TRIBUNA

Emoción reservada

Quizá el fútbol sea el último lugar donde todavía podemos vivir a flor de piel

Cabetas, que está haciendo un gran playoff, en la preparada del pasado domingo en Las Gaunas. / Fernando Díaz

Nos están llevando a vivir todo a flor de piel. Nos llevan a votar enfermos de fanatismo, de odio o de filiación inquebrantable, que es un tipo de filiación ciega porque nace desde la emoción como si la papeleta fuese una caricia y hubiese amor en algún escaño. Pero es que sucede también con la religión, donde ya prima lo emocional, el vello de punta, la lágrima que brota desde lo estético. Como si lo espiritual no fuese justo lo contrario: escuchar al corazón al margen de lo que nos digan los sentidos más inmediatos. Y en ese mundo habita el fútbol, que fue justo ese lugar en el que lo emocional convivía con lo analítico sin fricciones. Nuestro espacio reservado, de siempre, para arrancarse a tiras la camiseta para, 24 horas después, analizar cómo la presión alta del Bollullos puede complicarte una eliminatoria de Copa Federación.

A estas alturas del texto ya habrá quien piense que he perdido la cabeza. Y puede ser que la haya perdido, porque uno va lidiando con una final por el ascenso como puede. Así que antes de escribir he debatido conmigo mismo sobre qué escribir, si ponerme en plan ‘que sí, joder, que vamos a ascender’ o contar que la muela que me torturó en 2020 cuando el ascenso a Segunda ya es historia, fue extraída, como no lo han sido los viejos traumas: Huracán, Marbella.

Podía contar muchas cosas. Como el escalofrío que sentí el otro día cuando en el minuto 7 Taliby pareció tener el típico cortocircuito del Logroñés en un balón fácil por alto. O cómo agaché la cabeza, asumiendo lo inevitable, cuando Cabetas cometió el error en la salida de balón y levanté la cabeza incrédulo cuando Muguruza salvó aquello. Todavía de vez en cuando me doy un tortazo para constatar que es cierto y esa jugada no acabó en gol.

Las caras de la afición demuestran la salvada de Muguruza tras el fallo de Cabetas. / FOTO: Fernando Díaz

Podría contar que tiene muchísimo mérito ir cada dos semanas a Las Gaunas en una categoría donde el fútbol es deporte pero no tanto espectáculo. Pero déjame que te cuente que verlo a cientos de kilómetros a través de la plataforma que retransmite los partidos no solo requiere fidelidad sino enormes dosis de paciencia y un buen oculista a mano que te aclare si son tus ojos o eso que estás viendo es la columna de un estadio en lugar del central del equipo rival.

Otra opción que tenía era haberme puesto a escribir sobre la cobardía de no reconocer como referente a un club que en lo deportivo no para de decepcionar pero mete a 10.000 personas en Las Gaunas para un partido de la cuarta categoría. Para no reconocer que hay debates superados. Para no escuchar los gritos, no ver las camisetas y vivir con una despreocupada indiferencia que genera una diferencia contra el que menos la merece. Pero tampoco vamos a dedicar muchas palabras a los ciegos que no quieren ver, los sordos que no quieren escuchar. Los que deciden sin tomar decisiones.

Puede que haya gente que se haya incorporado en estos años a la Unión Deportiva Logroñés. Es otro fenómeno extraño, uno tiene la sensación de que deportivamente nunca hemos estado peor y sin embargo el club se ha ido ganando simpatías en esta travesía. Puede que esos neófitos estos días vean el ascenso más cerca que nosotros, los perros viejos, los que tenemos más tiros a nuestras espaldas que el techo del Congreso de los Diputados. Nosotros sabemos que el 1-0 es insuficiente, que es un resultado cortísimo que en realidad nos aleja del ascenso, precisamente, porque parece bueno. Estamos perfectamente diseñados para la fatalidad. Solo vimos un ascenso y para conseguirlo hubo que cerrarlo todo, mandar a todo el mundo a su casa, vaciar las calles y los estadios, celebrarlo con mascarilla y abrazos por teléfono. Es absolutamente imposible ascender en condiciones normales y las de este año rozan lo positivo.

Aquí estamos las víctimas de Pulido Santana sabedores de que a la vuelta de la esquina aguarda la desgracia. Los que sabemos que lo normal es que a Taliby se le hubiese escapado el balón en el minuto 7 y que el error de Cabetas siempre termina en gol. Ahora nos preparamos para saber cuál es la sorpresa que nos espera en un estadio que se llama Matapiñonera: nosotros somos la piñonera. Luego nos ponemos un rato analíticos y vemos opciones porque, carajo, ganamos 1-0 en la ida.

Pero es que es cortísima la ventaja, nos deja casi en Segunda Federación.

Así que ahí andamos, en ese espacio reservado en el que conviven emoción y análisis. Ese espacio reservado que es camino compartido, porque a nadie le gusta celebrar ni sufrir solo. Y porque acabes de llegar o seas un viejo traumado como yo, aquí sabes que hay un trayecto colectivo. Un lugar en el que puedes arrancarte la camiseta a tiras, llorar de pena o alegría, confiar en ese nuevo lateral izquierdo que viene del Levante C, ilusionarte con un director deportivo —como cuando el PSOE se ilusiona con un secretario de organización— o creer que vas a ascender porque has ganado la ida. Esto es la Unión Deportiva Logroñés, un club pintoresco; una SAD muy popular; un referente que existe pero no es; una camiseta y un escudo que el domingo querremos más que el viernes pase lo que pase. Porque habremos escrito otra página, sea de las alegrías o de las decepciones. Pero lo habremos hecho juntos y juntas.

Quizá el fútbol sea el último lugar donde todavía podemos vivir a flor de piel y, al día siguiente, intentar explicarnos por qué seguimos creyendo.

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