Durante décadas hemos hablado del cambio climático como un problema del futuro. Ya no lo es. Las olas de calor más frecuentes e intensas, los períodos de sequías más largos, las lluvias más irregulares y torrenciales, nuevos récords de aumento de temperatura hacen que cada año aumenten los costes económicos asociados a fenómenos extremos.
Sin embargo, seguimos actuando como si el clima para el que diseñamos nuestras ciudades, nuestras infraestructuras y nuestros sistemas productivos fuera a seguir siendo el mismo. Y no lo será.
La reciente alerta de Naciones Unidas sobre la posible intensificación de El Niño es un nuevo recordatorio de una realidad incómoda. No estamos ante un fenómeno aislado. Estamos ante una tendencia que afecta simultáneamente a nuestra salud global, a nuestra economía y a nuestra estabilidad social. Los tres pilares de la sostenibilidad.
Pero seguimos pensando que estamos ante una crisis climática. Lo que realmente estamos viviendo es una crisis de resiliencia. Porque el calor no mata únicamente por la temperatura. Mata cuando las viviendas no están preparadas, cuando las personas vulnerables viven solas, cuando las ciudades acumulan calor y cuando los sistemas sanitarios se saturan.
La sequía no genera problemas únicamente porque llueva menos. Los genera cuando los suelos han perdido capacidad para almacenar agua, cuando dependemos de recursos cada vez más escasos o cuando nuestros modelos productivos no son capaces de adaptarse.
Las inundaciones tampoco son solo un problema de lluvia. Son el resultado de décadas ocupando cauces, impermeabilizando terrenos y desconectándonos del funcionamiento natural del territorio.
El problema no es el fenómeno extremo. El problema es nuestra vulnerabilidad frente a él. Y esa vulnerabilidad afecta a todos.
A los agricultores que ven comprometidas sus cosechas.
A las familias que soportan facturas energéticas cada vez más elevadas.
A los municipios que deben afrontar daños crecientes en infraestructuras.
A los profesionales sanitarios que observan cómo aumentan los riesgos asociados al calor y las epidemias
A las empresas que dependen de cadenas de suministro cada vez más inestables.
A todos.
Por eso ninguna profesión puede resolver este desafío por sí sola. Necesitamos arquitectos capaces de diseñar edificios adaptados a las nuevas condiciones climáticas.
Ingenieros que integren soluciones basadas en la naturaleza.
Agrónomos que regeneren la capacidad productiva de los suelos.
Médicos que anticipen nuevos riesgos para la salud.
Economistas que incorporen el valor real de los recursos naturales.
Y necesitamos biólogos.
No porque tengamos todas las respuestas, sino porque la biología estudia precisamente aquello que hoy más necesitamos comprender: las relaciones.
La relación entre suelo y el agua.
Entre la biodiversidad y producción de alimentos saludables
Entre salud ambiental y salud humana.
Entre economía y recursos naturales.
Entre clima y estabilidad social.
La naturaleza, que siempre nos da lecciones, nos enseña que los sistemas más resistentes no son los más fuertes, son los que cooperan mejor, los que diversifican, los que son capaces de adaptarse cuando cambian las condiciones.
Un bosque no sobrevive gracias a un único árbol, lo hace gracias a miles de conexiones invisibles entre plantas, microorganismos, agua, suelo y fauna. Las sociedades humanas no son diferentes. Quizá haya llegado el momento de dejar de preguntarnos únicamente qué va a hacer el clima. Y empezar a preguntarnos qué vamos a hacer nosotros.
¿Está preparada nuestra vivienda para soportar olas de calor más frecuentes?
¿Está preparado nuestro municipio para gestionar episodios de lluvia extrema?
¿Está preparado nuestro sistema alimentario para periodos prolongados de sequía?
¿Está preparada nuestra comunidad para cuidar de las personas más vulnerables?
Son preguntas incómodas. Pero necesarias. Porque la resiliencia no se construye durante la emergencia. Se construye antes. Y todavía estamos a tiempo.
Desde el Colegio Oficial de Biólogos creemos que ha llegado el momento de abrir una conversación diferente. Menos centrada en el problema y más centrada en las soluciones. Menos basada en el miedo y más basada en la preparación. Menos sectorial y más colaborativa.
Porque el futuro no dependerá únicamente de cuánto aumente la temperatura. Dependerá de nuestra capacidad para adaptarnos, cooperar y regenerar aquello que sostiene nuestra calidad de vida. El debate no es si el clima está cambiando, la pregunta es si estamos preparados para cambiar con él.
*Puedes enviar tu ‘Carta al director’ a través del correo electrónico o al WhatsApp 602262881.


