Cultura y Sociedad

La calle Paletillas ‘oculta’ el antiguo circo romano de Calahorra

Bajo el asfalto de la calle Paletillas en Calahorra puede esconderse una pequeña parte de una de las grandes construcciones de la antigua Calagurris: su circo romano. Las próximas obras de reurbanización previstas en esta vía del incluirán un seguimiento arqueológico, una medida habitual en zonas con potencial patrimonial, pero que en este caso adquiere especial relevancia. No es una calle cualquiera: se encuentra en el corazón de lo que hace casi dos mil años fue uno de los grandes espacios de ocio de la ciudad romana.

Según el investigador José Luis Cinca, que ha estudiado durante años el circo calagurritano, toda esa zona formaba parte del enorme recinto destinado a las carreras de carros. «El circo ocupaba todo lo que es el paseo del Mercadal desde la ladera de la calle Paletillas hasta la calle del Teatro», explica. Esto significa que gran parte de las actuales manzanas que rodean el Mercadal se levantan sobre lo que en su día fue una de las instalaciones más impresionantes de la ciudad.

Las paredes de las casas de esa calle, de hecho, ya aparecen documentadas en fotografías de principios del siglo XX conservadas en el fondo Bella. Esas imágenes muestran cómo la trama urbana se ha asentado durante décadas sobre una topografía que en su origen pudo estar directamente vinculada al circo romano. Por eso, cada obra que se realiza en este entorno abre la puerta a encontrar alguna pista más sobre su estructura.

Qué puede aparecer bajo el asfalto

Aunque no se esperan encontrar hallazgos espectaculares, sí es casi seguro que se hallarán restos que ayuden a comprender mejor cómo era aquel edificio. «Lo que puede aparecer es alguna estructura relacionada con el circo», señala Cinca. Pueden ser muros, cimentaciones o elementos constructivos que formaban parte del graderío o de las zonas que delimitaban el recinto.

La intervención será, sobre todo, de carácter documental. El objetivo no es tanto extraer restos para exhibirlos como estudiarlos y registrarlos si aparecen durante la obra. Algo especialmente importante en una calle que ya fue urbanizada a finales de los años setenta y donde buena parte de lo que pudiera haber quedado pudo verse alterado por aquellas actuaciones.

Aun así, los especialistas no descartan que puedan aparecer vestigios relevantes. Uno de los puntos con mayor potencial es el cruce entre la calle Paletillas y la calle Ruiz y Menta, donde podría conservarse parte del hemiciclo del circo. Hoy en día solo queda visible un pequeño fragmento de esa estructura en una pared frente al centro comercial ARCCA, pero bajo el suelo podrían permanecer restos que ayuden a entender mejor su forma original.

También existe interés en la ladera que discurre junto a las viviendas que miran hacia el Mercadal. Esa línea de casas, explica Cinca, se levantó literalmente sobre la estructura del circo. «Toda esa manzana estaba dentro del circo romano», señala. En ese punto podrían aparecer restos de la estructura que sostenía los graderíos o elementos relacionados con la organización del recinto.

Un circo gigantesco en el corazón de la ciudad

El circo de Calagurris fue, según José Luis Cinca, un edificio de dimensiones imponentes. Su extensión coincidía aproximadamente con el actual paseo del Mercadal, que habría sido la zona central del recinto donde se celebraban las carreras. Alrededor de ese espacio se situaban las gradas.

A partir del análisis de los restos conocidos y de la topografía del terreno, Cinca calcula que el circo pudo tener entre cuatro y cinco niveles de graderío. Con esa configuración, el recinto habría tenido capacidad para entre 7.000 y 8.000 espectadores, una cifra enorme para la época.

No era algo excepcional en el mundo romano. Los circos eran el gran espectáculo de masas y atraían a público de un territorio mucho más amplio que la propia ciudad. Las carreras de carros constituían el evento más popular del calendario festivo y podían congregar a espectadores procedentes de numerosos asentamientos del entorno.

Buena parte de lo que hoy se sabe sobre los juegos celebrados en Calagurris procede de una fuente arqueológica muy singular: unas cerámicas fabricadas por el alfarero Gayo Valerio Verdulo. Estas piezas, halladas en distintos yacimientos del valle del Ebro, muestran escenas de carreras de carros, caballos y elementos del propio circo.

Las imágenes representadas en esos vasos permiten reconstruir cómo se desarrollaban los espectáculos. En ellas aparecen carros tirados por dos o cuatro caballos, aurigas con casco y látigo y las diferentes facciones que competían entre sí, identificadas por colores como el verde, el azul, el rojo o el blanco. En algunos casos incluso aparecen los nombres de los conductores o de los equipos vencedores.

Las inscripciones de estas cerámicas también mencionan fechas concretas de carreras, como el 12 de diciembre o el 29 de agosto, y el nombre de los magistrados que organizaban los juegos. Estos datos confirman que los espectáculos formaban parte del calendario festivo de la ciudad romana y que tenían una gran relevancia social.

Además, estas piezas se han encontrado en lugares muy alejados de Calahorra, incluso en otras regiones de Hispania, lo que sugiere que los asistentes podían llevarse estos objetos como recuerdo de los festejos.

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