cabeza. Ellos son así, gracias Alfredo.

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