En Alfaro, la Semana Santa termina cada año con fuego, con humor y con decenas de figuras que arden al mediodía del Domingo de Resurrección en una de las tradiciones más singulares de La Rioja: la quema de los judas. Pero lo que el visitante ve en unas horas es el resultado de meses de trabajo silencioso, de creatividad colectiva y de una pasión que se transmite de generación en generación.
Todo comienza mucho antes, cuando aún resuenan los ecos de las fiestas del Burgo, en septiembre. Es entonces cuando los llamados ‘juderos’ se reúnen para elegir la temática del año —este 2026, los cuentos— y repartir tareas. A partir de ahí, el proceso se convierte en una mezcla de organización, improvisación y mucha imaginación. «Proponemos un tema, enseñamos bocetos y cada uno va diciendo lo que quiere hacer», explica Eduardo, uno de los artífices. Y ahí empiezan a tomar forma ideas que, meses después, colgarán en las calles.

El trabajo es completamente artesanal. Nada de materiales fáciles o industriales: papel, cartón, trapos y mucha paciencia. «La gente no sabe que todo es papel. No es como en Valencia, con materiales más sencillos. Aquí tienes que esperar a que seque, trabajar capa a capa y, además, intentar sacar el parecido de los personajes», cuenta. Porque ese es otro de los retos: no solo crear figuras, sino darles identidad. Políticos, famosos o personajes públicos pasan cada año por este filtro irónico que mezcla caricatura y crítica.
Este año, los cuentos sirven de hilo conductor, pero siempre con guiños a la actualidad. Los tres cerditos (Abalos, Koldo y Cerdán), por ejemplo, los encontraremos con sus propias casas de paja, madera o ladrillo. Caperucita deja de ser la víctima para convertirse en la protagonista «mala», mientras el lobo sigue otras pistas muy distintas. También aparecen reinterpretaciones como La ratita presumida (Ayuso y el fiscal general), La gallina de los huevos de oro o el Flautista de Hamelín, adaptados con nombres y caras muy reconocibles. «Intentas darle humor a todo, analizar lo que pasa y contarlo a nuestra manera», resume.

El proceso creativo tiene mucho de intuición. «No estudio las caras. Es el primer impacto, lo que te llama la atención. Si te pasas retocando, lo estropeas», explica Eduardo. A veces se acierta de lleno y otras no tanto, pero el objetivo es capturar ese rasgo que hace reconocible a cada personaje. El resultado, en muchos casos, sorprende incluso a quienes los conocen: «Hay gente que dice ‘es igual’, pero en realidad es una interpretación».
El montaje también tiene su complejidad. Las figuras, algunas de gran tamaño, deben diseñarse pensando en cómo sacarlas por puertas normales, cómo sostenerlas en el aire o cómo resistir hasta el momento de la quema. «T odo tiene que encajar: el peso, las medidas, los agarres… y luego en la calle parece que ha salido de una nave enorme, pero no”, comenta entre risas. A eso se suman detalles móviles, iluminación o pequeños guiños que enriquecen la escena y que muchas veces pasan desapercibidos para el gran público.

Más allá de la técnica, hay un componente humano fundamental. El grupo crece cada año, con gente joven que se anima a aprender y veteranos que aportan experiencia. «Este año ha venido un chico de 12 años. Eso es lo bonito, que esto continúe», destaca. También hay espacio para las diferencias y los estilos propios. Todo forma parte de un proceso colectivo que acaba confluyendo en una obra común.
La tradición de los judas tiene raíces profundas en Alfaro. Antiguamente eran simples peleles de paja que los vecinos confeccionaban en cada barrio, compartiendo vino, comida y horas de convivencia. Aquellos muñecos representaban al traidor bíblico, pero también servían como válvula de escape social. Hoy, la esencia se mantiene, aunque las figuras han evolucionado hasta convertirse en grandes composiciones que llenan calles enteras.

El momento culminante llegará el Domingo de Resurrección. Las figuras, colgadas en distintos puntos de la ciudad, arden entre llamas y aplausos. El fuego se lleva lo malo, purifica y marca el final de la Semana Santa. Para quienes han trabajado durante meses, es un instante agridulce: «Te da pena, pero también es para lo que se ha hecho». Y para Alfaro, es mucho más que una tradición: es identidad, crítica y fiesta en estado puro.


