La nueva normativa sobre comedores escolares ha generado más dudas que certezas en los últimos días. La posibilidad de que los alumnos puedan llevar comida de casa -el llamado ‘táper’- ha corrido como la pólvora entre familias y centros educativos, pero la realidad es bastante más concreta y limitada de lo que se ha interpretado.
Desde el Gobierno de La Rioja, el viceconsejero de Educación, Universidades y Formación Profesional, Miguel Ángel Fernández, ha aclarado a NueveCuatroUno el alcance real de esta medida, recogida en el Real Decreto 315/2025, que regula la alimentación saludable en los comedores escolares. Y el mensaje es claro: no se trata de una puerta abierta para que cada alumno lleve su comida, sino de una solución excepcional para casos muy específicos.
El punto clave está en los llamados ‘menús especiales’. Según explica Fernández, el decreto obliga a los centros a ofrecer alternativas adaptadas para alumnos con necesidades concretas, principalmente por motivos de salud, como alergias o intolerancias alimentarias. «Esto ya se viene haciendo desde hace años», subraya. En estos casos, los comedores preparan platos específicos en líneas separadas para evitar cualquier tipo de contaminación cruzada y garantizar la seguridad de los menores.
A esta casuística se suman también los menús por motivos éticos o religiosos. En La Rioja, por ejemplo, ya se ha implantado el denominado menú ‘sin cerdo’, solicitado por más de un centenar de alumnos, así como una opción vegetariana. Es decir, en la mayoría de situaciones, el propio sistema de comedor ya ofrece alternativas suficientes sin necesidad de recurrir a soluciones externas.
Entonces, ¿dónde encaja el táper? La clave está en el matiz. El decreto contempla que, en aquellos casos en los que el centro no pueda ofrecer un menú adecuado a una necesidad médica concreta -siempre acreditada con certificado médico-, las familias puedan proporcionar la comida desde casa. Pero se trata de situaciones puntuales, no de una norma generalizada.
«Estamos hablando de circunstancias muy excepcionales», insiste el viceconsejero. Por ejemplo, un alumno que deba seguir una dieta específica tras una operación o durante un tratamiento médico temporal. En esos casos, el centro deberá disponer de medios adecuados para conservar y calentar ese alimento sin poner en riesgo la salud del menor.
Lo que queda fuera de la norma es, precisamente, la interpretación más extendida en los últimos días: que cualquier familia pueda decidir libremente enviar comida de casa porque al niño no le gusta el menú del comedor. «Eso iría en contra del propio decreto», advierte Fernández.
Y es que la normativa no solo regula excepciones, sino que fija de manera muy detallada cómo deben ser los menús escolares. Establece la frecuencia de consumo de determinados alimentos, los métodos de elaboración y el equilibrio nutricional. Por ejemplo, incluye la presencia obligatoria de verduras y hortalizas, limita el consumo de carne a un máximo de tres veces por semana e introduce pescado, huevos y legumbres en proporciones concretas.
Permitir que cada alumno llevase su propia comida supondría romper ese control. «No tendría sentido que cada uno trajera lo que quisiera», explican desde Educación. Además, abriría la puerta a problemas prácticos difíciles de gestionar en el día a día: desde intercambios de comida entre alumnos hasta posibles riesgos sanitarios o intoxicaciones cuya trazabilidad sería compleja.
Detrás de esta regulación hay también una intención clara: garantizar que todos los alumnos tengan acceso a una alimentación equilibrada y segura en el entorno escolar. Y, al mismo tiempo, evitar que los casos más complejos queden fuera del sistema. «Se trata de dar apoyo a esas familias para que sus hijos puedan seguir utilizando el comedor en igualdad de condiciones», resume el viceconsejero.


