La Rioja

David Macho completa una Valvanerada a ciegas pero no a solas

La Valvanerada ya es, por sí sola, una prueba de fe para cualquiera: 63 kilómetros de noche entre Logroño y el monasterio de Valvanera, horas de cansancio acumulado, calor al principio, sueño, dolor en las piernas y esa lucha silenciosa que aparece cuando el cuerpo empieza a pedir descanso.

Para David Macho, además, era algo más. Era caminar en plena oscuridad con una enfermedad que le va estrechando poco a poco la vista. Y era hacerlo confiando cada paso a un amigo que, también con sordera, se convirtió durante toda la marcha en su guía.

David tiene síndrome de Usher, una enfermedad genética poco común que afecta tanto a la audición como a la visión. Es sordo de nacimiento, utiliza implante coclear en los dos oídos y a los 18 años le detectaron retinosis pigmentaria, un desorden que deteriora lentamente las células de la retina y provoca pérdida progresiva de visión.

Para él, la noche no es solo una circunstancia más del camino. Es uno de los escenarios más complejos. «Caminar de noche para mí supone una dificultad mucho mayor, porque con la sordoceguera la oscuridad hace que dependa todavía más de la orientación y de la ayuda de mi guía», explica.

La decisión de hacer la Valvanerada no fue impulsiva. David llevaba un mes dándole vueltas, pensándolo y reflexionando. La inscripción llegó casi en el último momento, «porque para mí la decisión fue difícil». Era su primera Valvanerada y sabía que no iba a ser un paseo. Pero también sabía que había algo poderoso en ese reto: «Queríamos demostrarnos a nosotros mismos que podíamos conseguir un reto así. Sabíamos que iba a ser duro, pero también una experiencia muy especial».

A su lado caminó José Jiménez, una persona con sordera que ya había completado la Valvanerada en más de cuatro ocasiones. Fue él quien animó a David a probar desde la confianza de que podía llegar más lejos. Y esa confianza terminó siendo el centro de toda la marcha. «En una marcha así, y más de noche, tengo que confiar muchísimo en mi guía. Saber que alguien está pendiente de ti, ayudándote y acompañándote te da seguridad para seguir adelante incluso en los momentos más difíciles», destaca David.

Ambos se prepararon una semana antes en plena oscuridad, caminando por La Grajera para comprobar cómo se manejaban juntos. Durante la Vavanerada utilizaron cinta tether, un sistema que les unía por las muñecas y les permitía caminar coordinados, al mismo lado, acompasando el ritmo y los movimientos. En los tramos más complicados, José avisaba a David de baches, piedras grandes, escalones y cambios en el terreno. Especialmente exigente fue el tramo del Camino de Santiago entre Ventosa y Alesón, donde el firme irregular, las piedras y los baches añadieron dificultad a una marcha ya dura de por sí.

La comunicación entre ellos combinó lengua de signos apoyada y dactilogía en palma, aunque durante buena parte del recorrido no necesitaron hablar demasiado. La concentración estaba puesta en caminar, mantener el ritmo y gestionar el cansancio. David reconoce que escuchó música en algunos momentos mientras José ejercía de guía, apoyo y seguridad. «Iba más tranquilo porque nos coordinamos muy bien y nos entendíamos perfectamente».

Los primeros kilómetros llegaron con energía y motivación, aunque también apareció el calor. Después, la noche empezó a pesar. Para David el tramo más duro llegó entre el cruce de Sotés y Alesón. En los últimos kilómetros, el dolor apareció en los dedos de los pies y en las piernas. «En Anguiano pensé en abandonar. Tenía los pies cargados y mucho cansancio». Y ahí apareció el David más racional: «Mi mente decía que siguiera adelante, que ese era mi reto».

No hubo un gran momento de bloqueo, ni una frase épica pactada entre los dos para prometer que acabarían juntos. Hubo algo más sencillo y más íntimo: la decisión de David de terminar. «Fui yo mismo quien dije que la acabaría». Cuando el cuerpo empezaba a fallar, se acordaba de por qué había empezado. Le sostuvo la motivación personal, pero también el apoyo y el compañerismo. Esa mezcla de voluntad propia y confianza en el otro fue empujando los kilómetros hasta convertir lo que parecía enorme en algo posible.

La llegada a Valvanera condensó todo lo que habían vivido durante la noche. David habla de emoción, alivio y orgullo. «Nos abrazamos emocionados, con alegría». Lo primero que pensó al terminar fue «lo he conseguido». El cansancio había sido muy fuerte, sobre todo al final, pero la emoción logró abrirse paso entre el dolor, las piernas cargadas y la fatiga.

La historia de David Macho no empieza en esta Valvanerada. Antes ya había completado la Media Maratón del Camino, había subido al pico San Lorenzo caminando desde el Lugar del Río y se había propuesto recorrer el Camino de Santiago en tándem para dar visibilidad a las enfermedades raras.

Pero esta Valvanerada tiene algo distinto. No fue correr, ni pedalear, ni alcanzar una cima. Fue caminar de noche, durante 63 kilómetros, en un escenario especialmente difícil para alguien con sordoceguera. Fue aceptar que para llegar necesitaba confiar. Fue dejar que otra persona hiciera de ojos en los tramos complicados. Y fue demostrar, junto a José, que «la discapacidad no es un rechazo ni una frontera cerrada, sino una circunstancia desde la que también se pueden afrontar retos extraordinarios».

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