Hay semanas en las que una ciudad duerme peor. No hace falta que ocurra una tragedia ni tampoco una crisis política. Basta con que por el horizonte aparezca un partido de fútbol. Uno solo. Y la ciudad pasa inmediatamente a dormir peor, entre desvelos y malos pensamientos. No se descansa. Y es cuando la gente empieza a comportarse de forma un poco extraña.
Se trabaja todavía un poco peor, incluso menos de lo habitual. Se mira demasiado el móvil. Uno descubre que lleva veinte minutos pensando en un córner en el minuto 88 mientras aparenta atender a una reunión cualquiera. Se consulta el tiempo que hará en San Sebastián de los Reyes como si el calor pudiera alterar el destino. Y por la noche aparecen esas imágenes absurdas que el aficionado jamás consigue controlar del todo: el penalti injusto, el rechace imposible, el balón parado mal defendido, la derrota cruel cuando el partido agonizaba. Le pasa también a la gente inteligente.
Como a mi amigo Rubén, al que siempre he tenido por el más listo de la cuadrilla. Me escribía esta semana pasada venidísimo arriba tras el 1-0 de Las Gaunas, algo impropio en él. Cauto, siempre reflexivo, es de los que prefiere escuchar a elevar la voz; paciente, como a la espera de que todos los demás acabemos de hacer el imbécil para ofrecer el punto de vista más preciso. «Vamos a subir», me escribió. Y después de intentar bloquearle sin éxito, siguió: «En la prórroga, gol de penalti». Tócate los… pies.
Llevo toda la semana pensando en ello. Gracias, Rubén. Mi amigo de la infancia me ha jodido toda la semana. No me lo saco de la cabeza. Es que no hay por dónde cogerlo. ¿A quién se le ocurre? Es una blasfemia, un insulto tras años de desgracias futbolísticas a la riojana. Le he pedido explicaciones. Y me las ha dado: «Esta gente es de otra pasta». La cábala de mi colega no sé si se cumplirá. Espero que el partido de este sábado no nos tenga un desenlace tan emocionante. Me conformaría con un empate anodino. No hace falta agitar tanto el árbol de las pasiones. Nos estamos haciendo viejos. Pero como os he dicho antes, mi amigo siempre tiene razón. Sí, estos jugadores están hechos de otra pasta.
Solo hay que verlos entrenar. El gesto serio de todos los que están por fuera del terreno de juego siguiendo el entrenamiento contrasta con la alegría que trasmiten los que están dentro del campo, con sus sonrisas que solo borran cuando defienden una jugada, marcan un gol, o presionan tras la pérdida de una pelota. En cuanto acaba el ejercicio, vuelven las sonrisas, la alegría, como si estuvieran preparando un partido de la décima jornada. Unai Mendia, el primero.
Es como si no fueran conscientes de todo lo que llevan detrás para viajar hasta Matapiñonera. Saben que contarán con los más de setecientos riojanos que estarán este sábado en las gradas. Y lo harán a buen seguro con el recuerdo de las más de 10.000 personas que les arroparon el pasado domingo en Las Gaunas. Todos ellos seguirán el partido desde Logroño, desde el bar del pueblo, desde la Ciudad Deportiva o en soledad -que es como hay que ver lo partidos realmente importantes, nadie tiene la culpa de tus pasiones futbolísticas más íntimas-.
Lleváis detrás a una ciudad que necesita volver a celebrar algo junta. Logroño lleva demasiado tiempo entrenando la decepción. Demasiados años acostumbrándose a los casi. A los ‘autraño’. A los proyectos que prometían mucho y acaban convertidos en una conversación triste un lunes cualquiera. Lleváis detrás a gente que ha aprendido a protegerse emocionalmente del fútbol porque sabe perfectamente cómo termina muchas veces esta historia. Y aun así vuelve. Siempre vuelve. Y está ahí.
Hay chavales que solo conocen decepciones de la UD Logroñés. Hay gente que todavía recuerda perfectamente dónde estaba el día del ascenso en Málaga y que, sin embargo, es incapaz de recordar una celebración porque nunca existió. Hay padres que quieren volver a Murrieta con sus hijos, e hijos que quieren traer a sus padres de vuelta al estadio para enseñarles cómo se abraza de nuevo una ciudad por un equipo de fútbol. Hay una generación entera que heredó un fútbol riojano roto, acomplejado, atrapado demasiadas veces entre la nostalgia y el miedo a construir algo nuevo.

FOTO: Fernando Díaz
Y sin embargo hasta aquí les habéis traído. A noventa minutos. A tan solo un empate de distancia con el ascenso. Formáis parte de la memoria emocional de mucha gente aunque todavía no haya terminado la temporada. Así funciona el fútbol. No sé si se inventó con este objetivo, pero en esto se ha convertido. La gente no recuerda presupuestos ni organigramas ni debates eternos sobre el modelo de club. La gente recuerda caras. Gestos. Tardes concretas. Recuerda quién estuvo ahí cuando hacía falta dar un paso adelante.
La gente se acuerda de Miño, de Andy Rodríguez, de Ñoño, de Rubén Martínez, de Errasti, de Miguel Santos, de Iñaki, por supuesto. Preguntadles a todos ellos qué significa volver años después a Logroño y que todavía haya gente emocionándose al verles aparecer por una calle cualquiera. Preguntadles por qué un ascenso termina formando parte de la vida de tanta gente.
Los jugadores que este sábado buscáis el ascenso con la UD Logroñés todavía no sois conscientes de cómo se os recordará en esta ciudad si finalmente lo conseguís. Mejor así: para que podáis jugar felices, concentrados… sin el temor y la incertidumbre que ahora mismo recorre el cuerpo de miles de riojanos.
El aficionado lleva toda la semana imaginando catástrofes. Es inevitable. El fútbol nos ha educado así. Ven mentalmente la derrota en el descuento, el balón que se pasea por el área pequeña y nadie lo empuja a tiempo, el remate al larguero, el gol extraño, la prórroga agónica. Vemos Torrent, Sevilla, Alicante o Ferrol. Estamos más en Marbella que en San Sebastián de los Reyes.
Pero este grupo de jugadores no es un equipo cualquiera, como dice mi amigo Rubén. Y conviene recordarlo ahora más que nunca. Habéis sabido levantaros cuando peor pintaba la temporada. Habéis ganado partidos que parecían escaparse. Habéis competido en campos imposibles. Habéis soportado críticas, dudas, ruido y esa sensación permanente de que en esta ciudad el fútbol nunca termina de vivirse con tranquilidad.
Aquí estáis. Con una ventaja mínima, sí. Pero con algo bastante más importante: la sensación de ser un equipo preparado para competir este tipo de partidos. Solo no perdáis un partido de fútbol. Nada más. Lo habéis hecho muchas más veces. Y cuando falte el aliento, surjan las dudas, y lleguen los problemas recordad que detrás de vosotros hay una ciudad deseando volver a sentirse orgullosa de sí misma alrededor de un balón. Deseando abrazarse de verdad. Queriendo celebrar sin pantallas de por medio, sin pandemias, ni restricciones, para alejar definitivamente una deuda pendiente: la de la alegría en diferido.


