Logroño ya está en guerra. El ejército francés ha plantado este lunes sus tropas frente a las murallas de la ciudad y ha abierto las hostilidades contra un pueblo que, hasta hace apenas unos minutos, bailaba ajeno al estruendo que se le venía encima. El Parque del Ebro ha dejado de ser lugar de paseo para convertirse en campo de batalla. Allí donde sonaban las risas de niños y mujeres han comenzado a retumbar los timbales enemigos, anunciando la llegada de las fuerzas comandadas por André de Foix, señor de Asparrot.
La Asociación de Guardias de Santiago y los Héroes del Revellín han escenificado este lunes la primera de las recreaciones históricas sobre el asedio a la capital riojana en 1521, que dieron origen a una identidad colectiva y a la celebración de sus fiestas patronales de San Bernabé.

El primer aviso ha quebrado la calma como un cuchillo. «¡Que vienen los franceses! ¡Que vienen los franceses!», ha gritado un vigía al divisar el avance de las tropas. La ciudad ha reaccionado con la urgencia de quien sabe que no tiene más defensa que sus manos, sus armas y sus murallas. El pueblo llano ha abandonado los bailes y ha corrido a organizarse. En cuestión de instantes, los logroñeses han levantado una empalizada y se han parapetado tras fardos de paja, decididos a frenar el empuje francés antes de que el enemigo gane la puerta.
Al frente de la defensa han comparecido Diego de Villegas, corregidor de Logroño, y el capitán Vélez de Guevara. Frente a ellos, Asparrot y Gaston han exigido la rendición de la ciudad. No ha habido acuerdo posible. Logroño no se entrega. La negativa ha prendido la mecha de la batalla y las palabras han dejado paso al acero, a la pólvora y al miedo. Las primeras acometidas cuerpo a cuerpo, pica en mano, han medido la fuerza de ambos bandos en una lucha confusa y encarnizada, mientras los defensores trataban de sostener una línea cada vez más castigada.

El estruendo de la artillería ha terminado por imponer su ley. Los cañones franceses han escupido plomo contra las defensas logroñesas y los arcabuceros de uno y otro lado han cruzado munición entre el humo, los gritos y la tierra levantada. La batalla ha dejado pronto sus primeros caídos. Varios vecinos, inflamados más por el coraje que por la prudencia, se han arrojado a la vanguardia del combate y han sido abatidos por el ejército francés. Asparrot no ha tenido piedad ni en la victoria ni en la palabra: ha humillado públicamente a los muertos y heridos, elevando la tensión hasta el límite.
Diego de Villegas ha ordenado entonces detener la batalla. Durante unos minutos, el ruido de las armas ha cedido paso al parlamento entre ambos bandos. Los logroñeses han aprovechado la tregua para auxiliar a sus caídos, arrastrarlos lejos del frente y recomponer unas fuerzas que empezaban a acusar el empuje enemigo. Pero nadie se ha engañado: el silencio era apenas un descanso antes de una nueva embestida.

La guerra ha regresado con los aceros desnudos. Las diferencias territoriales se han resuelto otra vez a golpe de espada, con choques directos entre franceses y logroñeses y con la captura de rehenes que servirán después como moneda de negociación. Cada metro de terreno ha tenido precio. Cada avance francés ha obligado a la defensa a retroceder un paso más hacia el interior de la ciudad.

La primera batalla ha terminado con ventaja francesa. Las tropas de Asparrot han ganado terreno y han forzado al pueblo logroñés a replegarse intramuros. El enemigo ha conseguido establecer el asedio a las puertas de Logroño y celebrar una primera victoria en esta contienda. Pero la ciudad no se rinde. Tras las murallas quedan hombres y mujeres dispuestos a resistir, víveres que defender, campanas que hacer sonar y una determinación que no se apaga con el primer revés. El asedio ha comenzado, sí. Pero Logroño aún tiene mucho que decir. Tal vez mañana los vientos sean más propicios.


