Pocas cosas duelen más que una espinita clavada. Sucede cuando una situación pilla de imprevisto y, contra el pronóstico inicial, la herida sentimental se infecta con carácter hipodérmico. Uno piensa que aquello pasará, que el tiempo hará su trabajo de anestesia, que la memoria terminará por limar los bordes de la punzada. Pero no siempre ocurre. A veces la espina se enquista y solo otro acontecimiento, de la misma materia y la misma fiebre, logra arrancarla de raíz. Solo entonces la herida sana y uno recupera el paso que nunca debió haber perdido.
En julio de 2020 a todos se nos clavó una de esas espinas, aunque entonces nadie se dio cuenta. Porque aquella espina vino disfrazada de euforia. Cada cual guarda su recuerdo de aquella noche eterna en la que la Unión Deportiva Logroñés logró lo que ningún otro equipo riojano ha conseguido en lo que llevamos de siglo: conquistar el fútbol profesional. Fue una hazaña mayúscula, una cima perseguida durante años, un grito que venía de muy lejos. Y, sin embargo, aquel grito nació con sordina.
En mi caso, pese a la magnitud de la gesta, el recuerdo no puede ser más amargo, aunque el guion pareciera escrito por un sentimental con exceso de puntería. El Logroñés ascendía en mi ciudad natal y en La Rosaleda, el estadio que fue mi cuna como aficionado y también escenario de mis primeras incursiones periodísticas. Sergio Moreno y yo sudamos -literalmente- aquella hazaña, empapados de humedad desde aquella cabina número 13 en la que contemplamos a un equipo riojano regresar a Segunda División ante 30.044 butacas vacías. Pero ni Sergio ni yo guardamos un buen recuerdo de aquella madrugada. Más bien al contrario. Y no tiene nada que ver con que él, al micrófono, y un servidor, al teclado, hayamos vivido momentos de mayor inspiración en nuestras humildes carreras profesionales.

La noche en que la UD Logroñés creyó tocar el cielo sobre el césped de La Rosaleda. FOTO: Riojapress.
En aquel ascenso faltó lo esencial. El elemento diferencial entre la Unión Deportiva Logroñés y el resto de entidades deportivas de esta comunidad: la gente. La pandemia nos plantó ante un ascenso virtual, ante una euforia diseñada por una inteligencia artificial capaz de reunir todos los ingredientes nucleares de la epopeya, salvo el más importante: el abrazo triunfal con tantos compañeros de batallas. Faltaron las bufandas enredadas en la garganta, los ojos húmedos de quienes habían visto demasiados domingos de decepción, las llamadas sin sentido, los bares desbordados y la ciudad reconociéndose en una alegría común.
Y lo peor es que, en la temporada siguiente, esa virtualidad se transformó en tortura. El COVID seguía ahí y el paso del fútbol profesional por La Rioja se convirtió en un cruel espejismo. Bienvenido, míster Marshall. La comunidad se puso guapa para una boda cancelada por la tormenta. Se quedó sin conocer la magnitud de compartir mesa y mantel con aficiones históricas como las del Real Zaragoza o el Sporting de Gijón. Sin la fiesta entre hinchadas en los enfrentamientos con el Mirandés. Porque sin el aspecto social, el fútbol no es más que un evento que puede arrancarte una hora y media de vida sin que pase nada reseñable, como hemos aprendido en tantas tardes de amargura.
Esa magnitud social es la que ignoran -o al menos fingen ignorar- las mismas instituciones, públicas y privadas, que serán las primeras en abrazar el éxito deportivo si finalmente se produce. Aunque, sinceramente -y con todo el dolor de mi corazón-, yo ya me he convencido de que, si les dieran a elegir, preferirían que ese ascenso nunca llegara. Perfil bajo como estilo de vida. Mejor seguir instalados en esa falsa equidistancia que, año tras año, aleja un poco más a La Rioja de disfrutar de la revolución socioeconómica inherente al fútbol profesional. Cosas de la mediocridad: mirar de reojo lo que moviliza a miles, pero correr después hacia la foto cuando el viento sopla a favor.

Último precedente en una fase de ascenso de la UD Logroñés, con una pancarta reveladora: «Murrieta nos espera». FOTO: EFE/ Raquel Manzanares.
Tras el amargo ascenso en La Rosaleda vinieron otras oportunidades para asomarse a aquello que pudo ser y nunca fue, pero ante el Villarreal B y el Marbella la moneda salió cruz. ¿A la tercera irá la vencida? Quién sabe. Mientras tanto, aquí seguimos y aquí seguiremos pase lo que pase, aguardando la ocasión de quitarnos aquella espinita, que duele ya como un arponazo. Y, sobre todo, de recuperar esos abrazos robados. Porque nos pertenecen y porque los merecemos.


