Especial Enoturismo

Badarán, una puerta y destino al paraíso

Fotos: Fernando Díaz/RIOJAPRESS

Dicen en Badarán que en los guardaviñas siempre han habitado duendes. No es una leyenda que se cuente en voz alta. Se deja caer, como las hojas rojas de la viña en otoño, mientras se camina entre su mosaico de parcelas irregulares y de una enorme belleza. Esos pequeños refugios de piedra -humildes, redondos, casi invisibles pero siempre presentes- guardan algo más que la memoria del campo. Algo que no se explica del todo.

Cuentan que estos seres mágicos vigilan las cepas, que las cuidan en silencio cuando nadie mira. Y que, cuando termina la jornada, se entretienen tallando figurillas con madera vieja, calentándose junto a las brasas de los sarmientos. Si uno camina despacio, con respeto, quizá encuentre alguna. O quizá no. Lo más probable es tropezar con ceniza aún tibia o con unas gavillas preparadas. Y con eso basta. Porque aquí la realidad acompaña a la fantasía.

Basta empezar a caminar por Badarán para notarlo. Una calle, una fachada con un escudo, un mural que rompe la piedra, el sonido del río Cárdenas de fondo… y todo empieza a encajar. Sin ruido, pero con una identidad que no necesita explicarse. Una historia conjunta que se ha ido formando con el tiempo, como se crean las cosas que importan.

El pueblo se abre en el Valle de San Millán, allí donde la sierra se inclina hacia el valle y la tierra se vuelve fértil. Un paisaje que no se limita a ser contemplado. Se pisa. Se entiende. Las viñas se extienden como un tapiz irregular, sin líneas perfectas, dibujadas por generaciones que nunca necesitaron máquinas para ordenar el territorio. Ribazos, laderas, pequeñas parcelas que componen un mosaico vivo.

Algo en ese paisaje conjura una calma difícil de encontrar en otros lugares. El San Lorenzo, al fondo, vigilante sin imponerse. A veces se deja ver entre nubes, otras se oculta, pero siempre está. Y abajo, en las viñas, la vida continúa con esa lentitud que hoy parece casi un acto de resistencia.

Badarán es un pueblo agrícola. Lo ha sido siempre. Y eso se nota en la forma de sentarse en una terraza de la Calle Real sin mirar el reloj. En el murmullo bajo de una conversación. En esa manera de dejar pasar el tiempo sin sentir que se pierde.

La Calle Real es su columna vertebral. A un lado y otro, casas solariegas con blasones que hablan de un pasado que no se ha ido del todo. No hace falta entender los símbolos para saber que están ahí por algo. Que aquí hubo peso, decisiones, historia. Y entonces, casi sin avisar, aparece la iglesia. Es uno de esos lugares donde el tiempo se espesa, donde uno entra por curiosidad… y se queda un poco más de lo previsto.

Pero Badarán no se entiende sin salir de sus calles. Porque lo verdaderamente importante está fuera. En ese valle del Cárdenas que se despliega sin prisa, entre choperas y caminos que no siempre llevan a algún sitio, pero que siempre cuentan algo.

La Ruta de los Guardaviñas es una forma de recorrer ese relato. Son unos pocos kilómetros pero suficientes para comprender la relación entre el hombre y la tierra. Los guardaviñas aparecen dispersos, la mayoría restaurados. Pequeñas cúpulas de piedra que un día salvaron a los vendimiadores de tormentas repentinas. Hoy ya no protegen cuerpos, pero siguen resguardando memoria y paz interior.

Y entre esas viñas, el vino. Siempre el vino. Como reclamo, sí; pero también como consecuencia. Aquí el vino se transmite. No en vano en el municipio riojano con más hectáreas de viñas viejas de todo el territorio. En Bodegas David Moreno o en Bodegas Pedro Martínez Alesanco, el visitante no solo prueba, entiende. El suelo, la orientación, el viento. El tiempo. Porque el vino aquí no se hace deprisa. Se deja hacer.

No es casualidad que grandes nombres (Muga, Gómez Cruzado) hayan mirado hacia este territorio. Ni que proyectos más humildes (Rivalia, Rulei, Jairus) sigan dando esa visión de territorio que pocos más comprenden. Hay algo en esas viñas viejas, en esas cepas que superan el siglo de vida, que no se puede replicar. No es técnica. Es carácter.

Y luego está la mesa. Siempre la mesa. Bajo ese lema sencillo -vino, chorizo y pan- se esconde una forma de entender la vida. Llena de verdad. Sopas de ajo que reconfortan, patatas a la riojana que saben a casa, chuletillas al sarmiento que huelen a campo. Platos que no necesitan reinventarse porque ya lo dicen todo. Cuatro restaurantes abren cada día sus puertas allí. Un hotel, un hostal y varias casas rurales dan alojamiento al que llega.

Badarán también es camino. El Camino Real que une Nájera con San Millán de la Cogolla atraviesa el pueblo como un hilo antiguo que vuelve a tensarse. El ‘Vado de la Reina’, donde el río se deja cruzar, no es solo un paso. Es un gesto. Una forma de seguir conectando lo que nunca estuvo del todo separado.

Porque además Badarán es puerta de un lugar donde nació el idioma. A apenas unos kilómetros, en San Millán de la Cogolla, se escribieron las primeras palabras en castellano. Y eso atraviesa el paisaje en una especie de susurro que lo recuerda. Porque caminar por estas tierras no es solo recorrer viñas o senderos: es acercarse, sin darse demasiada cuenta, al origen de una forma de nombrar el mundo. Y en ese sentido, Badarán es destino y umbral. Y al final, cuando uno se marcha, queda algo difícil de explicar. Como si el tiempo aquí hubiera decidido ir más despacio… y uno, sin darse cuenta, hubiese aprendido a seguirle.

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