La concatedral de Santa María de La Redonda no fue este sábado únicamente un templo. Fue escenario, un relato y, sobre todo, un espacio donde la música tomó la palabra para contar una historia conocida y, sin embargo, nueva. En el corazón de la Semana Santa logroñesa, el estreno del oratorio La Pasión de Jesús Nazareno convirtió el silencio previo en una tensión compartida, como si todo estuviera a punto de suceder otra vez.
La obra, impulsada por Fundación UNIR y concebida como una creación de gran formato, reunió sobre el altar, transformado en un escenario elevado, a cerca de 120 intérpretes entre solistas, coro y orquesta. Pero más allá del despliegue, lo que se ofreció fue una experiencia que se movía entre lo teatral y lo espiritual, entre la tradición heredada y una mirada más contemporánea.

EFE/ Raquel Manzanares
Porque como explica el director y compositor de la obra, Ernesto Monsalve, el término oratorio puede inducir a error. «Aunque la palabra nos remita a orar o rezar, en realidad se trata de una obra teatral, una ópera de temática religiosa». Y eso precisamente es lo que se desplegó en La Redonda, un drama musical en el que los personajes (Jesucristo, la Virgen María, San Juan y Poncio Pilatos) no solo fueron interpretados, sino encarnados a través de la música.
El libreto, construido a partir del Evangelio de San Juan y del Oficio de la Pasión de San Francisco de Asís, no se limita a reproducir los textos originales, sino que los transforma en acción, en diálogo y en escena. Monsalve explica que «allí donde el texto dice ‘Jesús dijo’, hay que convertirlo en un personaje que habla, que siente y que se enfrenta a otro». Y es ese tránsito es que sostiene toda la obra.
Sin embargo, lo que verdaderamente define esta Pasión no es únicamente lo que se cuenta, sino cómo se cuenta. Lejos de mirar hacia el pasaado en busca de modelos, Monsalve ha optado por una escritura actual. «No hace falta componer como en siglos atrás, para eso ya tenemos a Bach. Yo he escrito esta obra como si estuviéramos en 2026», reivindicando así un lenguaje que pertenece al presente y con el que los personajes dialogan sin complejos.

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Esa contemporaneidad se percibe en la propia textura sonora de la obra, en la utilización de recursos que remiten tanto a la tradición sinfónica como a la música que hoy acompaña los relatos en el cine. Pero Monsalve también ha tomado decisiones importantes en la creación de la obra. El lamento de la Virgen, por ejemplo, no adopta la forma solemne del repertorio clásico, sino que se convierte en un blues, en una melodía que mezcla dolor y esperanza. «María esta sufriendo, pero también vive en la certeza de que hay redención. De ahí la elección del blues».
Algo similar ocurre en uno de los momentos iniciales, cuando Jesucristo anuncia la traición. La respuesta del coro («¿seré yo, Señor?») podría entenderse como una afirmación limpia, pero Monsalve introduce una tensión deliberada utilizando los doce sonidos de la escala musical al mismo tiempo. «Son los doce apóstoles, pero tambiñén es un sonido incómodo porque todos a la vez suenan feos. Y ese efecto nos traslada que hay algo que no encaja, que esa negación no es verdad». En este caso, la música se convierte en una verdad incómoda.

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La raíz de esta obra no se encuentra solo en una inquietud artística, sino en una experiencia previa que marcó su rumbo. En la Navidad de 2020, en plena pandemia, Monsalve impulsó un oratorio que logró abrirse paso en un contexto en el que casi toda la actividad cultural se había detenido. Aquella iniciativa, nacida casi como un acto de resistencia, terminó viajando hasta el Vaticano, donde fue interpretada en diciembre de 2022 ante el Papa Francisco.
De aquel encuentro no solo quedó el reconocimiento, sino también una reflexión que terminaría dando forma a esta nueva obra. El propio pontífice le trasladó entonces una idea que Monsalve no olvidaría: «Más allá de la belleza de la Navidad, el centro del mensaje cristiano se encuentra en la Pasión y la Resurrección. Esa idea se me quedó grabada», reconoce el compositor, que encontró en el 800 aniversario de la muerte de San Francisco de Asís el contexto adecuado para desarrollarla.

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Así nació La Pasión de Jesús Nazareno, una partitura de nueva creación con vocación conmemorativa, pero también con voluntad de diálogo con el presente. Escrita para solistas, coro, órgano y orquesta sinfónica, la obra se construye como un relato sonoro que no busca reproducir el pasado, sino hacerlo audible desde hoy.
Y en ese sentido, su alcance va más allá de lo estrictamente religioso. «El que tiene fe verá el núcleo de su creencia; el melómano encontrará una producción dramática; y quien no tenga ninguna de las dos cosas verá la historia de un hombre que defendió el amor y fue condenado por ello», explica Monsalve. La obra, así concebida, se abre a cualquier espectador dispuesto a escuchar.

La interpretación en la concatedral, elegida también por su acústica y su simbolismo, permitió que la música no solo se escuchara, sino que envolviera. Cada nota parecía prolongarse en la piedra, cada silencio adquiría peso, como si el propio espacio formara parte del relato. «Lo que me gustaría es que el espectador saliera pensando que esta historia, si tuviera música, sonaría así».
Y quizá esa sea la clave de esta obra tan especial: no haber contado de nuevo la Pasión, sino haber logrado que, por un instante, volviera a suceder.


