Gastronomía

Logroño pierde uno de sus bares más queridos: adiós al Iturza

En Logroño hay bares que son algo más que un lugar donde tomar algo. Son punto de encuentro, refugio de conversaciones, escenario de noches largas y de rutinas que se repiten durante años. El Iturza ha sido uno de ellos, y este sábado bajará la persiana.

Lo hará en la calle Marqués de San Nicolás, en plena ‘La Mayor’, donde durante décadas ha formado parte de ese vivir más ‘alternativo’ de la ciudad. Un bar con personalidad propia, de los que no necesitan presentación para quien ha cruzado alguna vez su puerta. Porque el Iturza no es solo un bar: es ambiente, gente, historias compartidas.

Su última etapa comenzó en noviembre de 2022, cuando Ruth Izquierdo y Roberto Moral decidieron devolverle la vida tras el cierre en 2019. Lo hicieron con respeto al legado, pero también con una idea clara: mantener su esencia y, al mismo tiempo, aportar algo propio. Y ahí entraron en juego sus famosas croquetas.

Una cada semana, sin descanso, sin repetirse. Lo que empezó casi como un reto acabó convirtiéndose en una seña de identidad. Más de 200 croquetas diferentes en apenas cuatro años, todas hechas a mano, con mimo, con ese punto casi artesanal que hoy escasea. Y con una clientela que fue creciendo al mismo ritmo que la pizarra donde iban anotando cada nueva creación.

Pero el Iturza no solo ha sido cocina. Ha sido, sobre todo, hogar. «Los clientes venían aquí como si estuviesen en su casa», explica Ruth. Ese fue el objetivo desde el principio: convertir el bar en una segunda casa. Y lo consiguieron. Entre semana, juventud; fines de semana, familias; por las mañanas, los habituales del chiquiteo. Incluso han ido regresando algunos de los clientes de toda la vida, aquellos que habían conocido el bar décadas atrás. «Había gente mayor que venía y se emocionaba al verlo abierto otra vez».

Sin embargo, mantener ese espíritu no siempre es compatible con la realidad del centro de la ciudad. El cierre no responde a una falta de clientes, sino a una ecuación que ya no sale. «Hay más alquiler de lo que se factura», resume Ruth con claridad. Apostaron por un bar de barrio en pleno centro, sin depender del turismo, fieles a su clientela diaria. «Vivimos de los clientes de todos los días y no podemos subirles los precios exageradamente», explica. Una decisión coherente con su filosofía, pero difícil de sostener.

El cierre, reconoce, ha sido una decisión meditada. «Nos ha costado». No tanto por el negocio en sí, sino por lo construido alrededor. En apenas tres años y medio han logrado tejer una red de clientes que, en muchos casos, han acabado siendo algo más. «Tenemos clientes que lo han sentido más que nosotros». Y las preguntas se repiten estos días al otro lado de la barra: dónde irán ahora, quién hará esas croquetas, qué será de ese rincón que ya sentían tan suyo.

Porque el Iturza no solo cierra un local. Cierra una forma de entender la hostelería. Esa que no mira tanto al visitante ocasional como al cliente de cada día. Esa que resiste mientras puede en un centro cada vez «más tensionado por los alquileres y el cambio de modelo de la hostelería».

Este sábado por la noche será el último servicio. Después, toca parar. «De momento, descansar», dice Ruth, sin cerrar del todo la puerta a lo que venga. Antes de apagar la luz, eso sí, deja un mensaje sencillo, pero cargado de todo lo vivido: «Muchas gracias por todos estos maravillosos años».

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