Hay oficios que no entienden de horarios, ni de fines de semana, ni de comodidad. Oficios que empiezan de niño, casi sin darse cuenta, y que se quedan pegados a la piel como la sal del mar. Javier Rodríguez, al que todos llaman Jabotxa, lo tiene claro desde hace décadas: «Soy mariscador de toda la vida, pero realmente soy percebero». Y eso que nació cerca de la costa, pero en una localidad sin mar: Basauri.
A sus 52 años, su rutina sigue dependiendo de algo tan imprevisible como la marea. «Cada día cambia. Igual hoy entro al agua a las seis de la mañana y mañana a las ocho. Vamos, lo que manda el mar». Y lo que manda, muchas veces, no es amable. El invierno pasado «fue el peor que recuerdo, cinco meses y medio de temporal. Así no se puede trabajar».
Porque el percebe no se recoge, se arranca de la roca con el cuerpo en tensión y el ojo puesto en la siguiente ola. «Con metro y medio ya es complicado; con dos te la juegas; con ocho es imposible», explica. Y aun así, vuelve. Siempre vuelve.

Quizás porque es un oficio que heredó de su padre, aunque hubo un momento en el que su vida parecía volar en otra dirección. Literalmente. «Yo quise ser piloto. Me saqué el título de piloto privado y comercial», recuerda. Pero las circunstancias no acompañaron. «Me pilló mala época y no salió. Al final, el mar se quedó en primer lugar».
Y ahí sigue. En un oficio que cada vez tiene menos manos. «No hay relevo generacional. La gente prefiere trabajos más cómodos, con sueldo fijo. Aquí vas a lo que pescas». Aun así, hay días que compensan. «Ves delfines, focas… y te das cuenta que merece mucho la pena. Es la forma que tiene el mar de devolverte los malos momentos».
Pero la historia de Jabotxa no termina en la roca. Es más, continúa sobre ruedas. Hace más de una década decidió hacer algo poco habitual: vender su propio producto sin intermediarios. Si algo tiene claro Jabotxa es que, en su oficio, o controlas el producto o el producto te controla a ti. «Si metes intermediarios, el negocio no es viable», explica.

Así nació su ‘marisconeta’, una food truck más conocida por el nombre Rue del Percebe donde cuece el marisco en el momento, delante del cliente. «Esa es la gracia: lo cuezo yo y lo vendo caliente, que es como mejor está». Un gesto sencillo que, en realidad, encierra toda una filosofía: acortar la distancia entre el mar y quien lo prueba.
Y entre kilómetros y kilómetros, aparece La Rioja. No fue un plan de negocio medido al milímetro, sino más bien una puerta que alguien abrió. «Un muy buen amigo de Ezcaray, Agutxi, que llevaba las piscinas de Valgañón, me dijo que fuera a probar», cuenta. Probó y funcionó.
«Trabajamos bien desde el principio y empezaron a salir más cosas». Desde entonces, Ezcaray y su entorno forman parte de su ruta habitual cuando llega el buen tiempo.
Al principio, el público tenía acento de fuera. «Había mucho vasco y madrileño, más acostumbrados al marisco». Pero poco a poco, el producto ha ido encontrando hueco en el paladar de nuestra tierra. «Cada vez hay más riojanos que se animan, y se vende muy bien». Quizás ayuda el vino. «El percebe con vino riojano marida muy bien. Si es blanco, mejor», dice. En esto no improvisa: «Mi mujer es sumiller y hacemos también maridajes».

Nada en lo que hace Jabotxa es rígido. Ni siquiera su carta. En su ‘marisconeta’ hay percebes, sí, pero también nécoras, quisquillas, caracolillos… A veces marmitako, a veces arroz con bogavante. «Se trata de buscar algo que funcione para todos».
Durante años, eso significó no parar nunca. «Trabajaba todos los fines de semana». Ahora ha bajado el ritmo. «Te das cuenta de que trabajar y trabajar no lo es todo». Cuando se le pregunta por el futuro, no hay grandes discursos. Solo una idea clara. «Yo seguiré haciendo lo mismo», dice. Y luego añade, casi como quien no quiere la cosa, «eso sí, si me toca la lotería, solo trabajaría en verano». De momento, ya está poniendo a punto su ‘marisconeta’ para dejarse caer por La Rioja este verano.


