Después del recogimiento, del silencio y del peso de los días, el Domingo de Resurrección llega a Logroño como una exhalación de luz. Es el epílogo, pero también un nuevo comienzo. El postre tras una semana intensa en la que la ciudad ha vivido lo que sus cofradías seguirán trabajando intramuros cuando todo termine. La procesión del Resucitado no clausura la Semana Santa: la transforma.
Hay en esta mañana un aire distinto. Más ligero, más abierto. Como si las calles, acostumbradas al luto de los días anteriores, aprendieran de nuevo a respirar. Y, sin embargo, también hay despedidas. Porque si todo sigue su curso, el próximo año traerá consigo un nuevo protagonista.
El imaginero Martín Nieto, desde su taller de Morón de la Frontera, ultima una nueva talla del Resucitado que está llamada a abrir una etapa distinta en la Semana Santa logroñesa. Se esperaba que pudiera estrenarse ya este mismo año –su semblanza es ya conocida y ha despertado expectación-, pero la carga de trabajo del artista ha retrasado ese momento.

Así, este Domingo de Resurrección se convierte en otra última vez. Una última oportunidad para despedirse de la imagen del Sagrado Corazón, salida de los talleres Granda, que durante más de cuatro décadas ha puesto el broche a la Semana Santa de Logroño. No es solo una talla: es también un recuerdo, una presencia que ha acompañado a generaciones enteras.
Conviene madrugar. No solo por la afluencia de público, sino por lo que ocurre en el primer instante. La salida desde el cementerio -a eso de las doce del mediodía- es una de las maniobras más singulares de toda la Semana Santa logroñesa. La cruz desafía la altura de la puerta del camposanto en un equilibrio milimétrico, casi imposible, que se resuelve entre la tensión y el aplauso contenido. Es un momento de expectación que, por sí solo, justifica la espera.

Desde allí, el Resucitado emprende su camino hacia el colegio de La Enseñanza, donde finalizará la procesión. En su recorrido, la cofradía de la Entrada de Jesús en Jerusalén -la misma que abrió la Semana Santa con la Borriquita- vuelve a asumir el protagonismo. Es un gesto circular, casi simbólico: quien comienza, termina.
En ese trayecto, el cortejo volverá a cruzar el Puente de Piedra. Lo hará en sentido inverso al recorrido del Lunes Santo, cuando el Cautivo lo atravesó envuelto en la penumbra. Ahora, la escena es otra. La luz del día dibuja un paisaje distinto, y el paso avanza con una serenidad que contrasta con la intensidad de jornadas anteriores. Es el mismo puente, pero no es el mismo tiempo.

Hay, además, un instante especialmente delicado en el paso por el Hospital General de La Rioja. Allí, la hermandad detiene su marcha para celebrar un sencillo acto cargado de significado: llevar un mensaje de esperanza a quienes más lo necesitan. Es un gesto breve, pero profundamente elocuente. Porque si algo define al Domingo de Resurrección es precisamente eso: la capacidad de transformar el dolor en horizonte.
Y así, poco a poco, la procesión avanza hacia su final. Hacia ese encierro en La Enseñanza que no es tanto un cierre como una pausa. Porque cuando el último paso desaparece, cuando el eco de la música se diluye y la ciudad vuelve a su ritmo cotidiano, algo permanece. La Semana Santa se despide en la calle, pero continúa en la intimidad de las cofradías. El Resucitado deja tras de sí una sensación difícil de explicar: la de haber llegado al final y, al mismo tiempo, estar empezando de nuevo.
El recorrido
El paso
– Santo Cristo Resucitado (Cofradía de Jesús en la Entrada en Jerusalén)

- Autor de la talla: talleres de La Escuela de Arte Religioso Granda de Madrid (1941).
- Características del paso: de caoba con cartelas y cuatro faroles de plata. Se completó el paso con cantoneras en la cruz, también de plata, así como una placa con la inscripción INRI.
- Iconografía: Jesús se muestra victorioso (los dedos índice y corazón de su mano derecho esbozan la letra uve) ante la cruz, en la que un sudario blanco evoca a su resurrección.


