Como cada año, por San Bernabé, Logroño ha vuelto a cumplir con su cita más reconocible. Antes de que el reloj marcara las diez de la mañana, la muralla del Revellín ya tenía compañía. No era todavía una multitud desbordada, pero sí esa primera fila de fieles que nunca falla, la que llega con tiempo, con conversación tranquila y con la paciencia de quien no espera una simple ración, sino un rito heredado. Poco a poco, el entorno ha ido llenándose de vecinos, familias, cuadrillas, niños en brazos, abuelos con gorra y visitantes intentando descifrar por qué una ciudad entera parecía avanzar hacia el mismo lugar.

Y es que San Bernabé no se explica del todo si no se vive allí, entre el olor del aceite caliente, el pan recién cortado, el vino servido sin solemnidad y el murmullo constante de una cola que parece más una reunión de barrio que una espera. Todo fue según lo previsto. Los logroñeses fueron más madrugadores que otros años. «La gente no quiere perderse su ración y cada año viene antes». Las filas han ido creciendo poco a poco y el Revellín ha vuelto a convertirse en ese comedor simbólico al aire libre en el que Logroño se reconoce cada 11 de junio. No ha hecho falta mucho más: una bandeja, una ración de pez, un trozo de pan, un trago de vino y la sensación de estar participando en algo que viene de lejos.

A mediodía, la escena ya tenía la estampa completa. Las filas se han ordenado en un ir y venir de quienes se acercaban a cumplir con la tradición, mientras los voluntarios de la Cofradía del Pez trabajaban sin descanso, con esa eficacia silenciosa de quienes llevan años repitiendo los mismos gestos. Freír, repartir, cortar, servir, volver a empezar. Las bandejas pasaban de mano en mano y, a cada lado, se multiplicaban los saludos, las fotografías, los «otro año más».

EFE/ Raquel Manzanares
La respuesta, como casi siempre en Logroño, estaba en la historia. El reparto del pan, pez y vino recuerda el asedio francés de 1521, cuando la ciudad resistió durante días el ataque de las tropas de André de Foix que venía ya debilitado de tierras navarras. La leyenda habla del pescado del Ebro, del pan amasado con el trigo guardado en las casas y del vino conservado en las bodegas. Cinco siglos después, aquella resistencia se cuenta a través de un gesto humilde y poderoso: compartir los alimentos que, según la tradición, ayudaron a salvar la ciudad.

EFE/ Raquel Manzanares
Por eso había algo más que hambre o curiosidad en las colas del Revellín. Había memoria. Había padres señalando la muralla a sus hijos, abuelos recordando cómo venían antes con sus propios padres en una costumbre innegociable.

Logroño cumplió de nuevo el voto a su patrón y volvió a hacerlo a su manera: con la calle como escenario y con tres símbolos capaces de resumir una identidad entera. Pan, pez y vino. Tres palabras sencillas para una historia llena de identidad. Porque mientras queden logroñeses dispuestos a hacer fila junto al Revellín cada 11 de junio, esa historia seguirá teniendo presente, futuro y un lugar muy concreto en la memoria de la ciudad.


