Cuando el árbitro señale el inicio del partido este sábado en Matapiñonera, miles de ojos estarán pendientes de lo que ocurra sobre el césped. La UD Logroñés se juega el ascenso a Primera Federación. El Sanse, también. Y en uno de los banquillos comparecerá uno de esos entrenadores que rara vez ocupa el foco pese a que gran parte de lo que sucede alrededor del equipo lleva meses pasando por sus manos.
Unai Mendia no es un técnico de grandes titulares. Tampoco de discursos grandilocuentes. Durante toda la temporada ha evitado colocarse en el centro de la escena. Ha repartido elogios hacia sus jugadores, ha insistido en la importancia del colectivo y ha esquivado cualquier protagonismo personal. Quizá por eso, a las puertas del partido más importante del curso, resulta un buen momento para detenerse en la figura del hombre que ha guiado a la UD Logroñés hasta la última estación del viaje.
Porque detrás del entrenador que cada semana comparece ante los medios existe una historia de decisiones personales, de renuncias, de obsesión por el fútbol y de una forma muy particular de entender este oficio.
La primera sorpresa aparece cuando se le pregunta por las habituales charlas motivacionales que suelen acompañar a las grandes finales. Mendia rompe todos los tópicos. «No soy de charlas motivadoras, no soy de eso. No sale de mí», reconoce entre risas. Incluso encuentra una explicación para ello. «Soy un soso. Soy vasco cerrado, y seguramente metería la pata».
La respuesta explica buena parte de su personalidad. Mendia no cree que haya que fabricar emociones para afrontar una cita como la del sábado. Entiende que ya vienen incorporadas de serie. Al menos así lo siente él. «El que no sienta esto como algo máximo en nuestra categoría, venimos de jugar delante de 10.500 personas en Las Gaunas, el que no sienta algo especial que deje el fútbol porque se ha equivocado de oficio».

FOTO: Fernando Díaz
No hay vídeos épicos. No hay arengas. No hay frases preparadas para la ocasión. Hay una convicción sencilla: quien necesita motivación extra para una final probablemente ya llega tarde. Esa naturalidad aparece también cuando habla de su relación con el fútbol fuera del trabajo. Porque Mendia no parece limitarse a entrenar. Vive permanentemente rodeado de fútbol.
Tanto que en casa la situación ha terminado convirtiéndose en una broma familiar. Su mujer -tal y como reconoció al principio de su trayectoria en la UD Logroñés- suele preguntarse si la televisión que compraron venía de fábrica con un fondo verde incorporado. «Me dice eso porque siempre hay un partido. Siempre aparece un campo». Siempre hay algo que analizar.
La imagen ayuda a entender al personaje. Mendia no parece haber elegido una profesión. Más bien da la sensación de haber convertido una pasión en una forma de vida. Una pasión por la que decidió asumir riesgos importantes. Durante años compatibilizó el fútbol con su trabajo en una empresa. Las madrugadas comenzaban a las cinco y media de la mañana. El despertador sonaba cada día. Y cada vez pesaba más.
«Se me caía el mundo encima», recuerda. Hasta que llegó el momento de tomar una decisión. Apostar por entrenar. Pedirse una excedencia. Intentar vivir del fútbol. Años después, cuando se le pregunta por el desgaste que supone una temporada como ésta, la comparación resulta reveladora. «Ahora casi no tiene ni que sonar el despertador y ya estoy en pie».

Es alguien que parece haber encontrado el lugar donde quiere estar: en un banquillo. Y por eso, nunca se cansa de entrenar. Disfruta viendo a sus jugadores pasarse la pelota, disputar, pelear, chocar, entender, comprender, decidir mejor… «Vengo con una ilusión terrible», explica. «Preparar los partidos, la actitud de los jugadores, las cosas van bien, nadie me echa pulsos… es casi una situación idílica para un entrenador», reconocía este pasado viernes en la previa del encuentro más importante de la temporada. Incluso sonríe, pese a todo lo que hay en juego.
Describe a un grupo que ha terminado creyendo profundamente en el trabajo diario. «Hay veces que los últimos meses casi tengo que parar alguna intensidad porque se nos va de las manos». Este entusiasmo colectivo es una de las bases sobre las que ha construido la temporada de la UD Logroñés. Pero quizá la mayor evolución del propio Mendia haya ocurrido lejos de los focos.
Porque el entrenador tranquilo que hoy transmite serenidad desde la banda no siempre fue así. Cuando comenzó a entrenar, hace más de una década, los nervios le desbordaban. «Me ponía tan nervioso durante los partidos que decidí grabarme». Llegaba a casa, volvía a verse y descubría algo que no le gustaba. «Veía cosas que no me había dado ni cuenta durante el partido».
La ansiedad le impedía observar lo que realmente estaba ocurriendo sobre el césped. Corría de un lado para otro. Vivía acelerado. Hasta que comprendió que necesitaba cambiar. «Si seguía poniéndome tan nervioso y corriendo de un lado para otro en el banquillo era un error porque de verdad que no me enteraba de nada».

FOTO: Fernando Díaz/ Riojapress.
Aquella reflexión terminó marcando una forma de entender el trabajo. «Si quiero seguir en este oficio tengo que estar mucho más tranquilo y fijarme en las cosas que están pasando en el campo». La calma que trata de proyectar no es un rasgo de carácter. Es una conquista. Una habilidad aprendida a base de experiencia, errores y autocrítica.
Quizá por eso, cuando se acerca el partido más importante de su carrera, su discurso vuelve a alejarse de cualquier dramatismo. La UD Logroñés está a noventa minutos del ascenso. A un paso de regresar a Primera Federación. Es el objetivo por el que el club lleva años peleando. El que movilizó a más de 10.000 personas en Las Gaunas el pasado domingo. El que mantiene en vilo a una ciudad entera.
Mendia sabe lo que cuesta llegar hasta aquí. Porque conoce las decepciones que acompañan a este deporte. Porque ha visto remontadas imposibles y eliminatorias que parecían decididas antes de tiempo. Y ha aprendido que la única manera de afrontar una final es no dejar que la final te devore, tal y como a él le comían los nervios cuando se veía en una fábrica alejado de lo que realmente marca las horas en su vida: el dichoso fútbol.


