Su documento de identidad asegura que se llama Caleb Daniel Burdett, pero entre los apenas 180 vecinos de Azofra le conocen como ‘Dani’ o, sencillamente, «el americano». Su piel, clara como la cumbre del San Lorenzo que se adivina desde su casa, y su cabello, rojizo como los viñedos en otoño, delatan un origen lejano. Sin embargo, hace ya un año que este norteamericano de 40 años dejó de ser un forastero para convertirse en parte del paisaje humano de este pequeño municipio riojano.
Burdett, pastor de la Iglesia Bautista en Logroño, nació en el sureste de Estados Unidos. Creció en Jonesboro, un distrito al sur de Atlanta, y pasó su adolescencia en Newnan, una ciudad de tamaño medio situada a unos 50 kilómetros. Por aquel entonces, nunca habría imaginado que acabaría echando raíces -junto a su mujer, Sarah, y sus dos hijos, Chloe y Pax- en un enclave fundado siglos antes de que Cristóbal Colón pusiera rumbo al Nuevo Mundo.
Aún hoy, asentado ya en Azofra, sigue sorprendiéndose ante la historia que respira cada rincón. «En Estados Unidos, si una casa tiene 200 años, ya se considera un museo… y te cobran por entrar», comenta entre risas mientras apura un café en el Bar Sevilla, uno de esos lugares donde la vida del pueblo se condensa entre conversaciones, cafés y copas de vino.

Patricio sirve un café con leche a Daniel en la barra del Sevilla. FOTO: Fernando Díaz/ Riojapress.
El establecimiento lo regenta Patricio junto a su familia. También ellos llegaron desde lejos, en su caso desde Brasil, y encontraron en esta villa del Camino de Santiago el lugar donde empezar de nuevo. «Cuando llegó Dani fue todo un acontecimiento. Todo el mundo quería saber quién era el americano y dónde vivía», recuerda. «Intentamos que se sintieran cómodos desde el principio. Nosotros también somos inmigrantes y sabemos lo importante que es sentirse arropado. Además, con niños pequeños dan mucha vida a un pueblo donde la mayoría somos mayores».
El destino empezó a dibujar este giro vital años atrás, casi sin que Daniel fuera consciente. En plena pandemia, cuando el mundo se detuvo, decidió recorrer el Camino de Santiago. Fue entonces cuando Azofra quedó grabado en su memoria. «Recuerdo que me pareció un pueblo pequeño y tranquilo, pero con vida. Tenía bares, farmacia, servicios… no era un sitio abandonado».

‘Dani’, como ya le conocen en el municipio, sube las escaleras que conducen a la iglesia de los Ángeles. FOTO: Fernando Díaz/ Riojapress.
Aquella impresión latente se sumó, tiempo después, a una sensación compartida por millones de personas: la claustrofobia del confinamiento. «Estuvimos semanas encerrados sin poder salir. Eso nos hizo replantearnos muchas cosas», explica. La necesidad de espacio, de aire, de una vida más pausada comenzó a imponerse. «Queríamos una casa lista para entrar a vivir, con un poco de terreno, un jardín donde los niños pudieran salir sin esa sensación constante de vigilancia».

Burdett posa sonriente en la puerta de su casa. FOTO: Fernando Díaz/ Riojapress.
En Logroño, donde residían entonces, ese anhelo chocaba frontalmente con los precios de la vivienda. En Azofra, en cambio, encontraron la oportunidad. La búsqueda culminó en una casa unifamiliar de dos plantas, con garaje y un pequeño jardín trasero donde un almendro y un olivo custodian una mesa que ya ha visto crecer encuentros familiares y sobremesas interminables. En ese pequeño terreno se manifiesta el maridaje entre dos culturas: Daniel ha construido con sus propias manos una casita en el árbol sobre el olivo y, pese a que una hamaca invita a ello, admite no haberse integrado tanto en las costumbres españolas como para practicar la siesta. En cambio, sí fusiona ambas identidades gastronómicas y disfruta preparando chuletillas al sarmiento en su barbacoa. Y aunque lo niegue ante sus amigos norteamericanos, sí confiesa que las prefiere a las hamburguesas.

Aunque la hamburguesa reina en su país natal, Daniel ha abrazado la chuletilla al sarmiento. FOTO: Fernando Díaz/ Riojapress.
Auténtica convivencia
El verdadero cambio, sin embargo, no se mide en metros cuadrados ni en hábitos, sino en relaciones humanas. En Azofra la integración no fue un reto, sino una consecuencia natural. «En Logroño vivía en un edificio con más de 30 vecinos entre dos portales. Después de cinco o seis años, apenas conocía bien a dos de ellos. Aquí fue al revés: la gente salió a conocernos», explica.
Ese vínculo se consolidó de forma inesperada hace unos meses. Durante un viaje laboral a Chipre, Daniel y su familia aprovecharon la cercanía territorial para conocer Israel. Lo que iba a ser una breve escapada se complicó cuando estalló la guerra de Irán, obligándoles a permanecer allí durante dos semanas.
Desde la distancia, la preocupación era inevitable. Antes de marcharse, Daniel había pedido a una vecina, Puri, que cuidara de su jardín. Ella aceptó sin dudar. Pero el verdadero gesto llegó a su regreso. «Volvimos de noche y, al pasar por la calle, empezaron a levantarse las persianas. Los vecinos salían a recibirnos», recuerda emocionado. «Fue increíble». Aquella escena confirmó lo que ya intuían: Azofra no era solo el lugar donde vivían, sino el lugar al que pertenecían. «Eso nunca me habría pasado en la ciudad», reconoce.

Aunque no ha sucumbido a la cultura de la siesta, sí disfruta de la hamaca en el jardín de su casa. FOTO: Fernando Díaz/ Riojapress.
Consciente del valor de ese vínculo, Daniel quiso corresponder. Y lo hizo llevando a Azofra una tradición profundamente arraigada en la cultura norteamericana: Acción de Gracias. Invitó a un numeroso grupo de vecinos a compartir una cena en su casa. Su idea inicial era sencilla: si hacía buen tiempo, en el jardín; si no, en el salón, aunque fueran casi treinta comensales.
La respuesta volvió a sorprenderle. «Me dijeron que no, que eso había que hacerlo en un merendero. Y así fue». La cena reunió a 25 personas en un espacio compartido, en una escena que resume la esencia del pueblo: comunidad, cercanía y hospitalidad.

Sorprendido por su historia, Burdett presume de municipio mientras recorre sus calles. FOTO: Fernando Díaz/ Riojapress.
Con el paso de los meses, Daniel ha aprendido a mirar Azofra también con los ojos de quien llega de fuera. Pasear por sus calles se ha convertido en una forma de viajar en el tiempo. Frente a la iglesia de Nuestra Señora de los Ángeles, se detiene y señala: «Pensar que estos cimientos, que son de la época romana, existían siglos antes del descubrimiento de América… es increíble». Ese asombro se mezcla con una creciente conciencia del potencial de estos pequeños municipios. La rehabilitación de edificios históricos como la Real Casona de las Amas, hoy convertida en hotel, es para él un ejemplo de cómo tradición y futuro pueden convivir.
«Necesitamos más americanos»
De regreso al Bar Sevilla, la conversación se anima entre los habituales. La presencia de Daniel sigue despertando curiosidad, pero ya no extrañeza. «Es llamativo que alguien venga desde Estados Unidos a vivir aquí, pero estamos encantados», comenta uno de los vecinos. Otro apunta con claridad hacia el futuro: «Hacen falta más familias como la suya».
No todo es perfecto. La ausencia de ciertos servicios, como una escuela, sigue siendo un desafío. Pero incluso ese problema se contempla desde la esperanza. «Si viene más gente, todo eso acabará llegando», reflexionan.

Daniel no pasa desapercibido y los vecinos celebran su presencia en la localidad. FOTO: Fernando Díaz/ Riojapress.
Mientras se despiden, alguien lanza una frase que resume el sentir general con una mezcla de humor y convicción: «Necesitamos más americanos». Daniel sonríe. Sabe que nunca dejará de ser «el americano». Pero también sabe que, en Azofra, ese apelativo ya no le define como alguien de fuera, sino como alguien que llegó… y se quedó.


