Tengo varias confesiones que hacer. La primera es que el título de este obituario no es mío. Es suyo. La segunda es peor: en siendo un servidor adolescente en unas fiestas de San Mateo, unos cuantos iluminados le tiramos varios huevos a Julio Revuelta desde la calle al balcón del Ayuntamiento mientras él, como alcalde, lanzaba el cohete que daba paso a la algarabía. Creo recordar que tuvo incluso que ponerse a cubierto mientras nosotros, escondidos entre la inconsciencia y la risa tonta de aquella edad en la que uno todavía no sabe demasiado bien dónde empiezan los límites, celebrábamos la gamberrada como si fuera una hazaña. Años después hablamos de ello, y siempre me ha fascinado esa extraña capacidad que tiene la vida para colocarte exactamente enfrente de personas a las que primero juzgaste desde lejos y que después terminas admirando desde cerca.
Porque con el tiempo dejé de ver al alcalde y empecé a descubrir a Julio. Un hombre brillante, inteligente e incómodo para muchos porque pensaba demasiado por sí mismo. Alguien capaz de discutir durante horas sobre política, urbanismo, literatura o el futuro de Logroño con una mezcla casi imposible de encontrar: convicciones firmes y una curiosidad infinita. Y descubrí también a un abuelo que, en los últimos tiempos, hablaba menos de proyectos urbanísticos y más de su nieto, del poco tiempo que quería robarle a la enfermedad para disfrutarlo, y de sus hijas, de las que hablaba con un orgullo que no necesitaba adornos ni grandes palabras. Bastaba con verle la cara cuando las nombraba.
Hace apenas unas semanas estábamos sentados en una mesa del Café Dominó, ultimando un proyecto que nunca verá la luz porque, caprichoso como a veces resulta el destino, ha sido él quien ha terminado encontrando antes esa luz que dicen que espera al final del túnel. El cáncer le había robado buena parte de sus fuerzas, pero no la mirada, ni la ironía, ni esa manera tan suya de seguir iluminando a quienes tenía enfrente incluso cuando sabía perfectamente que se estaba apagando. Su proyecto iba a llamarse ‘Lo niego todo’, en homenaje al maestro Joaquín Sabina. Quería dejar por escrito unas cuantas verdades incómodas, desmontar relatos oficiales y ajustar algunas cuentas pendientes, pero hacerlo en vida. No quería dejar problemas a su familia. Entonces soltó la frase.
— El día que me muera os vais todos a tomar por saco.
— Ese va a ser el título de tu obituario.
Se echó a reír hasta que la tos le obligó a parar.
— Eres un cabrón.
No era la primera vez que hablaba así del final. Semanas antes, compartiendo mesa como solíamos de vez en cuando junto a Pablo Hermoso de Mendoza, imaginábamos el Logroño que pudo haber sido, el que es y el que será, entre chuletillas, patatas, pimientos y vino de Rioja. Y entonces, mientras hablábamos de las siguientes elecciones, dijo algo que todavía hoy me sigue recorriendo por dentro porque entendí hasta qué punto llevaba tiempo mirando a la muerte de frente: «Lo más probable es que yo no esté aquí dentro de un año. Mucha suerte tengo que tener». Mientras seguíamos jugando a pensar en el futuro, él llevaba tiempo negociando en silencio con algo mucho más definitivo.
Pienso también en las últimas fiestas de San Mateo, en la terraza de este periódico, donde coincidieron cuatro alcaldes de Logroño: Julio Revuelta, Cuca Gamarra, Pablo Hermoso de Mendoza y Conrado Escobar. Julio, que ya entonces reservaba sus fuerzas con cuentagotas, hizo el esfuerzo de acercarse un rato, como agradeciendo la invitación con su sola presencia. Al principio hubo esa tensión incómoda de los reencuentros entre gente que ha gobernado la misma ciudad en épocas y colores diferentes, pero poco a poco la conversación se fue relajando hasta terminar hablando de lo único que de verdad les unía a los cuatro: las fiestas, la ciudad, los recuerdos compartidos de un mismo despacho ocupado en momentos distintos. Él lo describiría después, en una de sus propias columnas: «No vienen mal esos encuentros de cordialidad que nos llevan a pensar que merece la pena entenderse aunque, de norma, resultan igual de bien intencionados como efímeros».

Qué palabra tan terrible cuando uno la relee hoy. Efímeros. Logroño despide a uno de los suyos y no digo a uno de sus alcaldes. Digo a uno de los suyos porque Julio Revuelta no nació aquí, pero hizo algo mucho más difícil que nacer en un lugar: decidió quererlo. Cuando recibió la Medalla de Oro de la Ciudad hace apenas unos meses dejó una frase que hoy adquiere una dimensión distinta. «No nací en Logroño, pero esta es la tierra que quiero». Hay ciudades que se construyen con ladrillo, hormigón, avenidas o edificios y luego están las ciudades que se levantan gracias a personas que un día decidieron dedicar su vida a mejorarlas. Julio fue una de esas personas.
Hoy muchos recordarán al alcalde que ayudó a transformar Logroño, y tendrán razón. Pero yo prefiero recordar al hombre que me enseñó algo infinitamente más valioso: la serenidad de quien sabe que se está despidiendo y aun así sigue pensando en proyectos, sigue imaginando ciudad, sigue conversando con pasión, sigue regalando inteligencia a quienes le rodean, sin dejar por eso de preguntar por su nieto o de sacar pecho, en voz baja, por sus hijas. Hay algo profundamente admirable en las personas que miran de frente a la muerte sin dejar de mirar al mismo tiempo hacia delante. Julio era exactamente eso.
Quizá por eso hoy siento que no despedimos solamente a un alcalde. Despedimos a una de esas personas irrepetibles que dejan huella incluso mucho después de marcharse. Y mientras escribo estas líneas no puedo evitar pensar en aquel cohete de San Mateo, en aquel chaval escondido entre amigos y huevos lanzados contra un balcón del Ayuntamiento, sin saber que años después terminaría compartiendo confidencias, conversaciones inolvidables y una amistad inesperada con aquel hombre al que entonces solo veía como una figura lejana. Supongo que así funciona la vida: te enseña tarde, te obliga a revisar prejuicios, te regala personas cuando menos lo esperas, y te las quita demasiado pronto.
Descansa en paz, Julio. Aunque tengo la sensación de que, allí donde estés, estarás leyendo todo esto con esa media sonrisa tuya, pensando que nos hemos puesto demasiado trascendentales, que ya está bien de tanto homenaje y que, en realidad, ya nos podemos ir todos a tomar por saco.


