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Todo desemboca en Matapiñonera

Miguel Martínez de Corta repasa la evolución competitiva y emocional de la UD Logroñés antes de la final por el ascenso ante el Sanse

Miguel Martínez de Corta, ahora segundo, charla con Urki Txoperena en el entrenamiento de este miércoles.

La Unión Deportiva Logroñés afronta este sábado en Matapiñonera otra final por el ascenso. Otra más. Aunque quizá esta vez no sea exactamente igual a las anteriores. Porque el club riojano parece llegar al momento decisivo con algo que no siempre tuvo: experiencia. Experiencia en el dolor, en la frustración, en las eliminatorias imposibles, en los viajes de vuelta entre lágrimas, y también en la construcción lenta de una identidad colectiva que hoy permite mirar el partido contra el Sanse con una mezcla extraña de ilusión y serenidad. El 1-0 de la ida en Las Gaunas ayuda a mejorar la percepción de esta sensación pocas veces vista en la capital riojana.

Imagen favorecida porque el sol cae sobre Valdegastea mientras la plantilla se entrena casi con apariencia de rutina. Césped en perfecto estado, parece un jardín, finales de mayo, vides en crecimiento, sembrados en desarrollo… y un ambiente que parece más cercano al verano que a la tensión de una final. Pero ahí, en esa aparente tranquilidad, la UD Logroñés prepara el partido más importante de la temporada: noventa minutos -o quizá ciento veinte- para recuperar una categoría que jamás debió perder.

Y si alguien puede explicar cómo ha aprendido este club a jugar este tipo de partidos, ese es Miguel Martínez de Corta. Segundo jugador con más encuentros en la historia de la entidad, solo superado por el incombustible Iñaki. Presente en casi todos los grandes golpes emocionales de la UD Logroñés. Ahora, además, es el segundo entrenador de Unai Mendia. Futbolista antes, técnico ahora en formación. Hombre de club.

Miguel Martínez de Corta, en el entrenamiento de este miércoles.

«Hay que estar en las buenas y en las malas», resume con naturalidad. Y él ha estado prácticamente en todas. Mientras la ciudad acelera las pulsaciones conforme se acerca el sábado, él observa a la plantilla entrenar y detecta algo que considera fundamental: convencimiento. «Los chicos están preparados. Saben lo que va a demandar el partido y están con ganas de que llegue ya el sábado», explica. Y esa sensación, la de un equipo preparado para competir en cualquier contexto, aparece constantemente durante la conversación.

Hay una idea que sobrevuela todo el relato de Miguel Martínez de Corta, la que los playoffs no se juegan. Aunque sea un tópico, se ganan. Y la UD Logroñés está aprendiendo a hacerlo. Lleva años en este proceso en su séptima fase de ascenso. Este viaje a la memoria empieza inevitablemente en Torrent, ante el Huracán Valencia. Aquella eliminatoria de 2014 todavía permanece grabada en la memoria colectiva del club. La sensación de tener el partido controlado. La superioridad aparente. El escenario favorable. Y después, el caos. Lesiones, penaltis, expulsiones, decisiones arbitrales raras y un partido que se escapó cuando parecía imposible que se escapara.

«Te van sorprendiendo menos cosas», reflexiona ahora Miguel. Como si aquellos golpes hubieran ido endureciendo al club con el paso del tiempo. Aquella derrota, sin embargo, dejó algo más importante que una eliminación. Generó una conexión emocional con la ciudad. La gente empezó a identificarse con aquel equipo. «Ese playoff fue un punto de inflexión para la masa social. La gente se enganchó», recuerda.

Después llegó otra de las grandes estaciones emocionales de la historia reciente del club: el Villarreal B. Probablemente uno de los mayores gigantes deportivos a los que se ha enfrentado la UD Logroñés en Segunda B. Un filial repleto de talento, futbolistas internacionales, salarios desorbitados para la categoría y nombres que años después acabarían en la élite del fútbol europeo. Entre ellos, un tal Rodri Hernández. «Eran muy favoritos», admite Miguel. «Pero en aquel había gente comprometida, gente empeñada en seguir haciendo cosas grandes con el club».

Los trescientos de Villarreal con la plantilla que logró una primera gesta.

Aquel playoff dejó una de las imágenes más recordadas de la historia blanquirroja. Las paradas de Martínez de Corta en Las Gaunas para sostener la eliminatoria. Y después, la resistencia numantina en Villarreal para completar una clasificación histórica. Ahí el club aprendió otra lección: «A veces el talento no basta. A veces gana el que más cree». Este sábado hay que ir repletos de convencimiento.

Y aprendió algo más: superar una ronda no significa nada si no eres capaz de volver a competir seis días después. Porque tras eliminar al Villarreal B apareció el Sevilla Atlético y un equipo riojano completamente exhausto en pleno mes de junio cayó en el secarral andaluz. El calor, la presión, el desgaste emocional y físico, «la lesión de Miguel Santos». La sensación de haber vaciado el depósito demasiado pronto. «En estos playoff tienes que estar al cien por cien en todos los partidos», resume Miguel. «Si ellos están al cien y tú al noventa, lo pagas».

La UD Logroñés ha crecido -cuando lo ha hecho- a base de golpes. Con cierto orgullo. El siguiente gran paso llegó ante el Badajoz y contra el Hércules. Ya no eran filiales. Ya no eran eliminatorias curiosas o inesperadas, sin un ambiente de playoff. Ahí el club empezó a medirse también en lo social contra ciudades históricas del fútbol español. Y la respuesta fue gigantesca. Las Gaunas comenzó a parecerse a lo que fue este pasado domingo o hace tres años contra el Marbella o el Guijuelo. La afición dio un paso adelante. La sensación de pertenencia se disparó. Incluso en la derrota.

Ñoño, encarando a su par en la semifinal entre la UD Logroñés y el Hércules CF. / FOTO: Eduardo del Campo

Aquella eliminación ante el Hércules dejó otra de las escenas imborrables de la historia del club: más de diez minutos de aplausos tras caer eliminados. «Cuando se da todo, solo cabe aplaudir», resume Miguel. Ahí el club entendió que estaba construyendo algo más profundo que un simple resultado deportivo. Vio que toda una ciudad y región querían un espacio en el fútbol profesional veinte años después. Esos jugadores lo sintieron y por eso muchos de ellos continuaron en Logroño hasta lograr el objetivo.

Por eso llegó Málaga. Un lugar del todo inesperado para ascender. La Rosaleda vacía. La pandemia. El Castellón como rival. El ascenso más extraño de todos los posibles. El único ascenso hasta el momento. Por tanto, el único momento en que la UD Logroñés ha consiguido ganar de verdad el playoff definitivo. Este sábado tiene una nueva oportunidad.

El único, tambiém, que no pudo celebrarse. Y Miguel estuvo allí, lesionado, pero estuvo en esa cita. «Aprendimos que esto va de ganar», dice Miguel. «Hay que ganar como sea». Durante años, la UD Logroñés aprendió a competir, a crecer socialmente, a emocionar a la ciudad. Pero el fútbol termina exigiendo algo más brutal y simple: ganar, dar una alegría y cumplir las expectativas. Tener colmillo y sacar a relucir el gen competitivo cuando las cosas -como puede pasar este sábado- se ponen difíciles. El Castellón se adelantó en La Rosaleda, pero los riojanos lograron finalmente el ascenso directo.

Martínez de Corta detecta en esta plantilla algunas cosas que le recuerdan precisamente a aquel equipo del ascenso. «Esta plantilla ha sabido competir en todo tipo de contextos», explica. Campos grandes, pequeños, césped artificial, partidos abiertos o cerrados. Da igual. El playoff actual parece confirmar esa sensación. La UD Logroñés ha sobrevivido a eliminatorias incómodas, ha sabido sufrir, ganar fuera, remontar en casa, darle la vuelta a la tortilla del factor resultado ante el Sanse, y ha llegado a la vuelta de la final transmitiendo la sensación de ser un equipo maduro.

La plantilla celebra la ventaja lograda ante el Sanse en la ida de la final, queda lo difícil, mantener esta ventaja en Matapiñonera. FOTO: EFE/ Raquel Manzanares.

No necesariamente espectacular siempre. Pero sí competitivo. «Se ha competido, y nunca hemos perdido nuestra seña de identidad», insiste Miguel. También percibe algo importante fuera del césped. La plantilla sabe perfectamente lo que se está generando alrededor. «Son conscientes de la ilusión que hay detrás».

Los más de diez mil aficionados de Las Gaunas ante el Sanse no fueron únicamente una gran entrada. Fue la demostración de que la ciudad vuelve a sentirse identificada con su equipo. Que el club ya forma parte del paisaje emocional de Logroño. Y quizá por eso el sábado tenga algo distinto.  Porque no parece un playoff más.

Huracán Valencia enseñó que nada está controlado. Villarreal B mostró que la fe también compite. Sevilla Atlético evidenció que nunca basta con una ronda buena. El Hércules enseñó que la ciudad ya estaba preparada. Málaga mostró que todo se resume en una cosa: ganar cuando es necesario. Y ahora llega Matapiñonera, en otro examen final.

Miguel Martínez de Corta tiene todo este contexto. Protege ante esta plantilla la historia más completa de este club. No lo hace como portero. Está bajo las órdenes de Unai Mendia, autor de un equipo que ha llegado esta fase final en el mejor momento de la temporada, tocando con los dedos un ascenso necesario.

Los jugadores de la UD Logroñés celebran el ascenso en La Rosaleda de Málaga, y lo hicieron en absoluta soledad. | Foto: UD Logroñés

El sábado se sabrá cómo acaba de este curso. Se pondrá en juego las capacidades del equipo riojano contra el madrileño, pero también estará todo este aprendizaje adquirido en seis playoffs previos con diferentes resultados, en lo que casi siempre ha tocado convertir cada decepción en una experiencia.

Y hay una deuda pendiente. Ni mucho menos debe ser asumida por esta plantilla. Queda en el espacio del fútbol. Porque la única que este club ha ascendido, un ascenso tan importante como a Segunda División, no lo pudo celebrar. Aquí nadie ha aprendido a celebrar, porque casi nunca lo ha hecho. «No pudimos hacerlo en Murrieta», recuerda Miguel sobre aquel ascenso en pandemia. «Nos queda esa espinita». La de no haber podido abrazarse con la ciudad. De no haber llenado las calles. De no haber convertido el ascenso en memoria colectiva. «Ojalá podamos estar todos sacándonos esas fotos que quedaron pendientes».

Por delante noventa minutos, solo noventa minutos para no perder un partido de fútbol.

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