Como para bañarse en el Ebro están las cosas. La escena tiene algo de película. Última hora de la tarde, el sol cayendo y una caña que empieza a doblarse más de lo normal. Lo que al principio parecía una captura más acabó convirtiéndose en un momento difícil de olvidar para un grupo de jóvenes aficionados a la pesca que, este viernes, han sacado del Ebro un siluro de cerca de dos metros.
«Cuando vimos doblarse la caña, sabíamos que era grande, pero no tanto», cuenta Joni todavía sorprendido. Y no es para menos. El ejemplar, de entre 60 y 70 kilos, superaba la altura de uno de ellos. Sacarlo para él y sus amigos Manuel, Yeray y Roberto no fue precisamente rápido: varios minutos de tensión, tirones y paciencia hasta conseguir acercarlo a la orilla. Luego, ya entre varios, el esfuerzo final para levantarlo a pulso. «Nos pasaba por encima de la cabeza», explican.

No son pescadores profesionales. Más bien todo lo contrario. Van «con lo básico», como dicen ellos, una caña sencilla reforzada con hilo trenzado —casi como una cuerda— e «hígado de cerdo». Lo justo… y suficiente para encontrarse de frente con un animal de ese tamaño. «Un bicho de estos de dos metros no se ve todos los días», reconoce. «Esta lejos de los 2,8 metros que hay de récord pero era enorme».
Más allá de lo llamativo de la captura, el episodio vuelve a poner sobre la mesa una realidad bien conocida: la presencia del siluro en el Ebro. Se trata de una especie invasora que lleva años asentada en el río y que, por su tamaño y comportamiento depredador, altera el equilibrio natural del ecosistema.
Por eso, la normativa es clara: los ejemplares capturados no deben devolverse al agua. El objetivo es limitar su expansión en un entorno donde ha encontrado condiciones favorables para crecer… y hacerlo, como demuestra este caso, hasta dimensiones que impresionan incluso a quienes están acostumbrados al río.


