La Rioja

Víctor Riera: «Con el tardeo hemos ganado hosteleros y vecinos»

La convivencia entre el ocio de unos y el descanso de otros es un debate recurrente en Logroño, como ocurre en tantas otras ciudades donde el centro concentra buena parte de la actividad hostelera. El auge, en los últimos años del tardeo ha cambiado los horarios, los hábitos y también la forma de entender la calle: menos noche cerrada, más planes a plena luz del día y un bullicio que, aunque distinto, sigue teniendo impacto en quienes viven en las zonas más concurridas.

Víctor Riera, responsable de Soho, uno de los establecimientos de referencia del tardeo en Logroño, ha reflexionado sobre esta cuestión en un vídeo publicado en las redes sociales del local. «A veces piensas que molestas más de la cuenta», reconoce, antes de plantear una pregunta que resume bastante bien el fondo del asunto: «Los vecinos, la hostelería, ¿hay solución?».

Riera defiende que el cambio de hábitos ha tenido también una parte positiva, al desplazar parte del ocio hacia el día en detrimento de la noche. «Hay que tener un poco de equilibrio entre los vecinos y los hosteleros, pero creo que hemos ganado todos. No es lo mismo el ambiente de noche, noche, todas las noches, que el de la tarde», señala. Aun así, admite que los sábados puede haber «mucho bullicio» en la ciudad y relaciona esta situación con una tendencia más amplia que también se observa en otros puntos del país, especialmente vinculada al turismo y a la concentración del ocio en determinadas zonas.

El hostelero no cree que Logroño esté ante un cambio de paradigma preocupante, sino ante una ciudad con un formato muy concreto. «Logroño es muy fácil de alternar porque está todo en el centro, en cuatro calles, y la gente viene, aparca el coche y no necesita moverse a ningún punto de la ciudad», explica. Precisamente esa comodidad, que favorece la actividad económica y el ambiente en las calles, también obliga a buscar fórmulas de convivencia para que el ocio no se convierta en una molestia permanente para los residentes.

La parte más difícil, admite Riera, está en aquello que escapa al control directo de los establecimientos. «Tú no puedes controlar a todo el público, a toda la clientela que levanta la voz o que hace en la calle lo que no debe», apunta. Por eso, más allá de normas, horarios o terrazas, sitúa una parte importante de la solución en la responsabilidad individual. Otra cosa muy distinta es la que piensan los vecinos.

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