No es nuevo decir que España atrae millones de visitantes cada año. En un primer momento se puede creer que esto es tan positivo que no encierra ninguna contra, tanto que incluso la idea de orientar la economía al turismo suene a una inversión poco arriesgada y muy rentable. Sin embargo, las contras, antes casi invisibles, son más visibles que nunca.
¿Cómo puede llegar a ser negativo el turismo? Esta pregunta encierra el pensamiento que las administraciones públicas han tenido al creer haber encontrado la gallina de los huevos de oro de la internacionalización: vienen, gastan, los negocios aumentan sus beneficios, traduciéndose en una mayor recaudación, parte del nuevo beneficio se destina a aumentar el atractivo del territorio, pudiéndose beneficiar incluso los locales con mejores bienes y servicios (playas más limpias, eventos musicales, descuentos en museos…), el territorio, al ser más atractivo, vienen más turistas, como son más gastan más, hay mayores beneficios, se invierte más….
En esta fórmula pasaron por alto que el ciudadano posee la misma renta, por lo que, al aumentar los precios, fruto de la creciente demanda, no siempre podrá aceptar ese aumento, significando una progresiva enajenación del local de sus propios bienes y servicios al no poder costearlo como antes, como empezamos de ver los logroñeses con los pinchos de la calle Laurel.
Actualmente vivimos las consecuencias del uso de esta ‘gallina’ de forma indiscriminada, pero pueden ser revertidas con proyectos reales que no se centren en culpabilizar a un colectivo u otro.
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