En Cenicero, donde el ritmo de vida aún permite detenerse a charlar en la calle y donde las estaciones se sienten en la piel y en los viñedos, Francisco Olavarrieta ha tomado una decisión que hoy, para muchos jóvenes, roza lo extraordinario: quedarse.
Tiene 26 años y, junto a su pareja, Haizea, ha comprado una vivienda en el municipio en el que nació. Un gesto que, más allá de lo personal, encierra un significado colectivo en una comunidad como La Rioja, donde la despoblación y el acceso a la vivienda dibujan los principales retos sociales del presente.
«Si salía la oportunidad en Cenicero, nos veníamos», resume Francisco con naturalidad, como si la decisión no implicara nadar contracorriente en una generación que, en demasiadas ocasiones, se ve obligada a marcharse para poder empezar un proyecto de vida.

FOTO: Fernando Díaz/ Riojapress.
El camino hasta esa decisión no fue inmediato. Durante un par de años, la pareja vivió de alquiler en Logroño, donde ambos trabajan como ingenieros informáticos. Sin embargo, el giro hacia el teletrabajo abrió una puerta inesperada: la posibilidad de elegir dónde vivir sin depender del trayecto diario.
«En Logroño tampoco estaba especialmente ilusionado. Yo soy de aquí de toda la vida», explica Francisco. Por eso, como los exquisitos vinos que nacen de algunas de las bodegas más importantes de Rioja, la idea empezó a fermentar poco a poco, hasta que apareció la oportunidad adecuada: un piso en su propio pueblo.

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La reacción fue casi instintiva. «Vinimos a verlo y dijimos: quitad el anuncio, que nos lo quedamos». En apenas un mes de búsqueda -un tiempo casi anecdótico en el actual contexto inmobiliario- la pareja cerró la compra.
Uno de los factores decisivos fue, sin duda, el económico. El mismo tipo de vivienda que han adquirido en Cenicero -un dúplex de unos 125 metros cuadrados, con tres habitaciones, dos baños, terraza y balcón- alcanza valores inaccesibles en la capital. «Por pisos más pequeños en Logroño, el doble», afirma. Finalmente, el coste de su vivienda rondó los 136.000 euros, una cifra que hoy resulta inalcanzable para muchos jóvenes en entornos urbanos.
Este contraste evidencia una de las paradojas del mercado: mientras en las ciudades el acceso a la vivienda se convierte en un muro casi infranqueable, en los municipios cercanos existen oportunidades que, sin embargo, no siempre se aprovechan.

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Raíces y comunidad
Quedarse en el municipio que le vio crecer no era solo una cuestión de números. En el caso de Francisco, pesa tanto -o más- el arraigo. Su familia, sus amigos, su historia están en Cenicero.
Aquí puede mantener intactas rutinas que, en otro contexto, se habrían diluido. Puede seguir comprando el pan en la tiendita de Montse, saludar a los vecinos de toda la vida o improvisar un plan con su cuadrilla sin necesidad de mirar el reloj o el tráfico. «Yo tengo aquí a mis amigos, a mis padres… tenía claro que quería vivir aquí», subraya.
Esa continuidad cotidiana es, precisamente, uno de los grandes valores invisibles de la vida en los pueblos: la red social, el sentido de pertenencia, la identidad compartida.

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La mirada de quien llega
Para Haizea, sin embargo, la experiencia era completamente nueva. Con raíces familiares en Málaga y Bilbao, y una vida desarrollada en Nájera, su llegada a Cenicero suponía un cambio de escala. La adaptación, lejos de ser un obstáculo, ha sido natural. «Le gusta», resume Francisco. La tranquilidad, la cercanía y el conocimiento mutuo entre vecinos han jugado a favor.
Porque Cenicero no es un enclave aislado. Su proximidad a Logroño -«tardo 15 minutos en llegar en coche al trabajo»- permite combinar las ventajas de un entorno rural con el acceso a servicios urbanos. «Todo lo que necesito lo tengo a mano», explica, aludiendo a servicios como un centro de salud, el comercio local, la farmacia… y el colegio. Y no es este un elemento baladí, pues la pareja espera con ilusión la llegada de su primer hijo.

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La rutina diaria de Francisco y Haizea es, en esencia, la reivindicación de una vida más pausada. Se levantan temprano, salen a pasear cuando el tiempo lo permite -especialmente en primavera, cuando los alrededores florecen- y comienzan la jornada laboral desde casa. Las tardes quedan abiertas: compras, recados o simplemente descanso.
Su caso, sin embargo, no es la norma. Entre su grupo de amigos, reconoce, la realidad es bien distinta. Muchos llevan tiempo buscando vivienda sin éxito, atrapados en precios elevados o en una oferta insuficiente. «Ahora mismo es muy complicado», admite.
Ahí es donde su historia adquiere una dimensión que trasciende lo personal. Porque pone sobre la mesa una pregunta incómoda: ¿cuántos jóvenes querrían quedarse a vivir en su pueblo si pudieran?

FOTO: Fernando Díaz/ Riojapress.
La decisión de Francisco no es solo la de un joven que compra una casa. Es también un pequeño acto de resistencia frente a una tendencia demográfica que vacía pueblos y concentra población en las ciudades.
Cada joven que se queda sostiene un comercio, mantiene viva una escuela, alimenta la vida social de un municipio. Cada vivienda ocupada es una luz encendida frente al riesgo del abandono. «Yo creo que la gente se alegra de que te quedes, de que formes aquí tu vida», asegura.
Y no le falta razón. Porque en ese gesto aparentemente sencillo -comprar una casa, formar una familia, seguir comprándole el pan a Montse- se juega algo más profundo: la continuidad de una forma de vida.
Porque Francisco lo tiene claro: su idea es quedarse «de por vida», salvo que surja una oportunidad irrechazable. No hay grandes épicas en su discurso, ni voluntad de convertirse en símbolo de nada. Solo una convicción tranquila de que no hay mejor lugar que Cenicero para hundir las raíces de su proyecto de vida.


