Dalma y Wayra no paran de jugar. Se buscan, se mueven inquietas y en cuanto les ponen agua beben para coger fuerzas y seguir con el juego. Mientras, Nacho Ruiz y Rubén Alesanco sonríen al hablar de ellas. Una es todavía una recién llegada, con apenas dos meses de convivencia; la otra forma parte de una historia más larga, la de Rubén, que lleva 23 años caminando con perros guía. Son dos animales nobles, sociables y juguetones que han entrado en una casa, en una rutina y, sobre todo, en una familia.
Pero basta con que llegue el momento de trabajar para que todo cambie. Es ahí cuando el juego deja paso a la concentración. El cariño sigue intacto pero la responsabilidad aumenta. Porque Dalma y Wayra no solo acompañan, sino que ayudan a esquivar obstáculos, marcan bordillos, buscan pasos seguros y permiten a sus usuarios moverse con más tranquilidad por una ciudad que ellos deben llevar antes en la cabeza. «Con un bastón sales a desplazarte y con un perro guía te permites el gran lujo de pasear», explica Rubén.

La Rioja cuenta actualmente con ocho perros guía en activo. Jorge Valle lleva casi todo su vida dedicado a ellos. «Soy instructor en movilidad con perro guía de la Fundación ONCE». En la escuela está a punto de cumplir 30 años y como instructor suma ya dos décadas. «Es el trabajo de mi vida porque une dos cosas que siempre han caminado juntas para mí: la labor de poder ayudar a los demás y mi pasión por los perros».
Su trabajo consiste en preparar perros para que personas con una discapacidad visual grave «puedan moverse por nuestras calles de una forma más segura y fluida». No es un proceso sencillo, tampoco rápido. Cada uno de los animales pasa un largo camino antes de llegar a la mano de su usuario. La formación puede durar entre 22 y 24 meses. Antes hay una selección genética, un periodo de crianza, socialización con familias educadoras y después el entrenamiento específico. «Hay un proceso de cría exhaustivo. Primero se estudian los cruces más adecuados y después comienza una etapa clave: el proceso de socialización completo durante un año en una familia de acogida. Nosotros no empezamos a entrenar al perro como tal hasta que tiene 14 meses».
Confianza mutua
Rubén es ciego de nacimiento y Wayra es ya su tercera perra guía. Antes tuvo otras dos y sabe muy bien lo que es pasar del bastón al perro. «Al principio no lo tenía claro, tenía dudas por los cambios en casa, por la responsabilidad y por la convivencia. Aunque por otra parte pensaba que el animal me iba a dar más seguridad y acerté». Hoy Wayra es parte de la familia. «Diles ahora a mis hijas que estos perros no son suyos. Se quedan sin padre antes que sin perro», explica riendo.
Pero no todo es coser y cantar. «La gente piensa que le dices al perro ‘Llévame a la panadería’ y te lleva». Sin embargo Rubén señala que la persona debe saber dónde va, qué calles tiene que tomar, cuándo girar, por dónde cruzar y cómo orientarse. «El perro localiza obstáculos, busca un paso seguro, se detiene si algo no está claro y evita riesgos, pero nosotros tenemos que llevar la ciudad en la cabeza».

Nacho Ruiz está aprendiendo ahora esa nueva forma de caminar. Su ceguera fue sobrevenida. Hace 15 años empezó con problemas de visión, hace una década perdió prácticamente el ojo derecho y en el izquierdo conserva un pequeño resto visual. Lleva apenas dos meses con Dalma, su perra guía, así que todavía habla con la prudencia de quien está en pleno proceso de adaptación.
«Es un salto. Aún me estoy acostumbrando a ir con la perra, pero es un poquito la libertad de que ya hay alguien que te ayuda. Con el bastón eres tú solo el que te vas guiando, el que vas manejando, el que vas intentando esquivarlo todo». Con Dalma, en cambio, empieza a confiar en que ella le evite obstáculos. «Es una ventaja bestial».
Eso sí, la confianza no aparece de golpe. Hay que entrenarla y construirla en cada paseo. «Yo creo que es recíproco: yo confío en ella y ella confía en mí». Nacho todavía va «con un poquito de miedo» cuando entra en lugares complejos, pero cada día nota más tranquilidad. «El recorrido se lo marcas tú, pero el evitar que tengas accidentes lo hace ella».
Para llegar a ese punto, antes hay un curso de adaptación. Jorge Valle explica que no cualquier persona con discapacidad visual puede tener perro guía. Es un servicio social gratuito de la ONCE, pero muy demandado, con una lista de espera que actualmente supera los cuatro años. Para acceder a él hay que estar afiliado a la ONCE, ser mayor de edad y pasar una serie de valoraciones. Hay un requisito fundamental: «Lo más importante es tener una movilidad con bastón adquirida. Nosotros no podemos dar un perro guía a una persona que no sabe moverse con un bastón».

Después llega el gran cambio: pasar de un objeto a un ser vivo. «Es transferir esa confianza. Con el bastón, tú eres el responsable, es un elemento de movilidad excelente, pero de repente tienes que transferir esa confianza al perro. Y es un proceso que no se hace en un día».
No le acaricies, está trabajando
El vínculo con un perro guía tiene ternura, pero también exige responsabilidad social. Porque Dalma, Wayra y el resto de perros guía despiertan simpatía. Son bonitos, nobles, tranquilos y llaman la atención. Muchas personas sienten el impulso de acariciarlos, llamarlos, ofrecerles comida o acercar a su propio perro para que «se saluden». Pero cuando llevan el arnés puesto, no están de paseo: están trabajando.
«Sin duda, el mayor desconocimiento es nuestro comportamiento hacia un perro guía», advierte Jorge Valle. «Cuando vemos un perro guía trabajando en la calle no somos conscientes de lo importante que es no distraerle, no ofrecerle comida y controlar a nuestros perros particulares para que no vayan a molestar».
Rubén lo confirma: «Son nuestros ojos y por eso pedimos que no los distraigan, por favor». Entiende que la gente se fije, que los perros resulten atractivos, que despierten cariño. Pero también pide responsabilidad: «Que se distraiga mi perra supone que yo me puedo dar un buen golpe, caerme a un agujero o que me lleve un coche por delante».


