No es un incendio real, pero casi. En varias zonas de La Rioja, los equipos de prevención y extinción han trabajado durante las últimas semanas en escenarios controlados que reproducen con fidelidad las condiciones más exigentes a las que se enfrentan cada verano.
Entre febrero y marzo, estos profesionales han participado en cinco jornadas de entrenamiento con fuego técnico en enclaves como San Román de Cameros, Cornago, Mansilla de la Sierra o Viniegra de Abajo. Allí, sobre parcelas previamente seleccionadas, han aplicado quemas planificadas que permiten estudiar sobre el terreno el comportamiento del fuego y mejorar la capacidad de respuesta en situaciones reales.

Cada ejercicio ha estado milimétricamente diseñado. Antes de prender la primera llama, se han definido objetivos, condiciones meteorológicas, medios disponibles y protocolos de actuación ante cualquier incidencia. Todo bajo la supervisión de personal técnico especializado, que ha controlado variables como la humedad, el viento o el estado de la vegetación para garantizar la seguridad de la intervención.

Pero más allá de la planificación, el valor de estas prácticas reside en lo que ocurre cuando el fuego cobra vida. El calor, el ruido y la incertidumbre generan un entorno de estrés que obliga a tomar decisiones rápidas, coordinar equipos y anticipar movimientos. Una experiencia difícil de replicar fuera de este tipo de entrenamientos y que resulta clave para afrontar incendios reales con mayor eficacia.

En una comunidad donde la incidencia de grandes incendios es relativamente baja, este tipo de ejercicios se han convertido en una herramienta esencial. La falta de intervenciones reales limita las oportunidades de aprendizaje, por lo que simularlas en condiciones controladas permite mantener al operativo preparado ante cualquier eventualidad.

El objetivo es claro: ganar tiempo cuando cada segundo cuenta y responder de forma coordinada cuando el monte se pone en juego.


