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«Nos perdimos el penalti»: la inolvidable aventura del círculo de Pablo Marín en la final de Copa

La noche de este sábado, en la que Pablo Marín escribió su nombre en la historia de la Real Sociedad, no se jugó solo sobre el césped de Estadio de La Cartuja. Hubo otro partido invisible, igual de intenso, en la grada, en los pasillos, en los hoteles… y, sobre todo, en el corazón de quienes más le quieren.

Allí estaba Sara Marín, amiga del futbolista y de su familia, viviendo una montaña rusa emocional que empezó días antes y que estalló en una madrugada que ya es inolvidable. «Ha sido como queríamos que saliese todo: un subidón justo al final», recuerda. Pero hasta llegar a ese instante, lo que dominó fue otra cosa: los nervios.

Sara puede presumir de buena intuición. No en vano, cuando NueveCuatroUno sorprendió este sábado a la cuadrilla de camino al estadio, fue ella quien vaticinó la heroicidad de Pablo Marín: «Gana la Real 2-3, con gol de Pablo en el 92». Acertó con el marcador -sin adivinar que sería el de la prórroga- y con el protagonismo de su amigo. Solo erró en el minuto… y qué más da.

La final ante el Atlético de Madrid no dio tregua. Y el tiempo extra, mucho menos. «Yo no vi ni la prórroga ni los penaltis. No puedo. Es una presión… una lotería», confiesa sin rodeos. A su alrededor, la escena era similar: miradas esquivas, manos en la cara, cuerpos incapaces de sostener tanta tensión.

Y entonces llegó el momento. El instante en el que todo se detiene. En el que la Copa del Rey cabe en un solo gesto. En el que el balón pesa más que nunca. Y en el que, de repente, el destino decide que sea él, Pablo, quien tenga la última palabra.

«Cuando supimos que la Copa estaba en sus botas pasamos miedo, mucho miedo. Él estaba concentrado y confiado, pero nosotros…», admite Sara. La frase queda suspendida en el tiempo, como el penalti histórico grabado en la memoria ‘txuri-urdin’… que su entorno no vio en directo. Porque no miraron. No vieron el golpeo. No siguieron la trayectoria. No escucharon el impacto. Solo sintieron lo que vino después.

Ubicación desde la que el entorno de Pablo Marín no vio su histórico gol.

«Luego vino el subidón… cómo lo metió, espectacular. Con toda la confianza, con toda la fuerza», explica, tras confesar que no ha dejado de ver el vídeo durante la mañana de este domingo. Y ahí sí, ya no había forma de contener nada. La explosión fue colectiva, inmediata, casi irreal: «La locura total. Es algo que no te crees al principio. Lo tienes tan cerca… y de repente pasa».

Una larguísima noche de abrazos

Durante unos segundos, la historia cambió de dueño. Y el nombre de un chico de Logroño quedó grabado para siempre en la memoria de un club centenario. Pero más allá de los focos, la noche continuó en pequeño formato. En abrazos. En lágrimas. En silencios que lo decían todo. «Estuvimos con él al final, un ratito… y luego también en el hotel», cuenta Sara. Allí, lejos del ruido del estadio, llegó el desahogo.

«Después de toda la tensión, se soltó. Estaba súper emocionado. Primero con sus padres, con los amigos… con todos». Fue el momento en el que el héroe dejó de serlo por un instante para volver a ser, simplemente, Pablo. El mismo de siempre. El niño que creció entre entrenamientos, amigos y sueños compartidos. «Somos amigos desde la infancia», explica Sara, que se emociona al recordar que «siempre lo hemos seguido, siempre hemos estado ahí». Y esa cercanía convierte la gesta en algo aún más íntimo, más cercano, algo propio.

Pablo Marín, que no se despegó de la bandera riojana en ningún momento, se abraza con su entorno íntimo tras conquistar la Copa.

La madrugada avanzó sin prisa. O con demasiada. Porque cuando la felicidad es tan grande, el tiempo corre de otra manera. «Dormimos a las cinco de la mañana», dice entre risas. Cuatro días «de cine» en Sevilla coronados con «la guinda del pastel». Y mientras la ciudad dormía, ellos seguían celebrando. Con la sensación de haber vivido algo irrepetible. De haber estado justo donde había que estar.

Ahora, con el eco de la celebración todavía resonando, y a la expectativa de los fastos en San Sebastián, llega la toma de conciencia. La dimensión real de lo ocurrido. Que Pablo Marín ya forma parte de la historia grande de la Real. Que su nombre se pronunciará durante años cuando se recuerde aquella final. La final del penalti de Pablo Marín.

«Él es riojano, pero ya lleva tanto tiempo allí (en San Sebastián) que también lo siente como suyo», reflexiona Sara. Un pie en cada tierra, un corazón dividido entre Logroño y la playa de la Concha.  Aunque, si hay que elegir, ella lo tiene claro cuando llegue el momento de ponerle una calle al héroe de la Copa: «Si hay que elegir, él la quiere en Logroño. Seguro».

Quizá algún día llegue. Quizá no. Pero hay cosas que no necesitan placas ni mapas. Porque ya tienen un lugar fijo: la memoria de una noche en la que nadie se atrevía a mirar… y en la que, sin embargo, todos lo vieron todo.

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