¿Cómo se pone el punto y final? Hay quien organiza fiestas, discursos, homenajes o grandes despedidas. Y luego está el estilo Santi. Que se ha jubilado con un simple cartel pegado al cristal a través del que ha visto pasar la vida durante las últimas décadas: «Me jubilo». Y santas pascuas. Adiós muy buenas. Un gesto sencillo para él, ley de vida para cualquier trabajador. Y al mismo tiempo, un pequeño terremoto para un barrio entero.

Porque aunque el Virginia de Santi ha bajado la persiana este jueves en la transitada Avenida de la Paz, este hostelero ha ayudado durante años a construir algo mucho más importante que un negocio: conciencia de barrio en ese pedacito de ciudad que une Avenida de la Paz con Madre de Dios por la calle San Millán y que se estira hasta Duquesa de la Victoria. Sus gentes comparten tiendas, farmacias, bancos, problemas… y bares como el Virginia.
Esta tasca de partida diaria de mus cierra porque ya tocaba descansar. Porque Santi se jubila. Y con él se marcha una forma de entender la hostelería que cada vez cuesta más encontrar en Logroño. Por eso, este pasado miércoles, una clienta habitual compartía un corto y un blanco mientras dejaba en el aire la misma pregunta que lleva días recorriendo el barrio. «¿Y ahora qué va a pasar?». ¿Qué hace uno cuando lleva media vida entrando al mismo bar antes de ir a comer a casa? ¿Dónde se coloca la rutina cuando desaparece el lugar que la sostenía?
El Virginia ha sido durante décadas uno de esos bares sociales que todavía resistían en Logroño. Si alguien se perdía entre los hippies cuando ocupaban el bulevar de Avenida de la Paz, acababa apareciendo por el Virginia. Allí esperaba hasta que algún familiar iba a rescatarlo. En el Virginia se dejaban las llaves del adolescente despistado que volvía del instituto y no tenía cómo entrar en casa porque sus padres seguían trabajando. Hubo un tiempo en el que estos bares funcionaban también como teléfonos improvisados, puntos de encuentro o pequeñas oficinas sentimentales del barrio. «Baja al Virginia, y avisa a tu abuelo». Y allí estaba. Echando un mus, un pacharán con hielo y algún cigarro que Santi ayudaba a camuflar porque el cliente siempre tenía la razón.

Al Virginia iba el Boni a echar un bocado a media mañana. Y como él, tantos otros comerciantes del Mercado Patricia. Allí se hablaba del precio del cordero, del pollo o de los pimientos. Las pescateras entraban buscando un café con leche bien caliente durante las largas mañanas de invierno. Y entre aquellas mesas también se escuchaban nacimientos, recuperaciones milagrosas y malas noticias en voz baja. Era inevitable. El antiguo San Millán quedaba demasiado cerca como para que la vida y la muerte no acabaran entrando también por la puerta del Virginia.
Santi abría de madrugada y alargaba las noches de los jóvenes del barrio. Santi madrugaba. Los chavales trasnochaban. Y en aquel pequeño local se encontraban la España que madruga con la otra que se acuesta tarde. La chavalería buscaba un chocolate caliente antes de irse a dormir, mientras otros se tomaban ese café rápido antes de entrar a trabajar. El Virginia era el pincho de tortilla, la orejita rebozada, el emparedado de cada día, el vermú de San Mateo y las conversaciones repetidas mil veces entre las mismas personas de todos los días. Era el partido de baloncesto, el Tour en verano, el Mundial cada cuatro años.
Y quizás por eso Santi no ha querido despedirse con discursos. Porque los buenos camareros en los buenos bares de siempre tienen el compromiso de guardar los secretos de todo un barrio.


